La visión de Carney para la defensa canadiense: más gasto militar y menor dependencia de EE UU

Mark Carney, primer ministro de Canadá. / @MarkJCarney
El primer ministro apuesta por alcanzar este año el objetivo del 2 % del PIB en inversión militar y por reforzar la industria nacional ante un entorno geopolítico incierto, sin poder contar del todo con Washington.

En un contexto internacional marcado por la guerra en Ucrania y la creciente competencia estratégica entre potencias, Canadá ha decidido asumir un papel más activo en su propia defensa. El primer ministro Mark Carney anunció este lunes un aumento histórico del gasto militar, con el objetivo de alcanzar el 2% del PIB este mismo año fiscal, cinco años antes de lo previsto. En palabras del propio Carney, se trata de una respuesta urgente a un “mundo peligroso y dividido” en el que “ya no podemos seguir confiando en que nuestra geografía nos proteja”.

El anuncio se produjo durante un discurso en la Universidad de Toronto, en vísperas de la cumbre del G7 que tendrá lugar la próxima semana en Kananaskis, Alberta. El líder liberal justificó su decisión por la necesidad de reducir la histórica dependencia militar de Estados Unidos, una relación que —aunque clave en el pasado— se ha vuelto más incierta en los últimos años, especialmente tras el regreso al poder de Donald Trump y sus reiteradas amenazas de anexión. “Estados Unidos ha comenzado a monetizar su hegemonía, cobrando por el acceso a sus mercados y reduciendo su contribución relativa a nuestra seguridad colectiva”, afirmó.

Para financiar este aumento del gasto, el Gobierno destinará 9.000 millones de dólares canadienses adicionales (5.850 millones de euros) en este año fiscal. La inversión se centrará en tres ejes: aumentar el reclutamiento de personal, modernizar el equipo militar y establecer nuevas alianzas con la industria europea de defensa. Carney subrayó que se dará prioridad a la fabricación nacional para evitar que el 75 % del gasto en defensa termine en manos de contratistas estadounidenses, como ha ocurrido hasta ahora.

Este giro en la política de defensa se enmarca en un cambio más amplio en la mentalidad estratégica de Canadá. Durante años, Ottawa ha sido vista por sus aliados como un “eslabón débil” dentro de la OTAN, con un gasto históricamente inferior a la media. En 2024, por ejemplo, sólo se destinó un 1,45% del PIB a defensa, según datos de la propia Alianza Atlántica. Sin embargo, las amenazas de Trump han hecho saltar las alarmas.

Uno de los puntos críticos está en el Ártico, una región donde el deshielo y la competición geopolítica han revelado vulnerabilidades preocupantes. Canadá, que posee vastos territorios en la zona, ha visto cómo Rusia y China aumentaban su presencia e intereses estratégicos. Pero las capacidades operativas canadienses son limitadas. “Sólo uno de nuestros cuatro submarinos está en condiciones de navegar. Menos de la mitad de nuestra flota marítima y vehículos terrestres son operativos”, reconoció Carney, en una declaración inusualmente directa para un jefe de Gobierno.

Además de reforzar el Ártico, el plan contempla el establecimiento de cadenas de suministro más resilientes y una producción nacional más fuerte en defensa. Según el primer ministro, esta estrategia permitirá fortalecer la soberanía industrial canadiense en un sector clave, reducir la exposición a decisiones políticas externas y generar empleo cualificado dentro del país.

Las reacciones internacionales no se hicieron esperar. El embajador estadounidense en Ottawa, Pete Hoekstra, acogió con satisfacción el anuncio, señalando que “esto hace que la alianza sea más fuerte y permite que pongamos en marcha lo necesario para mantener el mundo a salvo”. Sin embargo, la decisión también refleja las tensiones latentes entre los aliados, especialmente ante la percepción estadounidense de que Canadá no había estado cumpliendo con sus responsabilidades dentro de la OTAN.

De cara a la cumbre de la OTAN que se celebrará en La Haya a finales de junio, el compromiso de Canadá se alinea con la nueva ambición presupuestaria que impulsa el secretario general Mark Rutte: un 3,5% del PIB para gasto militar puro y un 1,5% adicional en infraestructura y capacidades relacionadas. Aunque Ottawa no ha adoptado aún esa meta, el paso hacia el 2% marca un cambio de era.

En definitiva, el Gobierno canadiense está construyendo una nueva política de defensa sobre dos pilares: una mayor autonomía estratégica y una respuesta más contundente a las amenazas globales. Lo que comenzó como una política exterior tradicionalmente moderada, da paso ahora a una estrategia más decidida. En palabras del propio Carney: “Es el momento de actuar con urgencia, firmeza y determinación”. @mundiario