La UE desafía a China por su postura ante la guerra de Ucrania y cuestiona su papel global

Kaja Kallas, alta representante de la UE para Asuntos Exteriores. / Consejo Europeo
Bruselas endurece su discurso frente a Pekín mientras se agudiza el conflicto diplomático por el rol chino en la invasión rusa. La cumbre bilateral de julio se perfila como un examen decisivo en la relación entre ambos bloques.

La Unión Europea ha roto esta semana un tabú al poner sobre la mesa, con una claridad inédita, su desconfianza hacia el papel que China desempeña en la guerra de Ucrania. Lejos de las fórmulas diplomáticas habituales, Bruselas ha acusado abiertamente a Pekín de ser un salvavidas económico y tecnológico de Vladímir Putin, un socio estratégico que, con su respaldo velado, prolonga un conflicto que Europa considera una de las mayores violaciones del derecho internacional desde la II Guerra Mundial.

Pekín ha negado una vez más cualquier implicación directa, ha defendido su neutralidad e incluso ha insistido en que apoya el diálogo y la paz. Pero, por primera vez, una declaración atribuida al ministro de Exteriores chino, Wang Yi, ha puesto en evidencia lo que muchos en Bruselas sospechan desde hace tiempo: a China no le interesa que la guerra termine, porque una resolución del conflicto podría devolver el foco estratégico de EE UU a Asia, precisamente cuando Pekín quiere evitar una confrontación directa con Washington.

Este reconocimiento —filtrado al South China Morning Post y confirmado por fuentes comunitarias a la prensa europea— ha hecho saltar todas las alarmas. Bruselas ya había sancionado a empresas chinas por facilitar a Rusia materiales clave para drones y equipos militares, pero ahora el eje del debate se traslada a una cuestión más estructural: el verdadero papel de China en el nuevo orden geopolítico global y sus implicaciones para la seguridad europea.

La cumbre entre la UE y China, prevista para el 24 de julio en Pekín, llega en este contexto de máxima tensión. Lo que iba a ser una celebración simbólica del 50º aniversario de las relaciones diplomáticas entre ambos bloques se ha transformado en una cita crítica. Para la UE, será el momento de exigir a Pekín compromisos más claros en tres frentes: el conflicto en Ucrania, los desequilibrios comerciales y la contención de aliados como Irán. China, por su parte, probablemente intente escenificar un acercamiento, poner el acento en la cooperación tecnológica y esconder los desacuerdos bajo la alfombra diplomática.

La “amistad sin límites” con Putin

Pero esta vez, Bruselas no parece dispuesta a hacer concesiones retóricas. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ya ha advertido que la responsabilidad de China para lograr una paz justa y duradera en Ucrania es irrenunciable. Su homóloga en el Consejo Europeo, António Costa, ha calificado de “franca y abierta” su conversación con Wang Yi sobre los desequilibrios comerciales y la necesidad de que Pekín contribuya a una solución creíble para el conflicto.

Mientras tanto, los hechos contradicen las palabras. Desde el inicio de la invasión en 2022, Pekín ha evitado condenar a Moscú, ha reforzado sus vínculos comerciales y ha multiplicado los contactos bilaterales con el Kremlin. La “amistad sin límites” proclamada por Xi Jinping y Putin semanas antes de que estallara la guerra es hoy una realidad consolidada, tanto en lo económico como en lo diplomático. China provee bienes de consumo que mitigan el impacto de las sanciones occidentales y exporta tecnologías de doble uso que permiten a Rusia mantener viva su maquinaria militar, a menudo a través de empresas pantalla que burlan los controles internacionales.

En este contexto, las propuestas de paz impulsadas por Pekín —como el plan de 12 puntos presentado en 2023 o la figura del enviado especial que ha viajado a Kiev y Moscú— pierden credibilidad ante una Europa que percibe más cálculo estratégico que voluntad de mediación. Para Pekín, Rusia es un amortiguador frente a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); un colapso del régimen de Putin podría abrir la puerta a una expansión occidental.

El malestar comercial con Pekín

A este telón de fondo se suma el malestar comercial. Bruselas ve con creciente inquietud la sobrecapacidad de la industria china —en sectores como los coches eléctricos o los paneles solares— y sus subsidios públicos, que distorsionan el comercio global y amenazan con inundar el mercado europeo. A pesar de las múltiples demandas europeas, Pekín no muestra intención de revisar este modelo.

La posición ambigua de China respecto a la guerra, su resistencia a ceder en comercio y su alineamiento tácito con actores desestabilizadores como Irán o Rusia están marcando un punto de inflexión. Bruselas, que durante años buscó en Pekín un socio estratégico, empieza a tratarlo más como un competidor sistémico. La cumbre de julio será la prueba definitiva para saber si aún es posible una relación equilibrada o si el gigante asiático ha optado por consolidar su alianza con las potencias revisionistas que desafían el orden internacional basado en normas.

La geopolítica no admite vacíos, y Europa está dejando claro que no va a permitir que la equidistancia se utilice como coartada para favorecer al agresor. Frente a la narrativa de la neutralidad china, la UE exige hechos, no promesas. La guerra en Ucrania no es solo un conflicto regional: es el termómetro del compromiso global con el derecho internacional. @mundiario