Trump reprende a Starmer por Irán y cuestiona la “relación especial” entre EE UU y Reino Unido
La guerra contra Irán no solo ha redibujado el mapa militar de Oriente Próximo; también ha puesto a prueba una de las alianzas más simbólicas de Occidente. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha cargado públicamente contra el primer ministro británico, Keir Starmer, por negarse a participar en los ataques iniciales contra Teherán, dando por hecho un deterioro en la histórica “relación especial” entre ambos países.
En una entrevista con el diario The Sun, Trump expresó su malestar sin matices: “[Starmer] No ha ayudado mucho. Nunca pensé que diría esto. Nunca pensé que vería esto del Reino Unido. Francia, por ejemplo, ha estado fantástica. Todos han estado fantásticos. El Reino Unido se ha comportado de modo muy diferente”.
Más contundente aún fue su diagnóstico estratégico: “Era la relación más sólida de todas. Ahora tenemos relaciones más sólidas con otros países europeos. Es un mundo diferente, de hecho. Nuestra relación con tu país es ahora muy diferente a como era”. Y remató: “Es muy triste ver que la relación, obviamente, ya no es lo que era”.
El origen del desencuentro radica en la negativa inicial de Londres a autorizar el uso de la base conjunta de Diego García, en el archipiélago de Chagos, para lanzar la ofensiva aérea contra Irán.
Starmer defendió su postura apelando a la legalidad y a la planificación estratégica: “Todos recordamos los errores de Irak y hemos aprendido la lección. Cualquier acción del Reino Unido debe contar siempre con una base legal y un plan viable y bien meditado”. Además, se distanció del objetivo implícito de un cambio de régimen: no cree en el “cambio de régimen desde el aire”.
Sin embargo, la posición británica no fue de ruptura total. En coordinación con Francia y Alemania —el denominado E3— Londres emitió una declaración conjunta en la que descartaba participar en los ataques ofensivos, pero ofrecía apoyo defensivo para proteger intereses propios y aliados.
De hecho, en las 48 horas posteriores, el Gobierno británico permitió el uso de bases para acciones calificadas como “defensivas”, orientadas a debilitar capacidades de misiles iraníes tras los ataques de represalia contra aliados occidentales. La RAF interceptó drones dirigidos contra una base en Irak y la base británica de Akrotiri, en Chipre, fue alcanzada por proyectiles lanzados por actores proiraníes.
Para Trump, ese giro fue insuficiente y tardío. Desde su óptica, el liderazgo aliado exige alineamiento inmediato en operaciones ofensivas. “No va a importar, pero [Starmer] debería haber ayudado… tendría que haberlo hecho”, insistió, mientras elogiaba a Francia y Alemania. El mensaje implícito es que Washington valora la cohesión política tanto como la capacidad militar.
El trasfondo incluye otros desacuerdos acumulados. Trump criticó el pacto para devolver el archipiélago de Chagos a Mauricio —que su propia Administración había respaldado en un primer momento— y lo calificó de “acto de estupidez” e incluso ironizó el traspaso con el término “isla woke”. También vinculó su malestar a cuestiones como la inmigración y la política energética británica en el mar del Norte. La crisis con Irán actúa así como catalizador de tensiones más amplias en la agenda bilateral.
Desde Londres, la respuesta ha sido prudente. El número dos de Downing Street, Darren Jones, reiteró que el Reino Unido solo empleará sus fuerzas armadas “cuando responda al interés británico, con un plan claro y sobre una base legal” y subrayó que no se involucrará en “un conflicto más amplio en Oriente Próximo”.
Esta línea intenta equilibrar la solidaridad atlántica con la autonomía estratégica y la sensibilidad doméstica, donde Starmer recibe críticas tanto de la izquierda —que exige una condena más firme de los ataques— como de la derecha, que reclama mayor respaldo a Washington.
La “relación especial” entre EE UU y Reino Unido ha sido históricamente un pilar del orden occidental, desde la cooperación entre Churchill y Roosevelt hasta la sintonía entre Thatcher y Reagan o Blair y Bush. Que un presidente estadounidense afirme ahora que mantiene vínculos “más sólidos” con otros socios europeos tiene un peso simbólico evidente. No implica necesariamente una ruptura estructural —la cooperación en inteligencia, defensa y tecnología sigue siendo profunda—, pero sí introduce un elemento de incertidumbre política. @mundiario