Trump se presta al juego de Putin mientras Ucrania sigue bajo las bombas
Cuando Donald Trump y Vladímir Putin conversan, el mundo contiene la respiración. Esta vez, su charla telefónica —de dos horas de duración— no solo ha sido una muestra de diplomacia a puerta cerrada, sino también un ejercicio de escenificación política. Ambos líderes tienen intereses claros: Trump quiere proyectarse como el artífice de un posible acuerdo de paz en Ucrania, mientras que Putin intenta mantenerse en el centro de las negociaciones sin abandonar su estrategia militar.
El presidente ruso fue el primero en salir a escena tras la conversación, declarando que “Rusia y Ucrania están en el camino correcto”. Una afirmación que suena cínica si se contrapone con los bombardeos que Moscú sigue lanzando sobre ciudades ucranianas. En realidad, las palabras de Putin parecen más un gesto calculado hacia Trump que una señal sincera de desescalada.
En Washington, la reacción ha sido más comedida. La portavoz presidencial, Karoline Leavitt, dejó entrever la frustración de Trump ante la parálisis de las negociaciones. El presidente norteamericano, que volvió a la Casa Blanca con la promesa de imponer “orden global”, ha empezado a evidenciar el desgaste de un papel mediador que no termina de consolidarse. Aunque había amenazado con nuevas sanciones a Moscú, esa retórica ha ido diluyéndose en favor de un enfoque más pragmático y ambiguo.
Lo cierto es que Trump nunca ha ocultado su admiración por Putin, a quien suele describir como un líder “inteligente” y “resuelto”. Esta indulgencia contrasta con sus duros reproches a Volodímir Zelenski, a quien ha acusado en diversas ocasiones de prolongar la guerra o incluso de haberla provocado. En este nuevo episodio diplomático, esa diferencia de trato se mantiene. La llamada con Zelenski —que según medios estadounidenses se produjo antes que la de Putin— tuvo un perfil mucho más bajo y escasa visibilidad pública.
La paradoja es evidente: mientras Trump asegura querer un alto el fuego inmediato, evita condenar con firmeza las acciones del Kremlin y se muestra receptivo a las propuestas rusas. Entre ellas, el impulso de negocios conjuntos en proyectos como el Centro Sirius, una especie de Silicon Valley estatal creado por Putin en el sur de Rusia. El hecho de que la conversación se realizara desde ese enclave no parece casual: el mensaje de Moscú es claro, la paz puede negociarse, pero también debe reportar beneficios.
El simbolismo de estos gestos no ha pasado desapercibido en Europa. Varias capitales del continente han intensificado sus contactos con Washington para recordar quién inició la invasión y quién sigue violando el derecho internacional. Pero Trump, fiel a su estilo transaccional, mide cada movimiento en función de su potencial político interno y de su margen de maniobra global. La diplomacia, en su visión, es más una operación de imagen que un compromiso ético.
Al otro lado del Atlántico, la incertidumbre crece. Las negociaciones de Estambul fracasaron estrepitosamente la semana pasada y el diálogo directo entre líderes sigue sin producir avances tangibles. Ni siquiera el reciente acuerdo para intercambiar prisioneros ha conseguido aliviar la tensión. Trump insiste en que solo él podrá lograr un acuerdo con Putin, pero su estrategia recuerda demasiado a anteriores encuentros que terminaron en nada. El precedente de marzo —cuando ambos pactaron un alto el fuego sobre infraestructuras energéticas que Moscú violó de inmediato— es un ejemplo revelador.
La realidad es que Putin no parece dispuesto a retirarse sin obtener concesiones sustanciales, y Trump, aunque exige resultados, evita ejercer presión real. El riesgo de que Estados Unidos acabe aceptando una “paz” dictada en términos desfavorables para Ucrania no es descartable. Y en ese caso, más que mediador, Trump podría pasar a ser cómplice de una solución injusta.
El telón aún no cae sobre este acto de la guerra, pero la función que representan Trump y Putin tiene poco de sincera voluntad de paz. Más bien, parece un duelo de intereses revestido de diplomacia. Y, mientras tanto, Ucrania sigue pagando el precio. @mundiario