Ucrania, sometida a la incertidumbre por parte de un Trump que aún apuesta por Putin
Seis meses de intensas negociaciones, costosas concesiones europeas y miles de bajas en el frente parecen haber desembocado en un escenario inquietantemente familiar para Ucrania: el punto de partida. La reunión prevista este viernes en Alaska entre el presidente estadounidense, Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladímir Putin, revive el marco que se barajaba en febrero, cuando Washington ya tanteaba un alto el fuego en condiciones que Kiev consideraba inaceptables. La diferencia es que ahora la posición de Ucrania es más frágil y su margen de maniobra, más reducido.
El hecho de que ni el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ni representantes de la Unión Europea estén invitados a la cumbre añade un elemento de riesgo evidente. Ucrania vuelve a enfrentarse a la posibilidad de ver discutido su futuro territorial sin tener un asiento en la mesa. Trump ha dejado entrever una fórmula que implicaría ajustes fronterizos para destrabar un acuerdo de paz, que implicaría que parte de las zonas ocupadas queden estrictamente bajo control ruso, aunque sin detallar cuáles. El planteamiento, según sus palabras, persigue que ambas partes “obtengan lo que necesitan” para firmar un acuerdo.
Para Putin, la simple reunión sin Zelenski ya supone un importante premio simbólico y político: recupera visibilidad internacional, rompe su aislamiento diplomático y lo hace en suelo estadounidense, concretamente en Alaska, territorio que Rusia vendió a EE UU en 1867. La imagen de ambos líderes juntos será, en sí misma, un triunfo para Moscú.
La asimetría de la cita es clara. Mientras Trump acude con el objetivo declarado de poner fin a la guerra, Putin llega con la experiencia de un negociador que conoce el terreno, las fisuras entre aliados occidentales y la urgencia política de su interlocutor. Varios analistas temen que, en su afán de aparecer como el artífice de la paz, Trump acepte planteamientos que consoliden avances territoriales rusos sin garantías sólidas y efectivas para la soberanía ucraniana en el futuro.
A esto se suma que Moscú no ha mostrado hasta ahora un interés real en detener el conflicto. Para el Kremlin, la guerra no es únicamente una cuestión territorial, sino un instrumento para someter a Ucrania a una influencia permanente.
Reacción europea contundente y posibles contrapesos
El anuncio de la cumbre ha movilizado a las cancillerías europeas. Francia, Reino Unido y otros socios intentan articular una propuesta alternativa que condicione cualquier negociación a un alto el fuego inmediato, exija reciprocidad en posibles intercambios territoriales y garantice la integración de Ucrania en estructuras de seguridad como la OTAN, punto que Trump ha rechazado abiertamente.
Sin embargo, incluso con este contrapeso, el peso real de las decisiones recae en la mesa de Alaska. Si las conversaciones derivan en una tregua parcial o en un “frente congelado” sin resolver las causas de fondo, Kiev podría quedar expuesta a futuras ofensivas y su capacidad de decisión interna se vería erosionada.
La cita entre Trump y Putin llega con ambos ejércitos exhaustos, pero con Moscú en una posición relativamente más cómoda. Cualquier acuerdo que deje sin abordar las garantías estratégicas para Ucrania y que devuelva protagonismo internacional a Putin podría suponer no solo un revés militar, sino un golpe duradero a la seguridad europea.
En este escenario, Kiev se enfrenta al reto de defender sus intereses desde fuera de la sala donde se decide su destino. La vuelta a la casilla de salida podría, en realidad, situarla en una posición incluso más precaria que la inicial. @mundiario