La trampa mortal de la ayuda humanitaria en Gaza

Personas en Gaza intentando obtener comida. / @_PabloFdez_.
La matanza de civiles palestinos que buscaban alimentos en Rafah no es un accidente aislado, sino la consecuencia directa de una estrategia militar que convierte la ayuda humanitaria en un campo de batalla.

La mañana del 2 de junio volvió a teñirse de sangre en la Franja de Gaza. Esta vez, el horror no llegó por un bombardeo aéreo ni por un misil lanzado desde un dron, sino por una ráfaga de disparos dirigidos a decenas de personas que solo querían recoger comida. Al menos 27 muertos y 90 heridos fueron el saldo trágico de un nuevo episodio de violencia en los puntos de distribución de ayuda alimentaria en Rafah, al sur del enclave palestino. La cifra no es solo escalofriante, sino reveladora de la naturaleza del conflicto actual: no solo se destruyen edificios y se siegan vidas, sino que se aniquila deliberadamente la posibilidad de sobrevivir.

Israel ha admitido haber disparado, alegando la presencia de “sospechosos” que se desviaron de las rutas designadas. Una justificación tan vaga como habitual, que permite matar sin asumir responsabilidad. Mientras tanto, el Comité Internacional de la Cruz Roja confirmaba la llegada masiva de heridos de bala a sus hospitales. Los testigos, los médicos, las víctimas… todos coinciden en una cosa: los disparos procedían del ejército israelí y se dirigieron contra una multitud hambrienta y desesperada.

Lo que está ocurriendo en Gaza trasciende el horror de una guerra convencional. La población civil, atrapada entre el asedio militar y el colapso humanitario, se enfrenta cada día a una disyuntiva inhumana: arriesgar la vida por un paquete de arroz o morir lentamente de inanición. La propia ONU ha advertido que Gaza es ya “el lugar más hambriento del mundo”, con más de dos millones de personas en riesgo de muerte por desnutrición. Cientos de miles viven desplazados, sin acceso a agua potable, electricidad ni medicinas. Y, cada vez más, sin la esperanza de que el mundo haga algo más que mirar hacia otro lado.

La Fundación Humanitaria de Gaza (FHG), promovida por Israel y respaldada por Estados Unidos, ha intentado desvincularse del incidente, alegando que los hechos ocurrieron “fuera” de sus centros. Pero en un territorio convertido en un campo de tiro, esa distancia retórica no basta para esquivar la realidad. El reparto de alimentos, lejos de ser un salvavidas, se ha convertido en un acto de alto riesgo. La ayuda humanitaria, militarizada y politizada, ha perdido su esencia: la de proteger vidas, no exponerlas al fuego cruzado.

Los llamamientos internacionales a una investigación independiente —como el expresado por António Guterres— suenan repetidos y, a estas alturas, ineficaces. La retórica de la ONU choca con la impunidad que se ha instalado como norma. Cuando el propio alto comisionado para los derechos humanos advierte que impedir deliberadamente el acceso a alimentos puede constituir un crimen de guerra, no está haciendo una declaración política: está leyendo un artículo del derecho internacional humanitario que parece ignorado con descaro por quienes más deberían respetarlo.

Gaza vive una tragedia prolongada. Desde el 7 de octubre de 2023, más de 54.000 personas han muerto y casi 125.000 han sido heridas. Cada cifra es una biografía truncada, una familia rota, una voz silenciada. En las últimas 24 horas, 40 muertos más se han sumado a esa estadística macabra. Y mientras los gobiernos occidentales miden sus palabras y priorizan equilibrios geopolíticos, los civiles gazatíes siguen pagando el precio más alto.

No se trata ya de dirimir responsabilidades políticas o militares. Se trata de reconocer que el hambre y el miedo no son daños colaterales, sino herramientas deliberadas de control y sometimiento. Se trata de entender que una política que dispara a quien se acerca a por comida no es defensiva, sino inhumana. Y se trata, sobre todo, de exigir que se respeten los principios básicos de humanidad, imparcialidad y neutralidad, hoy completamente dinamitados.

En Rafah, como en tantos otros rincones de Gaza, la población ya no espera justicia. Solo pide que la dejen vivir. Ni siquiera sobrevivir. Vivir. Comer sin miedo a ser abatidos. Respirar sin que el cielo les caiga encima. Eso, que para muchos es cotidiano, para ellos es un milagro improbable. Y para el mundo, un escándalo moral que no puede seguir tolerándose. @mundiario