Tiros contra diplomáticos en Yenín: el desprecio de Israel por el derecho internacional
En el convulso panorama del conflicto entre Israel y Palestina, un nuevo episodio ha encendido todas las alarmas diplomáticas. El disparo —literal— contra una delegación de diplomáticos de casi treinta países en la localidad cisjordana de Yenín, por parte de tropas israelíes, no puede entenderse como un accidente menor. Aunque las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) alegan que se trató de simples “disparos de advertencia”, los vídeos difundidos contradicen esa versión: las balas no apuntaban al aire, sino al suelo, en dirección directa a los visitantes.
Ataque al derecho internacional
La delegación, compuesta por representantes de países de la Unión Europea, América, Asia y el mundo árabe, había acudido a Yenín para constatar sobre el terreno el estado del campo de refugiados tras los sucesivos ataques israelíes. La visita fue organizada por la Autoridad Nacional Palestina, con pleno conocimiento de las autoridades israelíes. Pese a ello, los soldados dispararon mientras los diplomáticos trataban de protegerse, generando una reacción inmediata en muchas capitales, incluida Madrid, que ha exigido explicaciones formales a través del Ministerio de Exteriores y ha convocado al máximo representante diplomático de Israel en España.
En este contexto, el episodio va más allá del mero “error operacional” o “desvío de ruta” que alegan las autoridades militares israelíes. Se trata de un acto que roza lo intolerable en términos de derecho internacional, ya que supone una amenaza directa a personal diplomático que, conforme a la Convención de Viena, goza de inmunidad y protección plenas. El hecho de que no haya habido víctimas mortales no reduce la gravedad del incidente: se ha puesto en cuestión uno de los pilares básicos de la diplomacia internacional.
Ataque sangriento contra Gaza
El momento no puede ser más delicado. Mientras los diplomáticos eran tiroteados en Cisjordania, en la Franja de Gaza continuaban los bombardeos, con otras 40 muertes civiles que engrosan una cifra trágica: más de 53.000 muertos desde que comenzó la ofensiva israelí en octubre de 2023. A ello se suma la catástrofe humanitaria causada por el bloqueo casi total impuesto por Tel Aviv, que impide el acceso de alimentos, medicinas y ayuda básica. La respuesta de la comunidad internacional ha sido tibia, intermitente y, sobre todo, ineficaz. Las condenas se acumulan, pero las acciones concretas siguen siendo escasas.
En Bruselas, la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, ha calificado de “inaceptable” el ataque y ha subrayado la obligación legal de Israel de garantizar la seguridad de todos los diplomáticos. Italia, Francia y otros países también han pedido explicaciones formales, mientras crecen las voces que exigen revisar el acuerdo de asociación entre la UE e Israel. Pero estas iniciativas diplomáticas siguen sin traducirse en medidas firmes o sanciones efectivas que obliguen al Gobierno de Netanyahu a rendir cuentas.
Lo ocurrido en Yenín pone en evidencia una doble erosión. Por un lado, la del propio orden jurídico internacional, cuando incluso los enviados diplomáticos se convierten en blanco de fuego en territorio ocupado. Por otro, la de la confianza de buena parte del mundo en que los mecanismos multilaterales puedan imponer límites a los excesos de los Estados, especialmente cuando se trata de aliados estratégicos de las grandes potencias.
Las organizaciones alzan su voz
Resulta llamativo que incluso las organizaciones internacionales más prudentes comiencen a elevar el tono. El Comité de los Derechos del Niño de la ONU ha exigido esta semana que se ponga fin a los ataques contra menores en Gaza y ha advertido de que más de 14.000 bebés podrían morir de aquí a fin de año por malnutrición. La ONU, la OMS y Unicef han multiplicado sus alertas humanitarias, pero siguen sin obtener garantías reales de acceso. La maquinaria militar israelí, por su parte, apenas muestra señales de contención.
En este contexto, no puede pasarse por alto el silencio —o la ambigüedad— de actores clave como Estados Unidos, cuya presión sobre Israel ha sido más retórica que efectiva, a pesar de su rol como principal proveedor de armamento y apoyo diplomático. La situación actual plantea un dilema incómodo: ¿hasta qué punto se puede seguir hablando de "advertencias" o "errores" cuando los hechos se repiten con una constancia que roza lo sistémico?
El ataque contra diplomáticos en Yenín no debe relativizarse. Es un síntoma claro de una descomposición más profunda: la del respeto por las normas fundamentales del sistema internacional. Si ni siquiera los representantes acreditados de los Estados están a salvo, ¿qué pueden esperar los civiles atrapados en el epicentro de este conflicto? La comunidad internacional se enfrenta, una vez más, al reto de pasar de la indignación a la acción. Porque cada silencio prolongado se convierte en complicidad. Y cada bala disparada sin consecuencias erosiona un poco más el frágil equilibrio de la legalidad internacional. @mundiario