Entre concesiones y Trump: ¿está Rusia dispuesta a aceptar el acuerdo de EE UU sobre Ucrania?
El nuevo intento de acuerdo de paz propuesto por el Gobierno de EE UU, encabezado por el presidente Donald Trump, entre Ucrania y Rusia ha generado reacciones dispares y, en ciertos aspectos, previsibles. Para Kiev, el reconocimiento de iure de Crimea como territorio ruso representa una línea roja infranqueable; para Moscú, podría ser la validación geopolítica que lleva años buscando.
En este complejo tablero, Moscú parece estar en una posición cómoda: aunque no logra todos sus objetivos, el documento ofrecido por Washington puede representar una victoria estratégica a medio plazo.
El conflicto en Ucrania ha estado marcado desde 2014 por un elemento que ha envenenado toda posibilidad de diálogo: la ilegal anexión de Crimea por parte de Rusia. A pesar de los años transcurridos, Kiev no ha cedido en su postura de que esta península sigue siendo parte de su territorio. Por ello, el punto del acuerdo propuesto por Estados Unidos que establece un reconocimiento legal de Crimea como provincia rusa ha sido, para el presidente Volodímir Zelenski, un motivo suficiente para oponerse al acuerdo.
Este gesto, aparentemente menor dentro de un documento con múltiples capas, representa para Ucrania la legitimación de una invasión y una puerta abierta para que otros conflictos territoriales en el mundo sigan el mismo camino. No es solo un problema de soberanía, sino de principios internacionales. La respuesta de los aliados europeos, incluyendo Francia, Alemania y el Reino Unido, ha sido clara: la integridad territorial ucraniana no está en discusión.
A diferencia de Ucrania, para Rusia este acuerdo representa, aunque parcial, una importante victoria narrativa y estratégica. No solo obtendría el reconocimiento legal de Crimea, sino también un reconocimiento de facto sobre otras regiones ocupadas —como Luhansk, Donetsk, Jersón y Zaporiyia— además del levantamiento de sanciones económicas clave. Esto permitiría a Moscú tomar un respiro, reconstruir su maquinaria militar, reforzar su economía y preparar su siguiente jugada (muy posiblemente una nueva ofensiva militar) sin la presión inmediata del conflicto en curso, ni de sus consecuencias.
Además, el acuerdo niega a Ucrania la posibilidad de ingresar en la OTAN —una de las principales exigencias expresadas por Moscú desde antes de la invasión—, lo que consolida un estatus geopolítico neutro para Kiev. Aunque se le permita avanzar hacia la Unión Europea, la membresía en la Alianza Atlántica representa la mayor garantía de seguridad que podría obtener Ucrania para evitar que Rusia intente una nueva ofensiva militar en su contra.
Para el Kremlin, aceptar este pacto significaría congelar el conflicto en términos favorables, sin que se le exijan concesiones reales como la retirada de tropas, garantías de no repetición o desmilitarización de zonas en disputa. Putin, que ha dejado de insistir en retóricas pasadas como la “desnazificación” o la ilegitimidad de Zelenski, puede ahora presentarse como un interlocutor pragmático y conciliador ante la comunidad internacional.
Un acuerdo con sabor a derrota para Ucrania
Desde la perspectiva ucraniana, el texto propuesto parece desequilibrado. Las concesiones que recibe Kiev son débiles o indefinidas: una garantía de seguridad aún por definir y sin la participación de EE UU, el retorno de pequeñas zonas devastadas en Járkov, y asistencia para la reconstrucción sin fuentes de financiación claras. Además, se prevé que la planta nuclear de Zaporiyia, ubicada en zona ocupada, funcione bajo control técnico estadounidense pero suministrando energía a ambos países, algo técnicamente y políticamente contradictorio.
El acuerdo entrega a Rusia más de lo que se le exige, mientras a Ucrania se le demanda ceder principios fundamentales sin contrapartidas reales. Incluso se omite una cláusula que garantice que Moscú no volverá a invadir territorio ucraniano, lo que aumenta la sensación de precariedad futura.
El Kremlin se encuentra en una posición en la que no necesita ganar la guerra de inmediato para lograr sus objetivos estratégicos. Si logra un cese temporal de hostilidades que le permita consolidar su control sobre los territorios ocupados, reconstruir su ejército y reactivar su economía sin las sanciones, habrá obtenido una victoria silenciosa. El propio Putin ha declarado que Rusia debe prepararse para nuevas guerras y aumentar su producción militar, una afirmación que deja claro que, para él, este acuerdo no sería más que un alto en el camino y no el fin del conflicto ucraniano.
De hecho, uno de los pocos elementos que podrían incomodar al Kremlin es la posibilidad de un despliegue europeo como fuerza de paz en territorio ucraniano como medida disuasoria ante nuevos ataques. Moscú ha advertido de que esto podría ser interpretado como una "provocación" o incluso como una nueva amenaza bélica.
Rusia probablemente vea con buenos ojos este acuerdo, no porque cumpla todos sus objetivos, sino porque le ofrece un respiro y consolida sus ganancias territoriales sin pagar un precio real. Para Ucrania, aceptar el documento tal como está supondría renunciar a su soberanía y debilitar sus aspiraciones internacionales. Lo que para unos puede ser una paz incómoda, para otros sería la semilla de una nueva guerra. Y en ese terreno de grises, Moscú se mueve con soltura. @mundiario