Por qué EE UU bombardea al ISIS en Nigeria: Trump, tras la violencia contra cristianos
El anuncio de Donald Trump en la noche de Navidad —misiles Tomahawk contra campamentos del ISIS en el estado nigeriano de Sokoto— no fue un gesto improvisado. La operación, confirmada por el Comando de EE UU para África (Africom) y coordinada con el Gobierno de Nigeria, se inserta en una estrategia de contención del yihadismo en el Sahel y responde a una lectura política concreta de la violencia que sacude al país más poblado de África.
Washington justificó el ataque como una acción contra la rama del Estado Islámico que opera en Nigeria y en la cuenca del lago Chad —conocida como Estado Islámico de África Occidental (EIAO)—, responsable de atentados, secuestros y masacres de civiles. El Africom informó de la destrucción de dos campamentos y de la muerte de varios militantes, sin detallar cifras. Según el Pentágono, el objetivo de las acciones letales es “desmantelar organizaciones extremistas violentas” que amenazan la estabilidad regional y, por extensión, intereses estadounidenses y aliados.
Trump presentó el ataque como respuesta directa a la violencia contra cristianos, que representan alrededor del 45 % de la población nigeriana. En semanas previas, el presidente había advertido públicamente a Abuja y había amplificado el discurso de sectores conservadores estadounidenses que denuncian un “genocidio cristiano” en Nigeria. Esa narrativa —respaldada por figuras como el senador Ted Cruz— es controvertida: el Gobierno nigeriano y organizaciones internacionales sostienen que la violencia afecta tanto a cristianos como a musulmanes y obedece a una combinación de terrorismo, conflictos por recursos y criminalidad organizada.
El ministro de Exteriores nigeriano, Yusuf Maitama Tuggar, subrayó que la operación “no tiene nada que ver con ninguna religión en particular”, y que se planificó desde hacía tiempo con inteligencia aportada por Nigeria. El matiz es clave: Abuja busca evitar que el conflicto se lea en clave confesional en un país multiétnico y multirreligioso donde la convivencia ha sido, históricamente, un activo.
La crisis de violencia que desborda a Nigeria
Nigeria arrastra dos décadas de inseguridad. A la insurgencia de Boko Haram —surgida en 2002 y escindida en 2016— se suman el EIAO, el Estado Islámico del Gran Sáhara y, más recientemente, la expansión de la filial de Al Qaeda en el Sahel. A ello se añaden enfrentamientos entre pastores y agricultores por tierras y agua, y una economía del secuestro que prospera en zonas rurales. Entre 2023 y 2025, más de 10.000 personas murieron por violencia armada, según Amnistía Internacional.
Sokoto, donde se produjeron los bombardeos, es un área sensible por su proximidad a Níger y por los flujos transfronterizos de combatientes. Para Washington, atacar allí reduce la capacidad operativa del ISIS y envía una señal disuasoria en un corredor clave del Sahel.
El ataque fue posible por la cooperación bilateral. Nigeria ha ofrecido a EE UU una alianza de seguridad y comparte inteligencia en un momento en que el país busca estabilizarse mientras aplica duras reformas económicas. Para Washington, además del componente antiterrorista, Nigeria es un socio estratégico: potencia energética africana, actor central en África Occidental y territorio con recursos críticos.
El tono del anuncio —y las amenazas explícitas de Trump— revela una dimensión política. El presidente busca proyectar firmeza contra el terrorismo islámico y responder a su base conservadora, sin romper la coordinación con Abuja. Al hacerlo, refuerza la idea de que EE UU actuará “dondequiera que estén” los grupos extremistas, incluso fuera de los teatros tradicionales.
EE UU atacó al ISIS en Nigeria por una combinación de seguridad regional, cooperación antiterrorista y presión política. La violencia contra cristianos fue el argumento central del mensaje presidencial, pero la operación tiene de fondo un problema complejo: contener la expansión yihadista en el Sahel. El desafío para Washington y Abuja será mantener la eficacia militar sin alimentar lecturas sectarias en un país cuya estabilidad depende, en buena medida, de preservar el frágil equilibrio entre comunidades. @mundiario