El presidente de EE UU decide que no habrá elecciones en Venezuela a corto plazo

Ilustración de Trump, quien ha declarado: “Yo estoy al mando en Venezuela”. / Mundiario
La captura de Maduro abre una etapa inédita en la que Estados Unidos asume la gestión del país sin calendario electoral y con el crudo como prioridad estratégica.

La confirmación de que no habrá elecciones en Venezuela a corto plazo no es solo una consecuencia colateral de la caída de Nicolás Maduro, sino el núcleo del nuevo enfoque estadounidense. Donald Trump ha optado por una fórmula que combina tutela política, control económico y una narrativa de excepcionalidad: primero reconstruir el país, después –algún día– devolverle la soberanía plena. En sus propias palabras, Venezuela necesita “recuperar la salud” antes de poder votar. El problema es quién decide cuándo ese momento ha llegado.

La operación que culminó con la captura de Maduro y su traslado a Estados Unidos ha situado a Washington en un papel difícil de encajar en el derecho internacional clásico. Trump insiste en que no se trata de una guerra, sino de una acción policial contra un narcotraficante. Sin embargo, el resultado práctico es una intervención armada, un gobierno tutelado desde el exterior y la suspensión indefinida del proceso electoral. La línea que separa una cosa de la otra se vuelve, como mínimo, borrosa.

Desde un punto de vista estrictamente pragmático, el diagnóstico estadounidense no carece de lógica. Venezuela es hoy un Estado con instituciones devastadas, infraestructuras colapsadas y una industria petrolera –su principal fuente de ingresos– en ruinas. Celebrar elecciones en ese contexto difícilmente garantizaría ni participación masiva ni condiciones mínimas de competencia. La historia reciente del país, marcada por comicios sin garantías, refuerza ese argumento. Pero el remedio elegido plantea riesgos evidentes.

La prioridad absoluta que Trump concede al petróleo revela tanto la motivación económica como la geopolítica de la operación. Con unas reservas estimadas en 300.000 millones de barriles, Venezuela vuelve a ocupar un lugar central en el tablero energético global. La reconstrucción del sector, liderada por empresas estadounidenses y respaldada eventualmente por fondos públicos, no es un gesto altruista: es una inversión estratégica. El mensaje es claro: estabilidad política y recuperación económica van de la mano del control energético.

Delcy Rodríguez, presidenta interina

La decisión de no entregar el poder al movimiento opositor, pese al reconocimiento previo de su victoria electoral y al liderazgo internacional de María Corina Machado, subraya la desconfianza de Trump hacia una oposición que ya le decepcionó en 2019. También refuerza la idea de que Washington prefiere interlocutores previsibles antes que aliados simbólicos. Delcy Rodríguez, figura clave del chavismo, se convierte así en una presidenta interina aceptable mientras acate las directrices estadounidenses.

El modelo de gobernanza diseñado por Trump es, además, profundamente personalista. Un reducido grupo de colaboradores de máxima confianza supervisa la gestión, pero el presidente deja claro que la última palabra es suya. No hay ambigüedad: la tutela tiene un rostro y un nombre. Esa concentración de poder, celebrada por su base electoral, inquieta tanto a críticos internos como a aliados tradicionales de Estados Unidos, poco acostumbrados a una política exterior tan explícitamente personalizada.

Los hombres clave de EE UU en Venezuela

¿Quiénes formarán el grupo de altos funcionarios de máxima confianza? Se trata del secretario de Estado, Marco Rubio; el jefe del Pentágono, Pete Hegseth; el asesor Stephen Miller, y el vicepresidente J.D. Vance. “Cada uno aporta su especialidad”, dijo Trump, antes de reiterar: “el responsable máximo soy yo”.

En el plano interno, la operación también tensiona el equilibrio institucional estadounidense. La ausencia de una autorización formal del Congreso reabre un debate recurrente sobre los poderes de guerra del presidente. La explicación de que “el Congreso lo sabía” sin precisar cómo ni cuándo difícilmente satisface a quienes ven en este episodio un precedente peligroso, independientemente de la valoración que merezca el régimen de Maduro.

Venezuela entra así en un paréntesis histórico: sin dictadura declarada, pero también sin democracia operativa; sin soberanía plena, pero con la promesa de una reconstrucción acelerada. El éxito o fracaso de esta etapa dependerá menos de los plazos anunciados que de la credibilidad del compromiso final. Si la tutela se convierte en una transición real hacia un sistema político legítimo, Trump podrá reivindicar un triunfo inesperado. Si deriva en una ocupación de facto sin horizonte democrático, la operación Resolución Absoluta será recordada como otro capítulo más de intervencionismo con consecuencias imprevisibles. @mundiario