Portugal rompe décadas de rutina electoral: segunda vuelta probable y Chega en ascenso

André Ventura, líder de Chega y candidato presidencial en Portugal. / @AndreCVentura
Las elecciones presidenciales arrancan marcadas por la fragmentación política y el avance de la ultraderecha, que parte con opciones reales de disputar un balotaje en una de las contiendas más reñidas desde el fin de la dictadura.

Portugal vota este domingo en un escenario inédito en su democracia reciente. Por primera vez en casi cuarenta años, el país se encamina con alta probabilidad hacia una segunda vuelta presidencial, reflejo de un sistema político cada vez más fragmentado y de un electorado menos previsible.

La irrupción consolidada de la ultraderecha, junto al desgaste de los partidos tradicionales, ha convertido la elección en una carrera abierta, sin un favorito aplastante y con varios candidatos concentrados en márgenes muy estrechos.

Desde 1976, las presidenciales portuguesas habían sido, por norma general, procesos con desenlaces claros en primera vuelta. Solo en 1986 fue necesaria una segunda ronda, cuando Mário Soares se impuso en una campaña extremadamente polarizada. Cuatro décadas después, el contexto vuelve a recordar aquel precedente: ningún candidato supera con claridad el 25% de intención de voto y hasta cinco aspirantes han llegado a la recta final con opciones reales de pasar al balotaje.

A esta incertidumbre contribuye también el número récord de candidatos —once— y la dispersión del voto tanto a derecha como a izquierda. El resultado es un tablero político en el que los equilibrios tradicionales se han debilitado y en el que cada punto porcentual puede alterar el desenlace.

La ultraderecha consolida su posición

La única certeza es el papel de André Ventura, líder de Chega, que se ha situado de forma constante entre los dos primeros puestos en las encuestas. Tras lograr más de 1,4 millones de votos en las legislativas de hace siete meses y convertir a su partido en la segunda fuerza parlamentaria, Ventura afronta estas presidenciales como una oportunidad para ampliar su base electoral y reforzar su posición frente al Gobierno de Luís Montenegro.

Su candidatura ha estado rodeada de polémica, especialmente por mensajes y campañas señaladas por los tribunales como discriminatorias, pero esos episodios no parecen haber erosionado el apoyo de su electorado más fiel. La incógnita principal no es tanto si pasará a la segunda vuelta —algo que los sondeos consideran muy probable— como si logrará romper el elevado rechazo que genera fuera de su núcleo duro, un factor clave para una eventual victoria final.

Frente a Ventura, el socialista António José Seguro se ha convertido en una de las sorpresas de la campaña. Arrancó con un respaldo modesto y con un Partido Socialista debilitado, tras caer a la tercera posición parlamentaria, pero su perfil moderado y una estrategia de bajo conflicto le han permitido crecer de forma sostenida en las encuestas, en parte porque no concurre con el apoyo pleno del aparato socialista.

Seguro ha capitalizado los errores de sus rivales y ha mantenido un discurso prudente que le ha permitido atraer voto transversal, aunque su ambigüedad ideológica también ha generado críticas. Aun así, se ha consolidado como uno de los candidatos mejor situados para disputar la segunda vuelta, en un contexto donde la moderación parece ser un activo frente a la polarización.

Una derecha fragmentada y en disputa

La pugna por el espacio de la derecha va más allá de Chega. Luís Marques Mendes, apoyado por el Ejecutivo de Montenegro, comenzó la carrera como favorito, pero su caída en los sondeos ha sido pronunciada tras cuestionamientos sobre sus vínculos con el sector privado. Este desgaste ha debilitado la opción del candidato gubernamental y ha abierto más espacio a alternativas.

Henrique Gouveia e Melo, exresponsable de la campaña de vacunación durante la pandemia, representa otro perfil singular: un militar apartidista que aspira a presentarse como figura de estabilidad. Sin embargo, su popularidad inicial se ha ido diluyendo a medida que se adentraba en el debate político, sin lograr consolidar una base electoral suficiente.

Aunque la presidencia en Portugal es en gran medida ceremonial, el cargo tiene competencias relevantes, como la facultad de vetar leyes o disolver el Parlamento en determinadas circunstancias. En un contexto de fragmentación y gobiernos minoritarios, estas atribuciones adquieren un valor político añadido, lo que explica la intensidad de la campaña y el interés en el resultado.

Las proyecciones coinciden en que la ultraderecha estará presente en esa segunda ronda, previsiblemente enfrentándose a un candidato moderado. El desenlace final dependerá de la capacidad de cada aspirante para atraer apoyos más allá de su electorado natural.

Las presidenciales portuguesas no solo decidirán quién ocupará el Palacio de Belém, sino que funcionarán como un termómetro del equilibrio político del país, marcado por el ascenso de nuevas fuerzas, el repliegue de las tradicionales y una ciudadanía cada vez más fragmentada en sus preferencias. @mundiario