La OTAN de rodillas: retrato de una cumbre a la medida de Trump

Inquietud en Europa al ver que se resquebraja su alianza tradicional con Estados Unidos en la OTAN. / Mundiario
La política exterior global vive tiempos de rendición. Donald Trump, en su regreso a la Casa Blanca, ha impuesto un estilo de liderazgo que no responde a los cauces tradicionales del poder, sino al culto personalista.

La reciente cumbre de la OTAN en La Haya ha ofrecido al mundo no una muestra de liderazgo colectivo, sino una escena que oscila entre lo grotesco y lo inquietante: líderes de países democráticos, algunos con trayectorias sólidas y respetables, haciendo equilibrios entre el halago y el servilismo con tal de no contrariar a Donald Trump. El presidente estadounidense, lejos de esconder su egocentrismo, lo ha convertido en una herramienta de poder. Y los demás, trágicamente, parecen haber aceptado las reglas del juego.

El caso del neerlandés Mark Rutte es paradigmático. Su mensaje privado —filtrado sin pudor por el propio Trump— hablaba de pagar “a lo GRANDE” y de éxitos inminentes, una suerte de vasallaje verbal difícil de imaginar en cualquier otro contexto político entre iguales. Aún más desconcertante fue el momento en que, durante una rueda de prensa, llegó a llamarle daddy —"papi"—, expresión que desdibuja los límites entre la cortesía diplomática y la abyección política.

Pero Rutte no está solo. Emmanuel Macron ya supo en su día que el desfile militar del Día de la Bastilla era una vía directa al corazón de Trump. Desde entonces, muchos otros han seguido ese patrón: regalos ostentosos, gestos teatrales, promesas de gasto y sumisión protocolaria. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos le ofrecieron desfiles de camellos y escoltas aéreas con cazas F-16. Qatar fue más allá: un jet privado de lujo, valorado en 400 millones de dólares, para convertirlo en un nuevo Air Force One.

Europa, mientras tanto, ha quedado reducida al papel de aspirante a súbdita. La carta personal del rey Carlos III entregada por el primer ministro británico Keir Starmer, o el regalo de una camiseta firmada por Cristiano Ronaldo que le ofreció António Costa, presidente del Consejo Europeo, son detalles que retratan con nitidez el momento geopolítico actual: los recursos diplomáticos no se dirigen a construir acuerdos duraderos, sino a seducir los caprichos de un solo hombre.

El problema no es solo estético. Es estructural. El estilo de Trump no se basa en la confianza, sino en la humillación pública como forma de control. Quienes no se pliegan —como Pedro Sánchez o Volodímir Zelenski— reciben amenazas o reprimendas televisadas. Quienes lo hacen, a veces consiguen pequeñas victorias tácticas, como Starmer con los aranceles a la industria británica. Pero incluso esos logros son frágiles, reversibles, y dependen de la volubilidad emocional del presidente estadounidense.

Porque Trump no quiere aliados, quiere vasallos. Lo dejó claro su exconsejero de Seguridad Nacional, John Bolton: no busca lealtad, que exige convicción y compromiso, sino obediencia ciega. Los líderes que se atreven a disentir —aunque sea educadamente— pasan a engrosar la lista negra. Quienes intentan complacerle, corren el riesgo de caer en desgracia igualmente, como aprendió el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa, humillado en una visita oficial pese a haber llevado hasta campeones mundiales de golf para congraciarse con el mandatario.

En el fondo, lo que está en juego no es solo el prestigio de los líderes o la dignidad de sus Estados. Es la idea misma de política exterior. Si la estrategia pasa exclusivamente por acariciar el ego de Trump, entonces la diplomacia se convierte en una mascarada inútil. Como bien ha advertido el politólogo Oliver Stuenkel, este tipo de relación no ofrece garantías a medio plazo. Puede evitar un estallido puntual, pero es incapaz de generar estabilidad. Una política internacional basada en gestos grandilocuentes y regalos estrafalarios es tan volátil como el humor del propio Trump.

La política internacional no puede permitirse depender de los impulsos de una personalidad errática. El verdadero reto para Europa y el resto de actores globales es recuperar la autonomía estratégica, sin dejarse arrastrar por el péndulo emocional de la Casa Blanca. Porque el coste de esta diplomacia del vasallaje no es solo simbólico. Es geopolítico. Y lo pagan todos, incluidos los que hoy sonríen mientras se inclinan. @mundiario