La ofensiva de Gaza: ¿a qué coste está dispuesto Israel a ganar?

Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. /@netanyahu
Israel se asoma al abismo de una escalada militar sin precedentes en Gaza, mientras su primer ministro, Benjamín Netanyahu, se enfrenta no solo al desafío de Hamás, sino también a un creciente frente de disenso interno, militar, político y judicial.

Israel vive en una tensión insoportable. A casi un año del estallido del conflicto más reciente con Hamás, el primer ministro Benjamín Netanyahu parece inclinarse por una solución extrema: la ocupación total de la franja de Gaza. La decisión, aún no formalizada, revela una deriva autoritaria, una parálisis estratégica y una crisis de legitimidad institucional sin precedentes en la historia reciente del Estado hebreo.

En lugar de anunciar medidas concretas, Netanyahu optó por aplazar la decisiva reunión del Gabinete de Seguridad, prevista inicialmente para este martes. El mensaje es claro: aún no hay consenso interno y las resistencias son considerables, tanto dentro del Ejército como entre sectores de su propia coalición. Mientras sus aliados más radicales claman por una ofensiva total, el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, advierte de los peligros de una guerra de desgaste sin objetivos definidos.

El dilema que afronta el Gobierno israelí no es menor. La ocupación de Gaza podría implicar el despliegue de tropas en zonas densamente pobladas, con un alto riesgo para los rehenes aún en manos de Hamás. Según filtraciones citadas por la prensa israelí, Netanyahu estaría dispuesto incluso a sacrificar a estos cautivos si es necesario para alcanzar la victoria militar total. Una afirmación que no solo resulta éticamente cuestionable, sino que podría terminar por dinamitar el ya frágil apoyo social a su gestión del conflicto.

Mientras tanto, la situación humanitaria en Gaza continúa deteriorándose a niveles inaceptables. Las muertes por inanición suman ya 188 personas, de las cuales la mitad son niños. Es el reverso silenciado del conflicto: una población atrapada entre la violencia de Hamás y el castigo colectivo impuesto por el asedio israelí. Si el objetivo es liberar rehenes y debilitar a la organización islamista, cabe preguntarse qué papel juega el hambre como instrumento de guerra, y si acaso no está alimentando más odio y desesperación que seguridad.

La guerra, sin embargo, no es el único frente abierto para Netanyahu. Su Gobierno votó recientemente a favor de apartar a la fiscal general del Estado, Gali Baharav-Miara, una figura clave en la supervisión de los casos de corrupción que afectan directamente al primer ministro. La medida, que debe ser revisada por el Tribunal Supremo, ha encendido todas las alarmas sobre la deriva autoritaria del Ejecutivo. La fiscal también se ha opuesto a conceder exenciones militares a hombres ultraortodoxos, una exigencia de los socios religiosos del Gobierno que amenaza con romper la ya frágil coalición.

Este intento de desmantelar los contrapesos judiciales no es nuevo, pero adquiere un cariz especialmente peligroso en un contexto de guerra. El sistema democrático israelí —basado en una separación de poderes aún tenue— sufre un asalto desde dentro, mientras el Ejecutivo busca blindarse ante sus propias ilegalidades. Si la fiscal cae, lo hará también una parte sustancial de la credibilidad del Estado de derecho en Israel.

En paralelo, crecen las voces críticas desde sectores clave de la sociedad. Cientos de antiguos miembros de las agencias de seguridad han denunciado públicamente la ausencia de una estrategia clara en Gaza. El hartazgo no solo es ideológico, también operativo: los reservistas y soldados muestran síntomas de agotamiento y falta de motivación. En el plano diplomático, la imagen internacional de Israel se resiente cada día que pasa sin una solución humanitaria, mientras los aliados históricos del país empiezan a mostrar su incomodidad.

En este contexto, la apuesta de Netanyahu por una ocupación total de Gaza se asemeja más a una maniobra de supervivencia política que a una estrategia militar coherente. Sin plan de salida, sin horizonte de paz, sin garantías para los rehenes y con una sociedad cada vez más dividida, Israel se asoma al vacío de una guerra interminable que amenaza con destruir su propia cohesión interna.

La suerte, según sus allegados, “está echada”. Pero no está claro si se trata de una jugada de fuerza o del canto de cisne de un primer ministro acorralado. El precio de esta decisión, si finalmente se materializa, podría ser no solo el colapso de Gaza, sino también el inicio de una ruptura irreversible dentro del propio Israel. @mundiario