Netanyahu rechaza la presión internacional: un complejo equilibrio diplomático para Occidente

Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. / RR SS
El primer ministro israelí ha acusado a los líderes de Francia, el Reino Unido y Canadá de "premiar a Hamás" por la declaración conjunta en la que advertían sobre "acciones concretas" si Tel Aviv no cambia el rumbo de la guerra en Gaza.

La política exterior israelí ha entrado en una fase de endurecimiento retórico. Las recientes declaraciones del primer ministro Benjamín Netanyahu, en las que acusó a los líderes de Francia, el Reino Unido y Canadá de “envalentonar a Hamás” y situarse en “el lado equivocado de la historia”, ponen de manifiesto un deterioro visible en las relaciones con estos países, tradicionalmente aliados del Estado judío. 

Las declaraciones surgen como respuesta a un comunicado conjunto en el que dichos gobiernos amenazaban con “acciones concretas” si Israel no modifica el curso de su ofensiva en Gaza ni permite una mayor entrada de ayuda humanitaria.

Netanyahu enmarca estas críticas como un ataque no solo a su Gobierno, sino a la legitimidad del Estado israelí. Alega que el reconocimiento de un Estado palestino y la presión internacional favorecen a Hamás, al que califica como un actor que “no busca un Estado propio, sino la destrucción del Estado judío”. En este contexto, retoma los atentados recientes contra diplomáticos israelíes en Washington como una prueba de que el sentimiento antisemita está vinculado, según su visión, al discurso propalestino.

No obstante, desde París, Londres y Ottawa, la reacción ha sido firme pero matizada. Los tres países reiteran su apoyo al derecho de Israel a defenderse, pero insisten en que tal defensa debe respetar el derecho internacional humanitario. Las imágenes de destrucción en Gaza y la crítica situación humanitaria han tenido un fuerte impacto en la opinión pública global, provocando protestas masivas en Europa y Norteamérica. Esto ha obligado a los líderes occidentales a buscar un equilibrio entre la solidaridad con Israel y la presión para detener el sufrimiento civil en la Franja.

Las palabras de Netanyahu también parecen responder a una creciente preocupación dentro del gobierno israelí: el posible reconocimiento de Palestina como Estado por parte de más países europeos, como ya lo han planteado España e Irlanda. Para Israel, que ve en la existencia de un Estado palestino un riesgo estratégico si está dominado por actores como Hamás, este tipo de gestos son interpretados como concesiones inaceptables al extremismo.

La tensión no se limita al ámbito político. Las relaciones comerciales también comienzan a resentirse. El Reino Unido, por ejemplo, ha suspendido temporalmente las negociaciones de un tratado de libre comercio con Israel, luego de que miembros del gabinete israelí usaran lenguaje que Londres consideró “repugnante”, en referencia a declaraciones sobre la necesidad de “purificar Gaza”.

En este contexto, la diplomacia israelí enfrenta un reto doble: por un lado, mantener el respaldo de sus aliados tradicionales; por el otro, contrarrestar una narrativa internacional que, cada vez más, cuestiona la proporcionalidad de su respuesta militar. Las cifras son contundentes: más de 53.000 palestinos muertos desde el inicio de la guerra, frente a los 1.200 fallecidos en el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Aunque el derecho a la defensa es indiscutible, el uso de la fuerza en contextos urbanos densamente poblados como Gaza exige respuestas que, para buena parte de la comunidad internacional, deben ser revisadas.

Este nuevo episodio diplomático refleja la transformación del escenario geopolítico que rodea al conflicto. El respaldo incondicional del pasado ya no es automático. Los países occidentales, presionados por sus propias sociedades, adoptan posturas más críticas. Israel, por su parte, insiste en su narrativa de supervivencia nacional frente a una amenaza existencial.

El dilema es evidente: ¿cómo ejercer presión legítima para proteger vidas civiles sin debilitar el derecho de un Estado a defenderse de ataques terroristas? Y ¿cómo garantizar que la búsqueda de una solución de dos Estados no se perciba como una recompensa a la violencia? El camino hacia una paz duradera requiere más que declaraciones firmes o respuestas viscerales. Requiere diplomacia constante, empatía con el sufrimiento de todas las partes y, sobre todo, voluntad política real para salir del círculo vicioso de violencia. @mundiario