Monroe, Trump y el eterno pulso por la soberanía latinoamericana

Donald Trump, presidente de EE UU. / White House.
La doctrina Monroe, formulada en 1823 para frenar el colonialismo europeo, vuelve a escena más de dos siglos después. La Administración Trump la rescata en un contexto de rivalidad global, recursos estratégicos y tensiones ideológicas, reabriendo un debate incómodo sobre soberanía, poder y memoria histórica en América Latina.

La doctrina Monroe nació en 1823 como una declaración aparentemente sencilla: América para los americanos. En aquel momento, Estados Unidos era una potencia en construcción que temía el regreso de los imperios europeos a un continente recién emancipado. El mensaje, dirigido sobre todo a Londres, París y Madrid, prometía no injerencia mutua. Washington no se metería en los asuntos europeos y Europa debía mantenerse al margen del hemisferio occidental. El problema no fue la idea inicial, sino lo que ocurrió cuando el poder estadounidense creció y la doctrina pasó de ser un paraguas defensivo a una palanca política.

Con el paso de las décadas, aquella advertencia se transformó en un marco flexible, reinterpretado según las necesidades del momento. Cuando Estados Unidos dejó de ser un actor emergente y se convirtió en potencia global, la doctrina Monroe empezó a funcionar como un cheque en blanco. Bajo su sombra se justificaron intervenciones, presiones económicas y apoyos a regímenes afines. Lo que se presentó como protección acabó percibiéndose, en muchos países latinoamericanos, como tutela forzada.

Cuando la protección se convirtió en control

Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, muchos gobiernos latinoamericanos vieron con cierto alivio la idea de que una potencia fuerte disuadiera a Europa de nuevas colonizaciones. Ese alivio duró poco. El llamado corolario Roosevelt marcó un giro decisivo al introducir la idea de que Estados Unidos podía intervenir si consideraba que un país de la región incurría en desórdenes graves. En la práctica, esa definición era lo suficientemente ambigua como para abarcar desde crisis económicas hasta proyectos políticos incómodos.

Cuba y Chile son ejemplos claros de cómo la doctrina se aplicó de forma selectiva. En la isla caribeña, la independencia vino acompañada de una soberanía limitada durante décadas. En Chile, el miedo al avance del socialismo durante la Guerra Fría llevó a Washington a respaldar un golpe de Estado que derivó en una dictadura brutal. En ambos casos, la doctrina Monroe operó como telón de fondo, legitimando decisiones que tuvieron consecuencias profundas y duraderas para millones de personas.

Geopolítica, recursos y una región en disputa

El resurgir de la doctrina bajo la Administración Trump no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una reacción a un mundo más competitivo. América Latina vuelve a ser observada como espacio estratégico, no solo por razones ideológicas, sino por recursos clave como el petróleo y las tierras raras. La presencia creciente de China actúa como catalizador de este renovado interés. El discurso sobre narcotráfico y seguridad sirve de envoltorio a una lógica más amplia de influencia y control.

La incoherencia señalada por algunos analistas, con amenazas militares por un lado e indultos cuestionables por otro, revela que no hay una estrategia integral, sino decisiones guiadas por intereses inmediatos. Para la región, el riesgo es claro: que se repita un esquema donde las prioridades externas pesan más que la soberanía y el desarrollo interno.

La doctrina Monroe demuestra que las ideas políticas, como los viejos mapas, pueden quedarse obsoletas si no se revisan críticamente. América Latina no es un tablero vacío ni un patio trasero. Reconocer su autonomía real y apostar por relaciones basadas en cooperación y respeto no es solo una cuestión moral, sino una condición para una estabilidad duradera. Persistir en recetas del pasado solo garantiza conflictos futuros. @mundiario