Las mafias incorporan a adolescentes a la cadena de la cocaína en puertos europeos
El puerto de Amberes es una de las grandes arterias del comercio europeo. Por él circulan cada día miles de contenedores cargados de productos legales, pero también se cuela una mercancía que no figura en los albaranes. La cocaína llega camuflada entre el tráfico legítimo y, cuando toca sacarla con rapidez antes de los controles, entran en escena los llamados uithalers. Cada vez más, esos “extractores” no son adultos curtidos, sino menores de edad.
Los datos oficiales belgas confirman una tendencia inquietante. En apenas un año se han duplicado las detenciones de recolectores de droga en Amberes y una parte significativa son adolescentes. Algunos no alcanzan siquiera los 15 años. No se trata de una anécdota, sino de un cambio estructural en la forma de operar del crimen organizado, que ha encontrado en los menores una pieza desechable, barata y con menos consecuencias penales.
Reclutar como si fuera un videojuego
Las mafias ya no necesitan callejones oscuros para captar a sus nuevos peones. Ahora basta un móvil. Plataformas como Snapchat o Telegram se convierten en canales de contacto donde el delito se disfraza de juego. Europol ha alertado de cómo estas redes criminales copian el lenguaje de los influencers, usan memes, emojis y retos, y presentan tareas peligrosas como si fueran misiones de un videojuego. El mensaje es simple y efectivo: dinero rápido, emoción y pertenencia.
Este tipo de reclutamiento no es casual. Responde a una lógica fría y calculada. Utilizar menores reduce el riesgo para los jefes de las organizaciones y amplía su capacidad de actuación. Además, muchos jóvenes crecen en entornos donde el desempleo juvenil duplica la media nacional y las expectativas de futuro son difusas. En ese contexto, una moto nueva o un teléfono de última generación se convierten en anzuelos poderosos.
Más allá del castigo, una respuesta social
El problema no se limita a barrios empobrecidos. Abogados y trabajadores sociales advierten de perfiles cada vez más diversos, incluidos jóvenes de familias acomodadas que buscan aventura o reconocimiento. El golpe de realidad llega tarde, cuando son detenidos o quedan atrapados durante días en contenedores sin saber si saldrán con vida. Entonces descubren que no existe botón de reinicio.
Reducir esta dinámica únicamente a un asunto policial es un error. La represión es necesaria, pero insuficiente. Si Europa quiere cerrar de verdad la puerta al narcotráfico, debe mirar más allá de los puertos y preguntarse por qué tantos menores aceptan jugarse la vida por un puñado de billetes. Invertir en prevención, educación digital, oportunidades laborales y redes comunitarias no es ingenuidad, es inteligencia colectiva.
El crimen organizado ha aprendido a leer las grietas del sistema con precisión quirúrgica. Corresponde ahora a las instituciones y a la sociedad hacer lo mismo, pero para cerrarlas. Porque cuando un niño se convierte en engranaje del narcotráfico, el fracaso no es solo suyo, es de todos. @mundiario