Lula se refugia en China, Rusia e India ante los aranceles de Trump contra Brasil
La imposición de un arancel del 50 % por parte de EE UU a las exportaciones brasileñas ha abierto un nuevo frente diplomático para Luiz Inácio Lula da Silva. El presidente de Brasil reaccionó con rapidez, desplegando una ofensiva política que lo llevó a conversar en menos de una semana con Xi Jinping, Vladimir Putin y Narendra Modi, mandatarios de China, Rusia e India, sus principales socios dentro del bloque BRICS. El objetivo: encontrar aliados y mercados alternativos que mitiguen el impacto económico de la medida, mientras mantiene canales de negociación abiertos con Washington.
A diferencia de otros casos en la guerra comercial de Donald Trump, el arancel contra Brasil no obedece únicamente a criterios económicos. La administración estadounidense ha vinculado explícitamente la sanción a la situación política interna del país sudamericano, presionando a su sistema judicial para que no avance el juicio contra el expresidente Jair Bolsonaro por el intento de golpe de Estado de 2023.
Tanto Lula como el Supremo Tribunal Federal (STF), encabezado por el juez Alexandre de Moraes, han resistido la presión. Sin embargo, la medida arancelaria —que afecta especialmente a sectores clave como el acero, la agricultura y la energía— se ha convertido en una herramienta de castigo con alto costo económico y simbólico.
La primera llamada de Lula fue a Narendra Modi, primer ministro de India, país que también ha sido golpeado por el arancel del 50 %. Le siguió un contacto de 40 minutos con Vladimir Putin y, finalmente, una conversación de una hora con Xi Jinping.
Estrategia de diversificación comercial
Según la prensa oficial de Pekín, el presidente chino aseguró al mandatario brasileño que “China está lista para trabajar con Brasil y erigirse en ejemplo de unidad y autosuficiencia entre los países del Sur Global”. Aunque la nota oficial de la Presidencia brasileña evitó mencionar directamente a EE UU o los aranceles, sí destacó la voluntad de “identificar nuevas oportunidades comerciales” y fortalecer la cooperación en áreas como salud, petróleo y economía digital.
Para el Gobierno brasileño, la mejor defensa ante el tarifazo es diversificar sus socios económicos. El principal asesor internacional de Lula, Celso Amorim, explicó que el plan no se limita a reforzar el bloque BRICS: incluye ampliar el comercio con la Unión Europea, estrechar lazos con economías asiáticas y fortalecer relaciones con países latinoamericanos como México y Colombia.
Este movimiento apunta no solo a reducir la dependencia de Washington, su actual segundo socio comercial después de Pekín, sino también a posicionar a Brasil como un actor clave en el entramado económico del Sur Global, capaz de negociar en mejores condiciones con potencias occidentales.
Un pulso diplomático que define el papel de Brasil
Lula aprovechó sus contactos para abordar otros asuntos de alcance global. Con Putin, trató la posibilidad de reactivar iniciativas de paz en la guerra de Ucrania, un terreno donde Brasil ha intentado —sin éxito hasta ahora— ejercer un papel mediador.
Además, en todas las conversaciones incluyó la preparación de la COP 30, la cumbre climática que se celebrará en noviembre en Belém, en plena Amazonía brasileña. Con EE UU fuera del Acuerdo de París, Lula busca comprometer a sus aliados internacionales para que la cita produzca avances tangibles en la lucha contra la crisis climática.
El conflicto comercial con EE UU coloca a Lula en una posición delicada: debe defender los intereses económicos de Brasil sin romper por completo los puentes con Washington, mientras consolida alianzas estratégicas con potencias que, en muchos casos, mantienen tensas relaciones con la Casa Blanca.
En este pulso, el presidente brasileño se presenta como un líder pragmático, dispuesto a usar todos los recursos diplomáticos para proteger la economía nacional y, al mismo tiempo, reforzar el papel de Brasil como interlocutor influyente en los grandes debates globales. El desenlace de esta crisis no solo medirá la eficacia de su política exterior, sino también su capacidad de resistir presiones externas que trascienden lo económico para tocar directamente el terreno judicial y político interno. @mundiario