Khaleda Zia y el fin de una era en Bangladesh: un legado acogido en un multitudinario adiós
La multitudinaria despedida de Khaleda Zia en Daca confirma que su figura sigue siendo un eje central de la memoria política de Bangladesh. La primera mujer en gobernar el país, fallecida a los 80 años, fue despedida con honores de Estado y una movilización popular que desbordó las calles de la capital.
El acto no solo simbolizó el cierre de una era marcada por la confrontación entre dos liderazgos antagónicos, sino que también evidenció el vacío de poder y las tensiones que acompañan al país tras la caída del régimen de Sheikh Hasina.
Durante décadas, Zia encarnó una de las dos grandes corrientes políticas que dividieron a Bangladesh desde los años noventa. Su rivalidad con Hasina —conocida como la “batalla de las begums”— estructuró la vida política nacional, condicionó las instituciones y moldeó la cultura del poder. Ambas mujeres se alternaron en el gobierno y protagonizaron una confrontación permanente que dejó poco espacio para consensos duraderos.
El funeral de Estado, al que asistieron decenas de miles de personas y las principales autoridades del país, reflejó no solo el peso histórico de Zia, sino también el simbolismo de su muerte en un momento de transición. Tras la caída del gobierno de Hasina y la formación de una administración interina, Bangladesh se prepara para unas elecciones cruciales en 2026. En ese contexto, la figura de Zia adquiere un nuevo significado: el de un referente político cuya ausencia redefine el tablero.
La trayectoria de Khaleda Zia, esposa del presidente Ziaur Rahman, asesinado en 1981, estuvo marcada por contrastes. Tras años de activismo contra la dictadura militar, llegó al poder en 1991 y se convirtió en la primera mujer en liderar el país.
Durante sus mandatos impulsó reformas económicas y consolidó el multipartidismo, pero su Gobierno también fue señalado por prácticas clientelares, acusaciones de corrupción y una gestión que profundizó la polarización. Su enfrentamiento con Hasina no solo fue político, sino también simbólico: dos visiones opuestas del poder y del futuro nacional.
En sus últimos años, Zia pasó largas temporadas bajo arresto domiciliario y fue condenada por corrupción, cargos que su partido siempre consideró de motivación política. Su deterioro de salud, agravado por años de reclusión, la mantuvo alejada de la vida pública, mientras su hijo, Tarique Rahman, asumía progresivamente el liderazgo del Partido Nacionalista de Bangladesh (BNP) desde el exilio.
El regreso de Rahman al país, apenas días antes de la muerte de su madre, ha reavivado el debate sobre la continuidad del legado familiar. Su figura representa tanto la herencia política de Zia como la promesa —o el riesgo— de una nueva etapa marcada por viejas tensiones. Para sus seguidores, es el heredero natural de una lucha inconclusa; para sus críticos, la encarnación de un sistema que debe ser superado.
El masivo funeral, custodiado por un amplio dispositivo de seguridad y seguido por multitudes que colmaron las calles de Daca, dejó una imagen elocuente: Khaleda Zia sigue siendo un símbolo capaz de movilizar emociones y adhesiones profundas. Al mismo tiempo, su muerte cierra definitivamente el ciclo de las dos grandes líderes que dominaron la política bengalí durante más de tres décadas.
Con la desaparición de Zia y el ocaso de Hasina, Bangladesh se enfrenta a una etapa inédita. La transición política, marcada por expectativas de cambio y por la necesidad de reconstruir instituciones erosionadas, tendrá como telón de fondo la memoria de una dirigente que, para bien o para mal, moldeó el país contemporáneo. @mundiario