Kast, el presidente que perseveró una década hasta La Moneda y rechaza la etiqueta ultra

Gabriel Boric, presidente de Chile en funciones y José Antonio Kast, presidente electo. / @gabrielboricfont

Afín a líderes ultraconservadores y duros en seguridad, Kast insiste en definirse como un político de derechas, no como un extremista, y afronta ahora la prueba decisiva: gobernar en seguridad, inmigración y economía.

José Antonio Kast, de 59 años, no es un recién llegado ni un outsider puro. Su trayectoria está anclada en la derecha tradicional chilena y, en particular, en el legado de Jaime Guzmán, ideólogo del gremialismo y fundador de la Unión Demócrata Independiente (UDI). Militó dos décadas en ese partido, fue concejal y diputado durante cuatro periodos, y se forjó como un dirigente disciplinado y doctrinario. Su ruptura en 2016, motivada por desacuerdos con la dirigencia y por lo que consideraba una renuncia a los principios originales, marcó el inicio de un camino propio.

Ese camino fue largo y accidentado. En 2017 concurrió como candidato independiente y obtuvo apenas el 8% de los votos, pero dejó la señal de que existía un electorado dispuesto a respaldar un discurso más duro en materia de seguridad, inmigración y valores. Kast tomó nota. En 2021, ya al frente del recién creado Partido Republicano (PR), dio un salto significativo: ganó la primera vuelta y perdió el balotaje frente a Gabriel Boric, tras una movilización decisiva del voto joven y femenino en su contra.

La derrota no supuso un repliegue, sino una reconfiguración. Kast reforzó su proyección internacional, participó en foros conservadores como la CPAC estadounidense y encuentros de Vox en España, y presidió una red global de activismo ultraconservador centrada en la llamada “batalla cultural”. Al mismo tiempo, comenzó a procesar una lección clave: su agenda valórica, expuesta sin filtros, era un lastre electoral en una sociedad chilena más diversa, liberal y sensible a los derechos individuales.

Kast aparcó la agenda valórica en la campaña

En su tercer intento presidencial, ese aprendizaje se tradujo en una campaña calculada. Kast no renunció a sus convicciones —sigue oponiéndose al aborto, al matrimonio igualitario y a la ley de identidad de género—, pero decidió no situarlas en el centro del debate. El foco pasó a ser otro: seguridad pública, control migratorio y crecimiento económico, los tres ejes que hoy concentran la mayor preocupación ciudadana. El resultado fue contundente: un triunfo amplio que lo convirtió en presidente electo.

Esa capacidad de modular el mensaje sin abandonar el ideario explica parte de su éxito. Kast insiste en que no ha cambiado, sino que ha priorizado. Se define como un hombre de principios, pero también como un político pragmático. Su rechazo a la etiqueta de “ultraderecha” se apoya en ese argumento: sostiene que sus propuestas se mueven dentro del marco institucional y democrático, y que las críticas responden a una caricatura interesada desde sectores ideologizados de la izquierda.

El contraste entre forma y fondo es una de sus señas de identidad. Kast mantiene un tono pausado, educado y poco estridente, incluso cuando aborda temas sensibles. Ha elogiado públicamente el papel del periodismo como contrapeso democrático y ha pedido respeto para la prensa ante seguidores hostiles, un gesto poco habitual entre líderes asociados al populismo de derechas. Quienes lo conocen subrayan esa diferencia con figuras como Donald Trump, pese a la afinidad ideológica en asuntos como la inmigración o el orden público.

Kast gobernará en coalición

Ahora, la incógnita se traslada al ejercicio del poder. El Partido Republicano nunca ha gobernado y Kast deberá liderar una coalición heterogénea que incluye desde la derecha tradicional hasta sectores liberales, libertarios y conservadores. Su capacidad para equilibrar las presiones internas —especialmente de quienes reclaman reactivar la “batalla cultural”— con las exigencias de gobernabilidad será decisiva para la estabilidad de su mandato.

El plan de los primeros meses, centrado en medidas de impacto rápido en seguridad, inmigración y ajuste fiscal, busca consolidar su autoridad y responder a las expectativas generadas. Pero también plantea riesgos: el recorte del gasto, la expulsión de migrantes irregulares o la reforma judicial exigirán acuerdos parlamentarios complejos y una ejecución eficaz para no erosionar el capital político inicial.

A una década de haber abandonado la UDI y de confesar abiertamente su ambición presidencial, Kast llega a La Moneda como un político persistente que supo esperar su momento. Su trayectoria combina coherencia ideológica y adaptación táctica, y su presidencia pondrá a prueba si ese equilibrio es sostenible. El desafío ya no es ganar elecciones, sino gobernar un país diverso desde una derecha que aspira a ser hegemónica sin asumirse —al menos en su propio relato— como extrema. @mundiario