El apagón digital en Irán: ¿puede el Gobierno silenciar una nación en ebullición?
Irán atraviesa uno de los momentos de mayor tensión social de los últimos años. Miles de personas han salido a las calles de Teherán y de numerosas ciudades y zonas rurales la noche del jueves para protestar contra la situación económica y el sistema político, en una ola de manifestaciones que ya ha dejado al menos 45 fallecidos y más de 2.000 detenidos, según organizaciones de derechos humanos.
La respuesta del Gobierno ha incluido un apagón nacional de internet, una medida que busca limitar la coordinación y la visibilidad internacional de las protestas, pero que también subraya la magnitud del desafío al que se enfrenta la República Islámica.
Las restricciones a las comunicaciones comenzaron poco después de que se intensificaran las movilizaciones. Plataformas como NetBlocks y la empresa de ciberseguridad Cloudflare confirmaron una interrupción casi total del acceso a internet, atribuida a una interferencia directa del Estado. Las llamadas telefónicas desde el extranjero, incluidas las realizadas desde Dubái, dejaron de conectarse, un patrón que en anteriores episodios de protesta en Irán ha precedido a campañas represivas más severas.
El origen inmediato de las protestas está en el deterioro del nivel de vida. La pérdida de poder adquisitivo, el desplome histórico del rial y la inflación han golpeado a amplias capas de la población. A este contexto se suman las sanciones internacionales y la presión geopolítica sobre Teherán, especialmente en torno a su programa nuclear. Sin embargo, con el paso de los días, las consignas económicas han ido dando paso a demandas de carácter político, dirigidas directamente contra el liderazgo religioso y el modelo de gobierno.
El cierre de mercados y bazares en señal de apoyo a los manifestantes evidencia que el descontento no se limita a sectores marginales. Comerciantes, trabajadores urbanos y habitantes de pequeñas localidades se han sumado a las protestas, ampliando su alcance territorial y social.
El papel del príncipe heredero en el exilio
Un elemento decisivo de esta oleada de movilizaciones ha sido el llamamiento del príncipe heredero Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán, desde el exilio. Su convocatoria a manifestaciones masivas a las 20:00 horas durante dos jornadas consecutivas supuso una prueba de su capacidad para influir en la calle iraní. Las imágenes de manifestantes coreando consignas a favor del sha, algo impensable décadas atrás por el riesgo de pena de muerte, reflejan tanto la profundidad del descontento como la ruptura de ciertos tabúes políticos.
No obstante, el movimiento sigue siendo esencialmente descentralizado. Analistas señalan que la ausencia de una dirección clara ha debilitado protestas anteriores y sigue siendo uno de los principales límites para una articulación política sostenida. El propio aparato de seguridad ha contribuido a este escenario al detener o forzar al exilio a figuras con potencial de liderazgo.
El corte de internet responde a una lógica ya conocida en Irán: reducir la capacidad de organización de los manifestantes y controlar el relato. Sin acceso a redes sociales ni a medios internacionales, la difusión de vídeos, cifras y testimonios se dificulta notablemente. Sin embargo, esta estrategia también tiene costes, al afectar a la actividad económica y reforzar la percepción de crisis entre la población.
Las autoridades parecen tomarse en serio el riesgo que representan las protestas. Medios ultraconservadores como Kayhan han difundido advertencias sobre el uso de drones para identificar a participantes, una señal de que el Estado se prepara para un control más tecnológico y selectivo de la disidencia.
Víctimas, represión y violencia cruzada
Organizaciones como Iran Human Rights, con sede en Oslo, denuncian el uso de munición real por parte de las fuerzas de seguridad y la muerte de al menos ocho menores entre las víctimas. Al mismo tiempo, medios estatales iraníes han informado de ataques contra policías y miembros de las fuerzas de seguridad, con varios fallecidos en distintas provincias. Este intercambio de violencia complica el panorama y permite al Gobierno justificar medidas de seguridad más duras.
La falta de cifras oficiales completas y de una evaluación pública por parte de las autoridades contribuye a la opacidad. Mientras tanto, las investigaciones independientes dependen en gran medida de fuentes locales y del flujo intermitente de información que logra sortear la censura digital.
Las protestas se desarrollan bajo una intensa mirada internacional. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió de posibles represalias si Teherán reprime violentamente a manifestantes pacíficos, declaraciones que fueron rechazadas por el Gobierno iraní como hipócritas e intervencionistas. Desde Europa, líderes como la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, han expresado su apoyo al “pueblo iraní”, subrayando la dimensión global del debate.
Este cruce de mensajes refuerza la narrativa del régimen sobre injerencias externas, pero también amplifica la visibilidad del conflicto. En un contexto de sanciones, tensiones militares recientes y presión diplomática, las protestas internas se entrelazan con la política exterior de Irán.
La actual oleada de manifestaciones coloca al Gobierno iraní ante un equilibrio delicado: reprimir con contundencia y asumir el coste interno y externo, o permitir que el movimiento se prolongue y erosione su autoridad. El apagón nacional de internet es una muestra de que el Estado prioriza el control, pero no garantiza una solución duradera a las causas profundas del malestar. @mundiario