Peligrosa escalada: India y Pakistán, una vez más al borde del conflicto por Cachemira

Estación de la Fuerza Aérea de Yelahanka, India. /Ministerio de Defensa de la India
El riesgo de una guerra vuelve a asomarse entre estas dos potencias nucleares tras un atentado mortal y la amenaza de Islamabad ante una posible suspensión de un tratado de aguas por parte de Nueva Delhi.

Una vez más, la India y Pakistán se encuentran en el filo del abismo. El reciente atentado en Cachemira, en el que murieron 26 turistas en territorio controlado por Nueva Delhi, ha disparado una nueva escalada diplomática y militar entre dos vecinos que comparten no solo una frontera disputada, sino también décadas de desconfianza, rivalidad y episodios bélicos. 

La reacción de ambas partes ha sido inmediata: retirada de embajadores, revocación de visados, cierre de fronteras y una amenaza particularmente alarmante por parte de Islamabad. Si la India interrumpe el suministro de agua compartido del río Indo, advirtió el Gobierno pakistaní, se considerará “un acto de guerra”.

Esta vez, la raíz del conflicto sigue siendo la misma: Cachemira, una región montañosa dividida y reclamada en su totalidad por ambos países desde la partición del subcontinente en 1947. Allí, la insurgencia armada ha sido una constante durante décadas, con numerosos grupos militantes que abogan por la independencia o la unión con Pakistán. India acusa a Islamabad de apoyar y armar a estos grupos, una imputación que Pakistán niega sistemáticamente. Los enfrentamientos armados, las represalias diplomáticas y las amenazas cruzadas han sido parte habitual del paisaje bilateral.

El reciente atentado en Pahalgam, atribuido a una milicia conocida como El Frente de Resistencia, ha sido la chispa de esta nueva crisis. Aunque la India no ha presentado pruebas concluyentes de la implicación pakistaní, el vínculo ha sido asumido de facto por Nueva Delhi, que ha respondido con dureza: suspender el tratado de intercambio de agua, revocar todos los visados a ciudadanos pakistaníes y reducir su personal diplomático en Islamabad.

El agua como arma geopolítica

De todos los gestos de represalia, la suspensión del Tratado de Aguas del Indo es quizás el más inquietante. Firmado en 1960 bajo mediación del Banco Mundial, este acuerdo ha sobrevivido a guerras y crisis previas, regulando el uso compartido del vital sistema fluvial que atraviesa ambos países. Para Pakistán, que depende en gran medida de estos ríos para su agricultura y producción de energía, cualquier alteración en el flujo sería devastadora. Por ello, Islamabad lo considera un "interés nacional vital" y ha advertido que cualquier intento del Gobierno del primer ministro indio, Narendra Modi, de retener o desviar el agua sería considerado una declaración de guerra.

Esta advertencia no es menor. En un contexto de cambio climático, sequías persistentes y presión demográfica, el agua se ha convertido en un recurso tan estratégico como el petróleo. Utilizarla como herramienta de presión puede tener consecuencias humanitarias y geopolíticas de gran calado.

Una historia marcada por la violencia

Esta no es la primera vez que un atentado en suelo indio desata una espiral de tensión. En 1999, el conflicto de Kargil enfrentó a los ejércitos de ambos países en las alturas del Himalaya. En 2008, los atentados de Bombay dejaron 166 muertos y pusieron en jaque las relaciones diplomáticas. En 2019, un atentado suicida contra soldados indios derivó en bombardeos aéreos, el derribo de un avión militar y la captura de un piloto indio, liberado días después.

Cada uno de estos episodios ha acercado peligrosamente a ambas potencias a una guerra abierta. Lo que distingue esta ocasión es el tono abiertamente nuclear del trasfondo. Ambos países poseen arsenales atómicos considerables, junto con sistemas de misiles, aviación avanzada y una renovada retórica belicista que amplifica los riesgos de una escalada incontrolable.

La comunidad internacional observa con creciente preocupación este deterioro. La posibilidad de una guerra entre dos potencias nucleares, incluso limitada, representa un riesgo descomunal para la estabilidad regional y global. Pero los canales diplomáticos parecen ahora más deteriorados que nunca. La presión internacional, especialmente de potencias como Estados Unidos o China, podría ser clave para evitar un colapso total del diálogo.

Al mismo tiempo, el endurecimiento interno de India en Cachemira —donde las libertades civiles han sido restringidas desde la revocación del estatus especial en 2019— complica aún más cualquier vía de distensión. En lugar de apaciguar la región, las medidas de control han alimentado un clima de frustración y radicalización que puede seguir alimentando ciclos de violencia.

La advertencia de Islamabad sobre el agua no puede tomarse a la ligera, pero tampoco significa necesariamente una intención inmediata de ir a la guerra. Más bien, parece un mensaje contundente para detener lo que percibe como una agresión existencial. Pero cuando el lenguaje se radicaliza y las líneas rojas se multiplican, los márgenes para el error se reducen peligrosamente.