Un hijo de Bolsonaro entra en la carrera presidencial de Brasil en medio de tensiones en el clan

Jair Renan, Jair Bolsonaro (expresidente de Brasil), Flávio y Eduardo. / @FlavioBolsonaro
La decisión del expresidente de ungir a su hijo mayor, Flávio, como aspirante presidencial para 2026 reabre el pulso por el liderazgo de la derecha brasileño cuando el patriarca está en prisión y el bloque presenta fisuras.

La política brasileña vuelve a girar en torno al apellido Bolsonaro, pero en un escenario muy distinto al de 2018. La entrada de Flávio Bolsonaro en la carrera presidencial no solo busca mantener viva la marca familiar tras la condena de Jair Bolsonaro, sino también medir hasta qué punto el bolsonarismo conserva capacidad de movilización sin su líder histórico en primera línea. La maniobra llega, además, en un momento de evidente fragilidad: tensiones internas en el clan, desconfianza de los mercados y un contexto internacional menos favorable.

Flávio Bolsonaro, senador de 44 años, no era el nombre más evidente para encabezar la candidatura de la derecha radical. Ni lidera las encuestas ni despierta el entusiasmo de sectores clave como las élites económicas o las iglesias evangélicas. Su perfil, considerado relativamente más moderado que el de sus hermanos, parece responder más a una estrategia defensiva que ofensiva: proteger la centralidad política del apellido Bolsonaro mientras el expresidente cumple condena por conspirar contra el orden democrático.

El propio anuncio se ha interpretado como un “globo sonda”. La reacción inmediata de los mercados —con caídas bursátiles significativas— reflejó el recelo ante la incertidumbre política y económica que genera la continuidad del bolsonarismo sin una figura clara de consenso. A ello se suman los problemas judiciales que rodean al propio Flávio, así como su implicación en episodios recientes que precipitaron el encarcelamiento de su padre, factores que limitan su proyección como candidato integrador.

En paralelo, el clan Bolsonaro muestra grietas cada vez más visibles. El enfrentamiento entre los hijos del primer matrimonio y Michelle Bolsonaro, la actual esposa del exmandatario, ha expuesto una lucha por el control del legado político y del electorado conservador. La ex primera dama, hoy una figura con peso propio y buena valoración en las encuestas, ha demostrado capacidad para imponerse internamente y ampliar la base del Partido Liberal, especialmente entre mujeres evangélicas. Su creciente protagonismo añade complejidad a una sucesión ya de por sí disputada.

La fractura en la derecha brasileña

Otro actor clave en esta ecuación es Tarcísio de Freitas, gobernador de São Paulo y favorito de buena parte de la derecha tradicional. Su silencio estratégico revela que la candidatura de Flávio no cierra el debate sucesorio, sino que lo aplaza. La desconfianza mutua entre la familia Bolsonaro y De Freitas subraya la fragmentación de un espacio político que, pese a compartir electorado, carece hoy de una dirección clara.

En el plano internacional, el distanciamiento de Donald Trump supone un golpe simbólico para el bolsonarismo. El presidente estadounidense fue durante años un referente y un aliado retórico de Jair Bolsonaro, y hasta hace unos meses impuso aranceles contra exportaciones brasileñas condicionadas al desenlace del proceso judicial el exmandatario, que terminó en una condena en prisión por intento fallido de golpe de Estado.

Sin embargo, su reciente acercamiento diplomático al presidente Luiz Inácio Lula da Silva y la relajación de presiones comerciales indican un cambio de prioridades. Sin el respaldo explícito de Trump, el discurso de victimización internacional pierde fuerza y deja a la extrema derecha brasileña más aislada.

Mientras tanto, Lula aprovecha la coyuntura. Con ligera ventaja en las encuestas y una agenda centrada en inversión pública y alivio fiscal para las clases medias, el presidente busca consolidar su base y atraer a votantes desencantados con la derecha. Frente a una oposición dividida y en proceso de redefinición, el oficialismo gana tiempo y margen de maniobra.

La candidatura de Flávio Bolsonaro evidencia que el bolsonarismo sigue vivo, pero también que ya no es monolítico ni hegemónico. La batalla por la sucesión, las tensiones familiares y la pérdida de apoyos externos configuran un panorama incierto para una derecha que deberá decidir si apuesta por la continuidad del apellido o por una renovación que le permita volver a ser competitiva en 2026. @mundiario