La guerra en Irán amenaza con un apagón energético mundial
Nunca en la historia reciente la seguridad energética global había estado tan cerca de un colapso. Según Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán ha creado un escenario crítico: aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas consumido en el mundo depende de esa vía. En apenas tres semanas, la interrupción ha reducido el suministro diario en 11 millones de barriles, superando incluso la escasez de los shocks petroleros de los años setenta.
La AIE ha respondido liberando de manera gradual 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas, la mayor intervención de este tipo en la historia. Sin embargo, los precios del crudo continúan su escalada, alcanzando cifras cercanas a los 110 dólares por barril, un 50% más que antes de la guerra. En España, los efectos ya se notan en el precio de la gasolina y el diésel, lo que llevó al Gobierno a reducir temporalmente el IVA de combustibles, luz y gas.
Impactos directos en el gas, fertilizantes y alimentos
El conflicto no solo afecta al petróleo. El gas natural, indispensable para calefacción, generación eléctrica y fertilizantes, también sufre. La interrupción del suministro duplica la crisis generada tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. Los precios del gas en Europa se han duplicado y los contratos en Países Bajos, referencia principal, reflejan una tensión sin precedentes.
Además, cerca de un tercio de los fertilizantes mundiales depende del gas que pasa por Ormuz, como la urea, esencial para la agricultura. La consecuencia es doble: un aumento en el coste de producción de alimentos y un posible efecto dominó que puede disparar los precios de las materias primas. Incluso si el estrecho se reabre, la recuperación de yacimientos y plantas dañadas, como la fábrica de gas de Ras Laffan en Catar, puede tardar años. La fragilidad del sistema energético global se hace evidente y no puede ignorarse.
La dependencia de rutas estratégicas
Lo que está ocurriendo nos recuerda que nuestra economía global es un castillo de naipes: un conflicto local puede derribar mercados y afectar a millones de personas. La dependencia de rutas estratégicas y de combustibles fósiles tradicionales muestra la urgencia de diversificar fuentes energéticas y apostar por alternativas sostenibles. La transición hacia energías renovables y la eficiencia energética no es solo una cuestión ambiental: es una inversión en estabilidad y seguridad global.
Además, la coordinación internacional, como la intervención de la AIE, es vital, pero insuficiente si no se acompaña de políticas a largo plazo que reduzcan la vulnerabilidad ante conflictos geopolíticos. La solución no está solo en liberar reservas, sino en repensar un modelo energético demasiado concentrado y expuesto a riesgos externos. Solo así podremos evitar que cada conflicto en Oriente Próximo nos recuerde que nuestra economía puede quedarse sin combustible y que cada barril importa no solo en los mercados, sino en la vida cotidiana de millones de personas. @mundiario