Groenlandia en el centro del pulso transatlántico: la lógica de poder de Trump frente a Europa

Stephen Miller, subjefe de gabinete de la Casa Blanca del presidente de EE UU Donald Trump. / White House
La defensa abierta de la anexión unilateral de la isla por parte de funcionarios de la Administración Trump impulsa a las principales capitales europeas a respaldar de forma inequívoca y sin matices a Dinamarca y a Nuuk.

Las recientes declaraciones de Stephen Miller, uno de los asesores más influyentes y veteranos del presidente Donald Trump, han hecho espabilar a la comunidad europea como un cubo de agua fría al interpretar una idea que la Casa Blanca evitaba explorar abiertamente: la posibilidad de que EE UU se haga con Groenlandia por la fuerza.

El argumento es directo y deliberadamente crudo. “Somos una superpotencia”, afirmó Miller, sugiriendo que en el orden internacional contemporáneo la fuerza sigue siendo el factor decisivo. Frente a este planteamiento, Europa ha reaccionado con una inusual rapidez y unidad, cerrando filas en defensa de la soberanía danesa y groenlandesa.

Desde Washington, la narrativa gira en torno al Ártico como nuevo eje geopolítico. Groenlandia, isla autónoma bajo soberanía danesa, ocupa una posición estratégica clave entre América del Norte, Europa y Rusia. Para la Administración Trump, el control de este territorio se presenta como una necesidad para garantizar la seguridad nacional de Estados Unidos y, por extensión, de la OTAN. Miller fue explícito al afirmar que, para que EE UU proteja eficazmente la región ártica, Groenlandia “debería formar parte” del país.

Este discurso no es nuevo, pero sí más explícito que en etapas anteriores. Trump ya había manifestado su interés por la isla durante su primer mandato, aunque entonces fue recibido como una provocación poco realista. En este segundo mandato, en un contexto internacional marcado por guerras abiertas, rivalidades entre grandes potencias y un Ártico cada vez más accesible por el deshielo, la idea se reviste de una lógica estratégica más elaborada, aunque no menos controvertida.

Groenlandia y Dinamarca: una negativa sin matices

La reacción desde Nuuk y Copenhague ha sido tajante. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, ya había rechazado cualquier insinuación de anexión y denunció las presiones y “fantasías” procedentes de Washington. Por su parte, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, elevó el tono al advertir de que un ataque militar contra un aliado de la OTAN supondría, de facto, el colapso de la Alianza Atlántica y del sistema de seguridad construido tras la II Guerra Mundial.

Estas declaraciones reflejan una preocupación que va más allá del caso concreto de Groenlandia. Para Dinamarca, aceptar siquiera el debate sobre una posible anexión forzada sentaría un precedente peligroso en un momento en el que Europa intenta reafirmar la centralidad del derecho internacional y la integridad territorial.

La respuesta europea ha sido coordinada y poco habitual por su contundencia. España, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, Polonia y Dinamarca, entre otros, difundieron una declaración conjunta en la que subrayan que “Groenlandia pertenece a su pueblo” y que solo Dinamarca y Groenlandia pueden decidir sobre su futuro. El comunicado recalca que la seguridad del Ártico es una prioridad para Europa y que esta ya ha aumentado su presencia e inversiones en la región dentro del marco de la OTAN.

El mensaje es doble: por un lado, Europa reconoce la importancia estratégica del Ártico y la necesidad de cooperación transatlántica; por otro, marca una línea roja clara frente a cualquier intento de redefinir fronteras mediante la presión o la fuerza, incluso si procede de su principal aliado.

Más allá del caso concreto, el choque de discursos revela dos visiones opuestas del orden internacional. La Administración Trump parece reivindicar una lectura realista y desnuda del poder, donde la fuerza y la capacidad de imponer intereses prevalecen sobre normas y consensos. Europa, en cambio, responde apelando a principios que considera fundacionales: soberanía, integridad territorial y multilateralismo.

El desenlace de este pulso es incierto. No está claro hasta qué punto las amenazas de anexión forman parte de una estrategia negociadora o de una convicción real de Washington. Lo que sí resulta evidente es que Groenlandia se ha convertido en un símbolo de un debate mayor: cómo se redefine el equilibrio de poder en un mundo cada vez más fragmentado y hasta dónde están dispuestos a llegar los aliados cuando sus intereses estratégicos empiezan a divergir. @mundiario