Gaza, Europa e Israel: el acuerdo humanitario como coartada diplomática
Europa vuelve a tropezar con su propio laberinto moral. Mientras la Franja de Gaza sigue sufriendo las consecuencias de una ofensiva militar israelí que ha dejado miles de muertos y una devastación casi total del tejido civil, la Unión Europea se aferra a un acuerdo con Israel para permitir más ayuda humanitaria. La alta representante Kaja Kallas lo anunció con entusiasmo en las redes sociales: se incrementarán los camiones, se abrirán pasos fronterizos, se reactivarán rutas desde Egipto y Jordania, e incluso se garantizará el suministro de combustible para instalaciones críticas como la planta desalinizadora. Todo suena bien, pero la pregunta es otra: ¿por qué ahora?
La respuesta no se encuentra en Gaza, sino en Bruselas. Dentro de apenas unos días, los ministros de Exteriores de los 27 Estados miembros debatirán el futuro del Acuerdo de Asociación con Israel, un pacto que establece que las relaciones bilaterales deben basarse en el respeto de los derechos humanos. Y ese respeto, según informes jurídicos del propio Servicio de Acción Exterior de la UE, está en entredicho. Israel, según la evidencia recogida, no está cumpliendo con sus obligaciones. La maquinaria legal y diplomática europea ha documentado ya lo que muchos países, como España o Irlanda, vienen denunciando desde hace meses: en Gaza se están violando derechos humanos de forma sistemática.
Pero la posibilidad de suspender —aunque sea parcialmente— el Acuerdo de Asociación es, de momento, una quimera. Las divisiones internas dentro del bloque son profundas. Alemania, Austria, Hungría o Polonia se oponen firmemente a cualquier tipo de medida que pueda interpretarse como una condena directa a Israel. La unanimidad que exige una suspensión completa del acuerdo parece imposible de alcanzar. Por ello, la Comisión ha trabajado en una batería de alternativas intermedias: sanciones individuales, restricciones comerciales, embargo de armas, suspensión de programas científicos... medidas que, en teoría, podrían aprobarse con una mayoría cualificada.
Ahí es donde encaja este repentino anuncio de entendimiento con Israel. Porque si se consigue mostrar que el Estado hebreo ha dado señales —aunque sean cosméticas— de voluntad de cooperación, muchos países podrán alegar que la presión diplomática ha surtido efecto y que no es necesario ir más allá. En otras palabras, se blinda el statu quo: Europa evita el bochorno de una ruptura con Israel y, al mismo tiempo, puede presentarse como garante de los derechos humanitarios en Gaza. Una coartada perfecta.
Pero hay un problema de fondo. La ayuda humanitaria no es una concesión, sino una obligación bajo el derecho internacional. Que Israel permita ahora un incremento en la entrada de suministros básicos —pan, combustible, agua potable— no es un gesto generoso, sino una corrección tardía de un bloqueo inaceptable. Y no hay aún ninguna garantía de que las medidas anunciadas se implementen plenamente. Hasta la fecha, cada promesa israelí de facilitar la ayuda ha chocado con obstáculos burocráticos, controles militares o, directamente, con inacción. ¿Por qué esta vez iba a ser distinto?
Además, esta política de "buen comportamiento" como forma de evitar sanciones es un mal precedente. Si se consagra la idea de que basta con anunciar mejoras humanitarias para evitar consecuencias por violaciones graves de derechos humanos, la UE está mandando un mensaje peligroso. Está diciendo, en la práctica, que no hace falta respetar el derecho internacional de forma sostenida, sino que basta con aparentarlo en el momento oportuno.
Por eso, el verdadero examen para la UE no está en los camiones que puedan entrar en Gaza la próxima semana, sino en su capacidad para sostener los principios que dice defender. El artículo 2 del Acuerdo de Asociación no es simbólico. Es vinculante. Y si Europa permite que siga vigente sin consecuencias a pesar de su incumplimiento, estará vaciando de contenido toda su política exterior basada en valores.
España y otros países han reclamado medidas más contundentes, incluyendo la suspensión total del acuerdo. No por animadversión hacia Israel, sino porque entienden que la defensa de los derechos humanos no puede ser selectiva ni dependiente del contexto geopolítico. Otros Estados, sin embargo, prefieren mantener una relación pragmática con el Gobierno de Netanyahu, aunque eso implique mirar hacia otro lado ante la catástrofe humanitaria en Gaza.
Lo que se decide en Bruselas no es solo una cuestión de política exterior. Es un test sobre la coherencia moral de la UE en un mundo donde los principios se negocian con facilidad. Gaza seguirá necesitando ayuda. Pero Europa necesita algo aún más urgente: recuperar su credibilidad. @mundiario