Francia, en bucle: la dimisión de Sébastien Lecornu confirma el agotamiento del macronismo
La dimisión de Sébastien Lecornu como primer ministro de Francia —la más fugaz de la historia republicana, tras apenas 27 días en el cargo— no es un episodio aislado, sino el síntoma de una enfermedad institucional más profunda. El país asiste, una vez más, a la implosión de un Gobierno incapaz de sostener un equilibrio político y de responder a las expectativas de cambio que el propio Emmanuel Macron prometió al llegar al poder. La Francia del 2025 se parece demasiado a aquella de la IV República que el propio De Gaulle quiso enterrar: fragmentada, imprevisible y exhausta.
El fracaso de Lecornu no puede entenderse solo en clave personal. Su Gobierno nació muerto. Desde el primer momento, las críticas a su gabinete “continuista” evidenciaron la falta de imaginación del Elíseo y el desgaste del proyecto macronista. En lugar de la “ruptura” prometida, el primer ministro resucitó nombres del pasado, ministros reciclados de anteriores etapas y figuras que simbolizan la fatiga del poder. Bruno Le Maire, artífice de las políticas económicas más cuestionadas del último lustro, volvió al frente del Ministerio de Defensa. La oposición, incluso la que podía haber sido aliada, interpretó el gesto como una provocación.
La consecuencia fue inmediata: desafección, revuelta interna y aislamiento. En menos de 48 horas, Lecornu comprendió que no disponía de margen político ni autoridad moral para gobernar. Su dimisión fue tanto un acto de dignidad como una constatación del caos en el que se ha instalado el sistema político francés.
Macron, en el centro de la tormenta, no puede ya eludir su responsabilidad. En menos de un año y medio, Francia ha tenido tres primeros ministros distintos. Cada uno ha prometido estabilidad y renovación, y cada uno ha fracasado más rápido que el anterior. La disolución de la Asamblea Nacional en 2024, concebida como una maniobra táctica para recuperar el control, se ha revelado como un error estratégico monumental: produjo un Parlamento ingobernable y multiplicó las fracturas políticas.
Hoy, el Elíseo gobierna rodeado de un vacío. Los republicanos rechazan cualquier pacto; los socialistas, fragmentados y sin rumbo, se aferran a una oposición testimonial; y la extrema derecha de Marine Le Pen, fortalecida por la sensación de descomposición institucional, se erige como única alternativa viable ante el hartazgo ciudadano. Los sondeos ya la sitúan como favorita para unas elecciones que, tarde o temprano, serán inevitables.
Lecornu, en su breve discurso de despedida, apeló a la “humildad” y criticó los “egos partidistas”. Tenía razón, pero sus palabras sonaron a epitafio de una clase política que lleva años mirando hacia otro lado. Francia se enfrenta no solo a un problema de liderazgo, sino a una crisis estructural de su modelo político. La V República, diseñada para garantizar la estabilidad mediante la concentración de poder en el presidente, se ha convertido en una máquina de parálisis cuando ese liderazgo se agota.
Lo más preocupante no es la caída de un primer ministro, sino la sensación de que ningún sucesor podrá revertir la deriva. Macron se aferra a la idea de que puede resistir hasta 2027, pero la legitimidad de su mandato está erosionada. En un contexto de fatiga democrática, crisis económica y polarización social, su figura representa más el pasado que el futuro.
Los mercados ya han reaccionado con nerviosismo. La Bolsa de París cayó más de un 2% y la prima de riesgo francesa alcanzó su máximo anual. Pero el verdadero temblor es político: Francia, segunda economía de la Unión Europea, vive una inestabilidad que amenaza con proyectarse sobre todo el continente.
El relevo de Lecornu no resolverá nada. Francia no necesita otro primer ministro de transición, sino un replanteamiento profundo del modelo de gobernanza y del contrato político entre Estado y ciudadanía. Sin una verdadera regeneración, el país corre el riesgo de volver a 1958, cuando la descomposición parlamentaria obligó a una refundación institucional.
Macron, que alguna vez quiso ser el De Gaulle de su tiempo, podría acabar siendo su antítesis: el presidente que agotó el sistema sin ofrecer una alternativa. La dimisión de Lecornu es el último aviso. Si el Elíseo no escucha, el siguiente capítulo de esta crisis no será una dimisión más, sino el fin de una era. @mundiario