Estados Unidos eleva la presión sobre Maduro en plena escalada militar en el Caribe
La decisión de Estados Unidos de designar a Nicolás Maduro y a varios altos cargos de su Gobierno como miembros de una organización terrorista internacional marca un nuevo punto de inflexión en la ya envenenada relación entre Washington y Caracas. El movimiento, justificado por la Casa Blanca como una forma de obtener “nuevas herramientas” contra el denominado cartel de los Soles, se produce en plena escalada militar en el Caribe, un escenario donde la frontera entre lucha contra el narcotráfico, presión política y advertencia bélica se difumina cada vez más.
En términos estrictos, la catalogación como organización terrorista no habilita automáticamente el uso de la fuerza. Pero en la práctica amplía el margen legal para operaciones que, según altos cargos citados por Reuters, podrían incluir acciones encubiertas o ataques selectivos dentro del territorio venezolano. El argumento oficial sostiene que se trata de reforzar la Operación Lanza del Sur, desplegada para combatir el narcotráfico y que ya acumula una veintena de bombardeos contra embarcaciones sospechosas con más de 80 muertos. Para el chavismo, y para muchos analistas, la operación es algo más: una palanca de presión dirigida a forzar la salida de Maduro.
La tensión no deja de crecer. La semana pasada entró en escena el portaaviones Gerald Ford, el mayor del mundo, en un despliegue que concentra el 20% de la fuerza naval estadounidense en la región. La suspensión de vuelos internacionales tras la recomendación de la FAA de evitar el espacio aéreo venezolano alimentó un clima de alarma y aislamiento que recuerda a otras crisis latinoamericanas, pero con un componente militar más explícito.
En Caracas, Maduro ha respondido atrincherándose: movilización de tropas, ejercicios militares, adiestramiento de milicias civiles y un discurso de resistencia que intenta disuadir cualquier intento de intervención. Los riesgos son evidentes. Como advierten expertos como Benigno Alarcón en El País, el régimen se enfrenta a un dilema: responder a un ataque estadounidense y escalar el conflicto, o no hacerlo y proyectar debilidad en un momento en el que su base social es menor que nunca.
El escenario interno venezolano añade capas de incertidumbre. La sociedad, exhausta tras años de crisis, observa entre el miedo, la cautela y el deseo de una transición que no llega. En la diáspora, muchos sostienen que solo un golpe externo podría romper el bloqueo político. Dentro del país, predomina la idea de que cualquier salida pacífica requeriría una fractura en las Fuerzas Armadas, la institución que, pese al desgaste, sigue sosteniendo al régimen.
Los analistas coinciden en que un desembarco estadounidense es improbable. La opinión pública norteamericana no muestra apetito por otra aventura militar, y la propia Administración Trump opera en una lógica de ambigüedad calculada. La “nueva fase” anunciada para la Operación Lanza del Sur podría limitarse a acciones quirúrgicas, operaciones de inteligencia y presión económica. Pero incluso ese escenario conlleva riesgos: la reacción de grupos armados chavistas, la posibilidad de una represión interna aún más intensa o un estallido social difícil de controlar.
La región mira con aprensión. Brasil, Colombia o México temen que cualquier intervención provoque una nueva ola migratoria o desencadene un conflicto con consecuencias imprevisibles. Aunque existe un consenso amplio en que las elecciones de 2024 fueron fraudulentas y que la legitimidad de Maduro es cuestionable, ningún gobierno latinoamericano quiere liderar una confrontación abierta con Washington ni tampoco quedar atrapado en la lógica de un conflicto que no controla.
Trump alterna amenazas veladas con insinuaciones de diálogo. Maduro acepta hablar, pero no ceder, según recuerdan varios expertos
El tablero internacional tampoco ofrece una salida clara. Trump alterna amenazas veladas con insinuaciones de diálogo. Maduro acepta hablar, pero no ceder, según recuerdan múltiples expertos. Y la estrategia de la oposición, condicionada por la influencia de Estados Unidos, depende de factores externos que podrían cambiar de un día para otro.
La crisis entre Caracas y Washington se mueve así en un territorio intermedio entre la guerra psicológica, la diplomacia de señales y la preparación militar. Un juego de tensiones donde ninguno de los actores quiere aparecer como el primero en girar el volante, pero donde nadie parece tener una estrategia capaz de evitar un desenlace incierto. En ese equilibrio inestable, Venezuela sigue suspendida entre la posibilidad de una transición y el riesgo de una ruptura traumática.
Silencio: la gente tiene miedo
En Caracas domina un clima de miedo que ha llevado a la población a susurrar la política y a borrar mensajes por precaución. La vigilancia del Estado y la amenaza de delación han convertido la cautela en un hábito cotidiano. A medida que aumenta la presión externa de Estados Unidos, el chavismo endurece su control interno: crecen las detenciones, la vigilancia territorial y las denuncias de más de 800 presos políticos.
El Gobierno ha activado mecanismos de monitoreo social a través de aplicaciones y estructuras partidarias, mientras la gente evita hablar de ciertos temas incluso en espacios públicos. Detenciones como la del dirigente opositor Roberto Vermont o la condena a 30 años de la médica Marggie Orozco por un audio privado ilustran el carácter punitivo del sistema.
La oposición está debilitada, con sus líderes fuera del país o silenciados, mientras el chavismo refuerza la presencia de cuerpos de inteligencia y controles policiales en calles y edificios públicos. La represión, a menudo arbitraria, ha asentado un autoritarismo que la sociedad no veía desde la dictadura de Pérez Jiménez.
El miedo se extiende también al ámbito informativo: fuentes que callan, encuestas que desaparecen, periodistas encarcelados y una prensa bajo férreo control oficial. Con la red social X bloqueada y los medios condicionados, el silencio —digital y físico— se ha vuelto la norma en un país donde la tensión interna crece al ritmo del conflicto externo. @mundiario