EE UU concentra dos tercios del gasto militar de la OTAN y sostiene su capacidad real de disuasión

Ilustración de Donald Trump, que aspira a poner Groenlandia (Dinamarca, UE) bajo el mando de EE UU. / Mundiario

Los datos de inversión en Defensa confirman un desequilibrio estructural en la Alianza Atlántica: Washington gasta casi el doble que todos sus socios juntos, mientras Europa debate su autonomía estratégica sin una base material suficiente.

Las cifras del gasto militar de la OTAN dibujan una realidad tan conocida como incómoda. Los 32 países de la Alianza destinan en conjunto algo más de 1,5 billones de dólares a Defensa, pero casi un billón corresponde a un solo actor: Estados Unidos. El resto de aliados, sumados, apenas supera los 510.000 millones. El resultado es una relación cercana a dos a uno que no responde a una coyuntura excepcional, sino a una estructura consolidada desde hace décadas. La OTAN se estableció con la firma del Tratado del Atlántico Norte el 4 de abril de 1949. De los 32 países miembros, 30 están en Europa y 2 en América del Norte.

El desequilibrio explica por qué el debate sobre el “reparto de cargas” reaparece de forma cíclica en cada crisis transatlántica, como ahora que EE UU pretende hacerse nada menos que con un territorio –Groenlandia– que pertenece a otro país miembro de la OTAN, Dinamarca. No se trata solo de porcentajes de PIB o de compromisos políticos, sino de una asimetría profunda de capacidades que condiciona la toma de decisiones dentro de la Alianza. Además, EE UU continúa siendo, con enorme distancia, la primera potencia militar del mundo. Su presupuesto anual en defensa no solo triplica el gasto de China, sino que supera ampliamente al de cualquier otro actor individual.

El núcleo fundador de la OTAN sigue siendo su columna vertebral, aunque con notables diferencias internas. Estados Unidos actúa como garante casi exclusivo de la capacidad militar global del bloque, con un nivel de inversión que supera con holgura al de todas las grandes potencias europeas juntas. Canadá, miembro fundador, mantiene un perfil mucho más discreto, acorde con su tradición estratégica. En Europa, Reino Unido y Francia conservan el estatus de potencias militares completas, con armas nucleares y capacidad de proyección exterior, pero incluso sumadas quedan muy lejos del esfuerzo estadounidense. Alemania, pese a su peso económico, arrastra aún las inercias de décadas de contención, aunque el cambio de tendencia es evidente tras la guerra de Ucrania.

Más allá del núcleo fundador, las potencias medias europeas reflejan una OTAN fragmentada. Italia y España destinan cantidades relevantes en términos absolutos, pero modestas si se comparan con su tamaño económico y demográfico. El contraste lo ofrece Polonia, que ha convertido el gasto en Defensa en una prioridad estratégica, impulsada por su percepción directa de amenaza en el flanco oriental. Turquía, por su parte, mantiene un esfuerzo sostenido y una industria militar propia, aunque con una agenda geopolítica que no siempre encaja sin fricciones en la lógica atlántica.

Los países bálticos ocupan un lugar singular

En el extremo oriental de la Alianza, los países bálticos ocupan un lugar singular. Estonia, Letonia y Lituania figuran entre los Estados que más porcentaje de su gasto público destinan a Defensa. Son cifras modestas en términos absolutos, pero muy significativas en proporción a su tamaño, reflejo de una estrategia centrada en la disuasión y en la confianza plena en el respaldo colectivo, especialmente el estadounidense. Es evidente que todos ellos temen a Rusia.

Los Balcanes Occidentales aportan otro matiz al mapa de la OTAN. Albania, Croacia, Macedonia del Norte y Montenegro tienen un peso militar reducido, acorde con sus economías. Su valor para la Alianza es sobre todo político y geoestratégico: estabilidad regional, control de corredores estratégicos y cierre de espacios de influencia alternativa.

La incorporación reciente de Finlandia y Suecia ha reforzado el flanco norte con fuerzas armadas modernas y bien preparadas. No cambian de forma sustancial el balance financiero global, pero sí mejoran la capacidad defensiva europea en un área especialmente sensible frente a Rusia.

El balance final es claro. La OTAN sigue siendo, en términos reales, una alianza sostenida fundamentalmente por Estados Unidos. Europa incrementa su gasto y mejora capacidades, pero la distancia sigue siendo enorme. Mientras ese desequilibrio no se reduzca de forma estructural, el liderazgo estratégico estadounidense continuará siendo incuestionable y la llamada autonomía estratégica europea seguirá más cerca del debate político que de la realidad material. @mundiario