Chile entre dos modelos: cómo los extremos se citan a una segunda vuelta inédita
La primera vuelta presidencial confirmó algo que los analistas intuían, pero no anticipaban con esta nitidez: las derechas se devoraron entre sí, cediendo espacio a un duelo final entre la ultraderecha de José Antonio Kast y la agrupación comunista de Jeanette Jara, los candidatos más definidos en el espectro ideológico. Con el 77,8% de los votos escrutados, Jara se impuso con un 26,7%, apenas por delante del 24,2% de Kast, en un resultado que, lejos de fortalecerla, reveló un desempeño inferior al esperado para la candidata oficialista.
El terremoto electoral llegó con Franco Parisi, líder del Partido de la Gente, quien, con su propuesta centro-populista, obtuvo un 19,3 % y se consolidó como un actor decisivo. Su sorpresivo ascenso, alimentado por el voto obligatorio y el descontento generalizado, desplazó completamente a las candidaturas de la derecha tradicional y libertaria, que quedaron relegadas a un segundo plano antes de reagruparse casi de inmediato en torno a Kast.
La reacción fue fulminante: Evelyn Matthei, de la coalición Chile Grande y Unido, que obtuvo un 12,8 %, y Johannes Kaiser, del Partido Nacional Libertario, con un 13,9 %, anunciaron su apoyo al líder republicano, sellando un frente conservador que deja a Jara en clara desventaja para la segunda vuelta del 14 de diciembre.
En este escenario, Kast (Partido Republicano) emerge como favorito para suceder al presidente Gabriel Boric. El propio mandatario felicitó a ambos candidatos en un mensaje institucional, reflejo del impacto político que tendrá la elección sobre la continuidad —o ruptura— del proyecto progresista iniciado en 2022.
La anatomía del resultado: por qué la derecha se fragmentó… pero terminó unida
La derecha chilena llegó a la primera vuelta con tres candidaturas fuertes que terminaron restándose votos mutuamente. El voto obligatorio introdujo nuevas dinámicas: sectores que suelen abstenerse acudieron a las urnas y terminaron inclinándose por Parisi, alejándose de la derecha tradicional y a la vez debilitando a Kaiser en su intento por liderar el sector.
En cuestión de horas, sin embargo, el bloque conservador recompuso sus filas. Matthei se presentó en la sede de Kast y posó junto a él en su discurso de celebración, mientras Kaiser comprometió su apoyo afirmando: “El Partido Nacional Libertario es un partido de palabra, y vamos a respaldarlo en la segunda vuelta”.
Kast, consciente de su nuevo rol como aglutinador del bloque, resumió el clima político: “Los chilenos tienen clara la necesidad de una alternancia, y la ciudadanía espera unidad para afrontar los problemas que nos aquejan, entre ellos la seguridad. La mayoría de las personas tienen miedo”.
La seguridad, justamente, se convirtió en el eje de la campaña. En la recta final, cada candidato competía por exhibir la postura más dura. La frase de Matthei —“cárcel o cementerio”— sintetizó la tónica de un debate que se ha desplazado muy lejos del clima reformista que llevó a Boric a La Moneda en 2021.
Jara frente a un muro: la izquierda se une, pero arranca desde atrás
La izquierda chilena enfrenta el desafío más complejo desde el fin del gobierno de Allende. Jara, militante comunista y ex ministra de Trabajo, carga con el peso de representar a un Partido Comunista que sigue siendo visto con recelo por una parte significativa del electorado. Aunque su tono ha sido dialogante, su resultado inicial —mucho más estrecho de lo previsto— generó dudas inmediatas.
CNN Chile lo resumió con crudeza: “Tiene una misión muy dura si quiere remontar”. Jara respondió buscando ampliar su base: elogió a Parisi —a pesar de los abucheos de sus propios seguidores— y tendió puentes hacia Matthei, señalándola como víctima de una campaña sucia que, dijo, “no se puede permitir en la política”.
La candidata ha intentado mostrar distancia de su propio partido, afirmando incluso que podría “poner en suspenso” su militancia en caso de ser electa. Su propuesta apunta a un mensaje moderado: “ordenar la casa”, “Estado presente”, “controles democráticos”, “barrios donde se viva tranquilo”. Pero el problema para Jara no es el contenido, sino la percepción: su imagen de continuista del gobierno de Boric aparece como un límite para los votantes.
La elección de 2025 ocurre en un Chile muy diferente al de hace cuatro años. La ola progresista derivada del estallido social de 2019 se ha desvanecido. La fallida redacción de una nueva Constitución, el desgaste del gobierno y la creciente preocupación por la delincuencia movieron el péndulo hacia el orden y la mano dura.
La región también camina en esa dirección: el triunfo leislativo de Javier Milei en Argentina y el regreso de la derecha en Bolivia influyeron en los climas políticos internos. Kast busca encarnar ese momento; Jara debe nadar contra la corriente.
El país se encamina hacia una segunda vuelta que decidirá entre dos visiones profundamente distintas: un proyecto de izquierda que intenta reconstruirse desde posiciones moderadas, y un proyecto de derecha dura que ha logrado consolidar un sólido bloque detrás de Kast. @mundiario