Los aliados se reúnen para tratar la apertura de Ormuz bajo la presión de Trump

Emmanuel Macron, presidente de Francia. / White House
Más de 40 países debaten cómo reabrir el paso estratégico mientras crecen las tensiones entre Washington y Europa sobre el enfoque para resolver la crisis. Macron insiste en que cualquier plan para reabrir el estrecho por la fuerza es “poco realista”.

La crisis del Estrecho de Ormuz ha pasado de ser un problema regional a convertirse en el epicentro de un pulso geopolítico global. Con el tráfico marítimo prácticamente paralizado y el precio de la energía disparado, más de 40 países han iniciado contactos para buscar una solución.

Sin embargo, la presión de Donald Trump y las diferencias estratégicas con Europa, especialmente con el presidente francés Emmanuel Macron, evidencian una fractura en la respuesta internacional.

El detonante es claro: el bloqueo de esta arteria clave del comercio mundial, agravado por la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. Pero el debate ya no gira solo en torno a cómo reabrirla, sino a quién debe hacerlo y bajo qué condiciones.

La reunión impulsada por el Reino Unido, con la participación de potencias como Francia, Alemania, Japón o Canadá, ha dejado una imagen reveladora: la ausencia de Estados Unidos. Washington ha optado por situarse al margen, trasladando la responsabilidad a los países más dependientes del flujo energético.

La ministra británica de Exteriores Yvette Cooper ha insistido en que el objetivo es explorar “medidas diplomáticas y políticas”, evitando por ahora un enfoque militar directo. Esta elección no es casual: el riesgo de escalada en una zona altamente militarizada es demasiado alto, especialmente con Irán demostrando capacidad para atacar buques comerciales.

Macron marca distancias: “poco realista”

La posición europea ha quedado aún más clara con las declaraciones de Macron, quien ha calificado de “poco realista” cualquier intento de abrir el estrecho por la fuerza. El presidente francés ha subrayado que una solución duradera solo puede lograrse “en coordinación con Irán”, introduciendo un matiz clave frente a la retórica más agresiva de Washington.

Esta postura refleja una lectura pragmática del conflicto. Con misiles, drones y minas navales en juego, una operación militar para garantizar el paso no solo sería compleja, sino potencialmente contraproducente. Además, podría desencadenar una escalada regional de consecuencias imprevisibles.

En paralelo, Trump ha intensificado sus críticas a los aliados europeos, acusándolos de no respaldar su estrategia en la guerra. Su mensaje es doble: por un lado, exige mayor implicación; por otro, sugiere que Estados Unidos no asumirá el coste de garantizar la seguridad del estrecho.

Esta presión se inscribe en un contexto más amplio de tensiones transatlánticas, incluyendo sus reiteradas amenazas de replantear el papel de EE UU en la OTAN. La crisis de Ormuz, en este sentido, actúa como catalizador de una discusión más profunda sobre el reparto de responsabilidades en seguridad global.

Un estrecho bloqueado y una economía bajo presión

La gravedad de la situación se mide en cifras: decenas de ataques a buques, tripulaciones afectadas y miles de marineros atrapados. El tráfico se ha reducido a niveles mínimos, con Irán ejerciendo un control efectivo sobre quién puede transitar.

El impacto económico es inmediato. El encarecimiento del petróleo y de los alimentos está afectando a economías de todo el mundo, especialmente en Europa y Asia, mucho más dependientes de esta ruta que Estados Unidos. Esta asimetría explica en parte la urgencia europea frente a la relativa distancia de Washington.

Las conversaciones actuales apuntan a un enfoque por fases. Primero, impulsar medidas diplomáticas que permitan un alto el fuego. Después, diseñar una posible misión internacional para escoltar buques y limpiar minas, una vez que las condiciones de seguridad lo permitan.

Este planteamiento evita una confrontación directa inmediata, pero también implica aceptar que la reapertura del estrecho no será rápida. La idea de una solución “postconflicto” contrasta con la urgencia de los mercados y de los países afectados por la crisis energética.

Sin embargo, esta autonomía estratégica aún está en construcción. La falta de una postura común clara y las diferencias sobre el uso de la fuerza reflejan los límites de esa coordinación. @mundiario