PIANISTA EN UN BURDEL

Todas las religiones tienen su Tabla de Moisés, su Biblia, su Corán, su pliego de mandamientos. El periodi
Todas las religiones tienen su Tabla de Moisés, su Biblia, su Corán, su pliego de mandamientos. El periodismo, que de tan vocacional y endogámico es practicamente una secta, también los necesitaba, y ya los tiene.

Hoy leí un artículo del Colexio de Xornalistas de Galicia en el que destacaban la vertiente periodística de Cela, un hombre que fue expulsado del Registro Oficial de Periodistas cuando publicó casi de forma clandestina su, para mí, mejor obra: "La Colmena". En ese artículo mencionaban un dodecálogo periodístico que Cela dejó como legado. Es muy reciente, de hace a penas unos meses. Me parece interesante divulgarlo:

"El periodista debe:

I. Decir lo que acontece, no lo que quisiera que aconteciese o lo que imagina que aconteció.

II. Decir la verdad anteponiéndola a cualquier otra consideración y recordando siempre que la mentira no es noticia y, aunque por tal fuere tomada, no es rentable.

III. Ser tan objetivo como un espejo plano; la manipulación y aún la mera visión especular y deliberadamente monstruosa de la imagen o la idea expresada con la palabra cabe no más que a la literatura y jamás al periodismo. (Advierto que uso el primer adjetivo en la acepción, para mí todavía viva, que la Academia se apresuró -y pienso que también se precipitó- a considerar anticuada).

IV. Callar antes que deformar; el periodismo no es ni el carnaval, ni la cámara de los horrores, ni el museo de figuras de cera.

V. Ser independiente en su criterio y no entrar en el juego político inmediato.

VI. Aspirar al entendimiento intelectual y no al presentimiento visceral de los sucesos y las situaciones.

VII. Funcionar acorde con su empresa -quiere decirse con su línea editorial- ya que un diario ha de ser una unidad de conducta y de expresión y no una suma de parcialidades; en el supuesto de que la coincidencia de criterios fuera insalvable, ha de buscar trabajo en otro lugar ya que ni la traición (a sí mismo, fingiendo, o a la empresa, mintiendo), ni la conspiración, ni la sublevación, ni el golpe de estado son armas admisibles. Encualquier caso, recuérdese que para exponer toda la baraja de posibles puntos de vista ya están las columnas y los artículos firmados. Y no quisiera seguir adelante -dicho sea al margen de los mandamientos- sin expresar mi dolor por el creciente olvido en el que, salvo excepciones de todos conocidas y por todos celebradas, están cayendo los artículos literarios y de pensamiento no político en el periodismo actual, español y no español.

VIII. Resistir toda suerte de presiones: morales, sociales, religiosas, políticas, familiares, económicas, sindicales, etc., incluídas las de la propia empresa. (Este mandamiento debe relacionarse y complementarse con el anterior).

IX. Recordar en todo momento que el periodista no es el eje de nada sino el eco de todo.

X. Huir de la voz propia y escribir siempre con la máxima sencillez y corrección posibles y un total respeto a la lengua. Si es ridículo escuchar a unb poeta en trance, ¡qué podríamos decir de un periodista inventándose léxico y sembrando la página de voces entrecomilladas o en cursiva!.

XI. Conservar el más firme y honesto orgullo profesional a todo trance y, manteniendo siempre los debidos respetos, no inclinarse ante nadie.

Y XII. No ensayar la delación, ni dar pábulo a la murmuración ni ejercitar jamás la adulación: al delator se le paga con desprecio y con la calderilla del fondo de reptiles; al murmurador se le acaba cayendo la lengua, y al adulador se le premia con una cicatera y despectiva palmadita en la espalda".

"El respeto a la verdad, el sencillo e inmediato homenaje que día a día ha de prestarse a la verdad, debe guiar a todos y cada uno de los pasos del periodista que aspire a representar su papel con dignidad y grandeza o, lo que es lo mismo, con eficacia, y a no ser merecedor de la reprimenda que Graham Greene dirigió a Anthony Burgess: "¿Está usted mal informado o padece la torpe enfermedad del periodismo, dramatizar los sucesos en detrimento de la verdad?".


¿Qué les parece? A mí me saltan las lágrimas. No sé si lloro de risa, con esa carcajada amarga del fracaso, o de pena, con esas lágrimas dolorosas y estériles de quien ha perdido algo irrecuperable. Me parece un decálogo tan maravilloso como pueril, un ideario tan lejano como si estuviese escrito en sánscrito, como las normas de una guardería pinchadas en el tablón de anuncios del módulo de delincuentes peligrosos de la cárcel de Carabanchel.

No nos engañemos. En Galicia, y me atrevería a decir que en el resto de España, se practica otra profesión muy distinta. Los periodistas escribimos al dorso de la publicidad, y con mucho cuidado de no manchar demasiado con las letas y las fotos, no vaya a ser que no se lean bien los mensajes del anunciante. El periodismo es un negocio, no un servicio, en manos de unos pocos empresarios que rinden bastante más pleitesía al lucro y al poder que a la verdad. La verdad estropea muchos buenos titulares. Muchos titulares convenientes.

Los periodistas tampoco somos mucho mejores que esos empresarios. Somos muy individualistas, egocéntricos, endogámicos y hasta envidiosos. Abusamos a veces de nuestros privilegios, somos dados a vanagloriarnos de tratar con gente importante y acabamos haciéndoles el juego, a veces sin caer en la cuenta. Nos dejamos mangonear con facilidad por los intereses de la empresa para la que trabajamos, a la que estamos aferrados porque no quedan más cojones, porque no hay mucho donde escoger y lo que hay está sumergido en el pantano de lo laboral, económica y profesionalmente indigno.

Aún estoy esperando los datos de esa encuesta del Colexio Profesional de Xornalistas sobre la situación laboral de los periodistas en Galicia. Por lo que sé (y ojalá me equivoque), podrían servir como guión de una película de terror.

Y tampoco el entorno ayuda demasiado. ¿Conocen alguna noticia de un sindicato que haya apoyado a un trabajador de un medio de comunicación privado medianamente importante en un litigio con su empresa? El temor a perder el favor del medio, que depende de la parte empresarial, no lo olviden, puede con la poca honestidad que le queda a muchos políticos y sindicalistas.

Y al final ¿qué tenemos? Ni la aspiración de ser objetivos (somos sujetos y, por lo tanto, subjetivos: si fuéramos objetos seríamos objetivos) ni la de ser veraces (la verdad está ahí fuera, decían en Expediente X, pero cualquiera sale a buscarla...) Nos queda, dentro de las limitaciones que imponen las lineas mercantilistas de los medios, la precariedad laboral y el desprestigio de nuestra actividad, sólo un par de mandamientos, a mi muy humilde entender: los de ser honestos y verosímiles, para que nuestros lectores sepan que contamos las noticias desde un punto de vista determinado y que lo hacemos de la manera más creible y profesional que podemos, sabemos y nos dejan.

Quizás ni siquiera eso sea suficiente, y quizás, entonces, tengamos que aplicarnos aquella frase de no me acuerdo quien (¡qué memoria de estropajo la mía!): "No le digas a tu madre que soy periodista: dile que toco el piano en un burdel".

Yo ya estoy tomando lecciones de solfeo.