Modelo económico arriesgado

Sin el maná de Bruselas y con otros tipos de interés a la vuelta de la esquina, España deberá
Sin el maná de Bruselas y con otros tipos de interés a la vuelta de la esquina, España deberá ir cambiando su modelo económico. La industria del ladrillo, aliada a un consumo excesivo, ha tenido su momento, pero carece de recorrido. Y el primero en saberlo, aunque a veces se muerda la lengua, es el ministro Pedro Solbes, el hombre que le da seriedad y consistencia al irregular equipo de Rodríguez Zapatero.

El debate ya no está en cómo se reparte el botín de Hacienda entre las autonomías, sino en cómo este país puede ser competitivo en el mundo, lo cual requiere generar más valor añadido y elevar la productividad.

La Cataluña de Pasqual Maragall, otrora motor económico de España, sigue consumiendo demasiado tiempo en debates internos, mientras el Madrid de Esperanza Aguirre le adelanta por la derecha y la Comunidad Valenciana de Francisco Camps le pisa los talones. El País Vasco de Ibarretxe, pese a todo, sigue creciendo a tasas superiores a la media. Pero más allá de análisis territoriales de la economía española, la clave del conjunto del Estado está en ser más competitivos, en una economía cada vez más globalizada. Porque España no puede seguir basándose en la economía del ladrillo, el consumo y el sol. No se trata tampoco de hacer demagogia con un país de camareros, pero sí de crear un nuevo ambiente para el futuro que viene; máxime ahora que los fondos estructurales y de cohesión van a menguar. No puede olvidarse, en ese sentido, que el diferencial de crecimiento positivo de España con respecto a otros socios de la Unión Europea ha estado financiado por Bruselas; es decir, por las arcas de Alemania, país al que tan injustamente sigue criticando el líder de la oposición conservadora, Mariano Rajoy.

A todo esto, ya preocupa el continuo crecimiento del déficit exterior, y sigue subiendo como la espuma la deuda de las familias, de modo que deben dedicar casi 25 años al pago de una casa media, nada menos que el doble que a finales de los noventa. Mientras la gente se crea los desorbitados precios de los pisos, quizá no pase nada, porque una cosa soporta la otra --digamos que el activo son las viviendas y el pasivo, las hipotecas--, pero como pinche la burbuja o los tipos suban, que todo puede pasar, el panorama cambiará de un día para otro. Nada mejor, por tanto, que ir cambiando el modelo económico, para volver a la economía de verdad: la que produce bienes y servicios competitivos. Hay que invertir.

--
Artículo publicado en la revista Capital.