El maldito alemán

Hace casi un año escribíamos un articulo en el contábamos el escalofriante testimonio de un enfermo
Hace casi un año escribíamos un articulo en el contábamos el escalofriante testimonio de un enfermo de Alzheimer: "El problema no es saber dónde dejé las llaves, sino que a veces no se para qué sirven las llaves", relataba.

No conviene olvidarse un enfermedad que te hace perder la memoria, así que, de nuevo, volvemos destacar la celebración del Día Mundial del Alzheimer, esa terrible dolencia que le roba el alma al que la padece y se la parte a los que le rodean.

Al final de nuestra vida nos daremos cuenta de que sólo somos un banco de vivencias, experiencias y recuerdos, y el Alzheimer borra ese disco duro que es nuestra propia esencia, nuestro yo, nuestra vida y nuestra alma. Quizás un día no sólo no recordemos quienes somos, sino que ni siquiera recordaremos a quién hemos querido y quién nos ha querido a nosotros.

En un riesgo que correremos muchos de nosotros, ya que Galicia tiene una población terriblemente envejecida. En la actualidad, más de 20.000 gallegos padecen directamente esta enfermedad, y quizás el doble (o más) sufren solidariamente sus consecuencias, ya que ya que las familias de los afectados asumen directamente de sus bolsillos el 80% de los elevados costes económicos (entre 9.000 y 35.000 euros anuales). Y, además, padecen el 100% de unos costes emocionales irreparables, incuantificables y que no tienen precio.

El Alzheimer ataca, pero no tiene por qué derrotarnos. En las trincheras de la guerra contra una de las más temibles enfermedades del mundo los estudios genéticos abren un camino a la esperanza. El doctor Ramón Cacabelos, uno de los más prestigiosos investigadores en este campo, apunta desde Galicia que ya es posible detectar mediante pruebas la predisposición genética a desarrollar la enfermedad, y que hay fórmulas para prevenir parte de sus efectos si se tratan a tiempo. Hay métodos farmacológicos que han demostrado ser eficaces mientras avanza la investigación genética para ofrecer soluciones prácticamente definitivas a esta dolencia.

Hace un año terminábamos nuestro artículo con un chiste que sigue en plena vigencia. Un hombre mayor le pregunta a su hijo: "¿Cómo se llama el alemán ese que me esconde las cosas". La diferencia es que ahora, gracias a los esfuerzos de los científicos, y aunque aún nos falta mucho, estamos un año más cerca de olvidarnos para siempre del nombre de ese maldito alemán.