La Galicia del futuro pasa por un nuevo Estatuto

Galicia celebró este 25 de julio su día nacional con el guión esperado: los espectaculares fuegos q
La Galicia del futuro pasa por un nuevo Estatuto

Galicia celebró este 25 de julio su día nacional con el guión esperado: los espectaculares fuegos que organiza el siempre atento alcalde Bugallo, la ofrenda delegada en el presidente Feijóo, el mitin multitudinario del BNG en la Quintana, el sentido homenaje socialista a Castelao en Rianxo y las condecoraciones a los ex presidentes Albor, Laxe, Fraga y Touriño, un buen detalle de Feijóo, que no tuvo su antecesor. Y Galicia también lo hizo con ambiente soleado, sin que nadie fuese capaz de alterar su fiesta en paz, en una clara señal de convivencia democrática pero también reveladora de la eficacia de los cuerpos de seguridad, que han estado muy alerta bajo el mando discreto de Antón Louro y Luis García Mañá.

El presidente Núñez Feijóo, objeto de críticas severas por su cuestionada política lingüística –en parte debidas a la deficiente ejecución de su conselleiro de Educación, Jesús Vázquez–, tuvo también el detalle de saber glosar en una frase la historia de Galicia, “una historia de emigración, de sufrimiento y sacrificio en la que finalmente triunfa la entrega a los demás”. No está mal para ilusionar y, de paso, calmar un poco los ánimos en un país que va camino de una alta polarización, mezclada con la interesada manipulación informativa de quienes actúan cada vez más a cara descubierta.

En realidad, con los ánimos tan exaltados y la crisis causando estragos, es difícil encontrar la centralidad política. Por eso puede ser tan importante la culminación de la iniciativa del socialista ‘Pachi’ Vázquez de hacer un nuevo Estatuto, lo cual no deja de ser una manera de reconocer que este pequeño país necesita recuperar el consenso propio de períodos constituyentes, donde todos estén mínimamente a gusto: conservadores, socialistas y nacionalistas. E incluso otros, si es posible. Feijóo tiene, en este sentido, una gran responsabilidad, ya que ha de saber contentar a los suyos –también a los más exaltados– con la búsqueda de esa centralidad política de la que hicieron gala los catalanes con un nuevo estatuto de nación y de primera, clave, por ejemplo, para definir su fantástica financiación.

El homenaje a los cuatro ex presidentes autonómicos, Albor, Laxe, Fraga y Touriño, es un buen punto de partida, pero exageraríamos mucho si lo considerásemos como algo definitivo. Parece más bien un acto simbólico, necesario entre otras cosas para que todos ellos sean homenajeados en vida, como se merecen. En honor a la verdad, aunque no sea muy protocolario que digamos, un homenaje de auténtico calado político también debería comprender a los vicepresidentes y a algunos ex conselleiros, porque si repasamos lo que fue la autonomía hasta ahora veremos que hay vicepresidentes como Barreiro y Quintana que realizaron papeles no menos relevantes que sus respectivos presidentes. Barreiro se jugó el tipo en su día con audaces apuestas políticas en un partido entonces llamado Alianza Popular –tela–, y Quintana también se arriesgó a tomar decisiones sin pedir permiso, hasta el punto de que ambos acabaron con heridas de guerra. Suele suceder así cuando te enfrentas con los poderes fácticos de un país y no haces exactamente lo que ellos desean. Hubo más vicepresidentes pero ni siquiera Rajoy adquirió la relevancia política de Barreiro y Quintana. Es probable que la historia permita conocer en ambos casos los detalles de sus decisiones y que para entonces sean convertidos en mitos. De hecho, Barreiro ya ha avanzado mucho en ese sentido, después de que algunos combatiesen sus ideas presentándolo poco menos que como un delincuente.

Para suerte de todos ellos, las figuras de Albor, Laxe, Fraga y Touriño fueron glosadas positivamente en Xornal de Galicia por los ex conselleiros Portomeñe, Mariñas, Palmou y Méndez Romeu, en general con buenos análisis políticos, condicionados por los afectos personales propios del caso. Poco hay que añadir a sus méritos –“no hay una escuela de presidentes, pero yo me siento alumno de estos hombres que dejan un valioso magisterio”, dijo un cordial Feijóo– y para hablar de sus deméritos, que seguramente los hay, digamos que no es el día. Hoy no toca, por mucho que Laxe y Touriño se negasen a aplaudir un discurso en el que Fraga se pasó de la raya.

Toca, en cambio, alertar ante el futuro. Si algo es crucial hoy en Galicia es saber qué quiere ser este país: una comunidad como Murcia o una nación pujante como Cataluña. Galicia lo tiene todo, una cultura, una lengua, una identidad, una magnífica posición estratégica, un rico pluralismo político, gente trabajadora, recursos naturales… Y tiene una democracia que ojalá permita encauzar las diferencias sobre asuntos tan elementales como la lengua, la definición nacional y los objetivos económicos y sociales propios de un Estado del bienestar. Galicia no debe ser un país atrasado donde la libertad esté vigilada y precisamente por ello falte pluralismo informativo. Tampoco debe ser el laboratorio de ensayo contra un Estado que ya es de facto plurinacional. Por eso llama la atención que mientras Cataluña se siente cada vez más orgullosa de sus valores, de su lengua, de su cultura y de tantas otras cosas, en Galicia surjan voces que nos quieren convertir en la Murcia del Atlántico. Decía Camilo José Cela que en Israel le habían comentado que no podían entender cómo los gallegos quemaban su propia tierra. Años después, tampoco se entiende cómo puede haber gallegos que deseen quemar lo mejor de su historia y de su futuro, sabiendo además todo lo que ahora sabemos de cómo funciona el Estado que compartimos con otras dos naciones y también con importantes regiones españolas.

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