¿Cuánta sangre más se tiene que derramar por ideologías políticas?

Inmigrantes en Ceuta. / RR SS.
Inmigrantes en Ceuta. / RR SS.

La sangre de aquellos que mueren sin sentido es tan nuestra como la que duerme entre nuestras venas. Ejecutar un solo ser humano es ir en contra de las leyes que rigen el universo.

¿Cuánta sangre más se tiene que derramar por ideologías políticas?

Desde la idea de que toda la humanidad progresa con cada nuevo descubrimiento, podíamos argumentar que por cada gota de sangre que se derrama en busca del poder, retrocede. La misma humanidad que pregona a los cuatro vientos: hermandad, fraternidad e igualdad, es la misma que asesina y profana en nombre del progreso al tiempo que trata a los migrantes que intentan cruzar sus fronteras como asquerosos animales, y todos los días hace más hondas las brechas entre las clases y razas; incluso si observamos fijamente detrás de esas palabras de oro podremos ver que cada una de sus letras están manchadas de rojo. Apunto de entrar a la tercera década de nuestro siglo el mundo es un lugar más injusto, deplorable y salvaje que en el pasado; parece que entre más nos acercamos al descubrimiento del todo, y avanzamos como especie, más nos alejamos de las víctimas de la humanidad, aquellas cuyo único delito fue levantarse para dirigirse al trabajo y que en el transcurso de esa rutina fueron destazadas por una explosión, siendo ellas el símbolo más claro de los horrores que puede causar la humanidad. Basta con observar imágenes de lo que queda de las ciudades después de que han sido colapsadas por la perversidad del hombre, para que como si nos paráramos frente a un espejo, viéramos al asesino que llevamos dentro. La sangre de aquellos que mueren sin sentido es tan nuestra como la que duerme entre nuestras venas. Ejecutar un solo ser humano es ir en contra de las leyes que rigen el universo. Nos comportamos mitad dioses, mitad bestias; centauros perdidos en el laberinto de sociedades consumistas, insaciables y atrapadas en la hoguera del mañana mientras observamos cómo Dios se devora a sus hijos.

Esta generación de quimeras líquidas que con la ayuda de la tecnología ha vivido más cómoda que ninguna anterior, ha tenido que aprender que las guerras y crisis económicas son cíclicas, ha tenido que inventar conceptos como la aporofobia para no confundir el rechazo de la pobreza con el rechazo del extranjero, y ha tenido que observar cómo los padres colonizadores de este mundo están preocupados por los descendientes de sus colonias del pasado que ahora vienen a buscar refugio a sus fronteras, y de pronto olvidan cómo se enriquecieron sobre las espaldas de sus ahora descendencias ilegítimos. Esos padres de la paz mundial que invierten tanto en ciencia para tener el conocimiento de primera mano en beneficio del planeta, han olvidado que lo natural es la migración, lo antinatural: las fronteras. También esta generación ha tenido que ver cómo esos hijos ilegítimos están aterrados sobre su propio destino incierto, acorralados frente al futuro que les ofrece vivir como cucarachas en países desarrollados y que sus familias tengan un futuro, o regresar a sus patrias donde en cualquier momento una bala sin nombre puede atravesarles el cráneo. Arrogante es no recordar que alguna vez otros fueron los migrantes, ayer fueron los europeos, hoy los africanos y latinoamericanos; olvidar cuando los occidentales tenían que caminar con frío y miedo sobre un frágil piso de cristal, cambiando pasaportes y apellidos, es negarse al pasado. En la actualidad, estas grandes naciones tienen miedo de los migrantes y se puede entender hasta cierto punto, lo poco conocido genera desconfianza, pero supongo que es el mismo miedo que sintieron aquellos que les abrieron sus fronteras aún después de tantos años de colonia y que la fuerza de sus golpes para dogmatizarlos sigue sin olvidarse.  Hoy todo eso se les borró de la mente, y esas naciones salvadoras a las cuales el mundo debe agradecerles que reciban una cuota de migrantes, se divierten helenizándolos. ¿Dónde está la memoria de la especie que ha descifrado tantas leyes primigenias?

La migración ha sido constante desde tiempos inmemoriales. ¿Dónde habrá comenzado el periplo de Lucy y qué sería de la ciencia sin su descubrimiento?  Los descendientes de personas que emigraron y siguen emigrando a causa de la economía y política son sobrevivientes, son sombras de espejos, son destellos del pasado; que así como ese proverbio que dicta, el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo, son aleteos que han modificado el curso natural de la historia, y que ahora son un eco deliberado del tiempo. Conscientes de que su destino está lanzado al aire y que no tiene muchas opciones, arriesgan todo para lanzarse al abismo con la única finalidad de ya no recibir más esquirlas de la saeta que es la vida. Son una manada atravesando el mundo, son ríos de arrebato que se sumergen en una odisea de incierto.

Con la llegada del internet, el mundo ha abierto los ojos y cada vez es más complejo que los que ostentan el poder puedan engañar a los pueblos. En este siglo la información viaja a raudales, es fácil saber cómo esas ricas naciones que todos los días luchan por la paz mundial deciden en sus palacios de concreto cuántos migrantes van a recibir dentro de sus fronteras, como si de reses se tratara, y vuelven el tema del migrante un problema mundial; sin embargo, si dejaran vivir en paz a las otras naciones, si les dejaran tener su propia voz y no se dedicaran a extraer todos sus recursos, tal vez no tendrían que migrar. Occidente ha logrado que la migración se vuelva el terror del planeta, antes los miedos del ser humanos eran fantásticos: el Kraken, el monstruo del Lago Ness o el Yeti eran los que acechaban por las noches las pesadillas, hoy el terror viene del semejante, el que observa, escucha y siente como nosotros, se ha vuelto nuestro peor enemigo. Los  migrantes se han convertido en el nuevo talón de Aquiles del mundo. Occidente es el culpable y la solución de muchos problemas modernos.

Mientras escribo estas líneas ―literalmente― la misión Insight está entrando en la atmósfera marciana y se tiene previsto que esté aterrizando en pocos minutos con la finalidad de investigar más a fondo el subsuelo de ese planeta; al mismo tiempo que estamos por perforar la corteza de otro planeta, aquí en la Tierra nos encontramos cohabitando entre un tumulto de independencias falsas y soberanías fracturadas que horadan el sueño de ser gobernados alguna vez por la razón, así como en una de las más profundas etapas de xenofobia desde el derrocamiento del nazismo. Todo el orgullo que podamos sentir por nuestros descubrimientos interestelares se derrumba cuando recordamos la imagen del niño muerto en las costas de Turquía, y nos hace ser conscientes de que vivimos una ilusión y de ninguna manera somos unos privilegiados en el universo. ¿Cuánta sangre más se tiene que derramar por ideologías políticas que no hacen más que, proceso electoral, tras proceso electoral, enfrentarse con los mismos argumentos del pasado? Renunciemos a sentirnos los hombres del futuro mientras aquí en la Tierra sigamos observando cómo los intereses económicos de las naciones poderosas, aquellas que están acostumbradas a intercambiar cadáveres por petróleo como si de diamantes negros se tratara, sean más importantes que los derechos de la humanidad. Pongamos la mirada en la política, exijamos, manifestémonos, gritemos con la misma fuerza que nos negamos al desconocido, contra esos que ostentan el poder y viven como reyes mientras los otros están quebrados todo el tiempo.

La ciencia nos ha permitido saber que es más importante entender lo que no se debe hacer, que entender lo que sí se debe hacer, y que el verdadero conocimiento está en aprender de la experiencia y de nuestros fracasos, para evitarlos y así errar cada vez menos. Cuando esta idea la traspolamos a la humanidad y nos damos cuenta que seguimos equivocándonos como especie, ya que la pobreza se sigue acrecentando, la ignorancia nos sigue encadenando, y el miedo es un constante en las sociedades, es cuando quizá sea momento de reflexionar por un momento y preguntarnos si hemos elegido el camino correcto, ya que caminamos en una delgada línea entre el progreso y el atraso;  cada nuevo paso que damos podemos estar más cerca del precipicio.

Los humanos viven sobre la barca del tiempo, y saben que su más grande limitante es Cronos, el cual se encuentra en una eterna partida de ajedrez donde ellos son las frágiles piezas. Esa misma limitante tiene a la humanidad como un incansable Dédalo en una constante paranoia a resolver los misterios de la especie, sin embargo, en esa incesante búsqueda no se ha percatado que el gran misterio siempre estará dentro de nosotros, y que cercados entre la necesidad de nuevos conocimientos y la del progreso han olvidado al semejante. Cuando por fin, los hombres ciegos de vanidad y ebrios de orgullo, caminen sobre Marte habiendo logrado una hazaña más, se recordarán prisioneros del tiempo en que Adán y Eva observaban su mundo caer a pedazos, viviendo en un planeta obra de un dios atormentado, y entonces, voltearán al cielo buscando con su mirada desesperada e insaciable en el más allá el siguiente objetivo de la humanidad

La historia y sus múltiples espejos nos han permitido observar que somos lo que hemos hecho de nosotros mismos, y que la especie moderna ha creado sus propias tempestades. En la actualidad, gracias a la ciencia, la especie humana se ha permitido salir al cosmos, vivir más años que generaciones anteriores, y construir los edificios más maravillosos que ni siquiera Imhotep logró imaginar, pero también ha creado las armas más mortíferas y certeras que se puedan figurar; sin embargo, cada gota de nuevo conocimiento aportado a la clepsidra de la ciencia y el conocimiento nos acerca más a descifrar el firmamento, ese luminoso alfabeto del Creador, donde sólo la memoria de platino nos salvará del reflejo de nuestro espejo.

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