El saber sí ocupa lugar

Mujer leyendo. / Kelly Sikkema. / Unsplash
Mujer leyendo. / Kelly Sikkema. / Unsplash
Corremos el riesgo de tener una generación de tecnócratas incapaces de tomar decisiones importantes sobre las personas, la ética o el mundo intercultural.
El saber sí ocupa lugar

Este artículo está firmado conjuntamente por Cristina Alonso y Nazareth Castellanos.

Albert Einstein decía que la sabiduría reside en saber distinguir la información del conocimiento. En una época donde la información es más accesible que nunca, el conocimiento marca la diferencia. Para entender los cambios que vivimos, comprender la incertidumbre, la angustia social e individual hay que escuchar a aquellos que durante siglos han sido reconocidos como pensadores, sabios o referentes. Volver a la filosofía, entender la historia, inspirarse por el arte y comprender la ciencia son ingredientes más que nunca esenciales. 

Desde la neurociencia se han identificado dos procesos de regulación de las emociones. Por un lado aquel que va desde el cuerpo a la mente. Aprender a relajar las vísceras, a corregir la postura del cuerpo, a respirar lenta y profundamente, a cuidar el estilo de vida. A este proceso se le conoce como bottom-up. Por otra parte, aquel que va de la mente al cuerpo. Vivir en presente, meditar, reflexionar pero también aprender, estudiar y escuchar. Este proceso se conoce como top-down. Aquí es clave la confianza, la sensación de certeza en la escucha. Hoy, mas que nunca las fuentes de conocimiento deben ser sólidas, la filosofía, historia, o ciencia. Es decir, el estudio de las humanidades (“la utilidad de lo inútil” que diría Nuncio Ordine) es esencial tanto en el ámbito profesional como en el personal.

Desde el punto de vista profesional, al mismo tiempo que la ciencia y la tecnología acaparan la atención del mundo, las empresas demandan cada vez más personas con habilidades humanas, key human skills. ¿Por qué ocurre esto?

Estudios recientes indican que en la era de la tecnología y de los robots, las habilidades relacionadas con las humanidades, la creatividad y la gestión de personas serán las más demandadas. No podremos competir con los robots, se trata de mejorar el componente humano para tener cultura, pensamiento crítico y saber entender hacia dónde va el futuro. La fuerza de la tecnología y de las carreras de ciencias es imparable y por eso es cada vez más necesario completar la formación en tecnología con las habilidades humanas, si no, corremos el riesgo de tener una generación de tecnócratas incapaces de tomar decisiones importantes sobre las personas, la ética o el mundo intercultural.

Tener cierto bagaje de pensamiento ayuda a formarse un criterio amplio sobre las cosas y eso precisa formación. Los profesionales deben tener cimientos sólidos de cultura sobre los que cimentar su desarrollo profesional y vital. Personas cultas y educadas suben el status de sus empresas porque irradian equilibrio, seguridad y confianza y al final todo se basa en la confianza en la persona.  Empresas y escuelas de negocios ya están empezando a buscar una formación amplia y culta para sus plantillas.

Las humanidades no son, como se piensa a veces, viejas disciplinas teóricas ya muertas. Las humanidades son, vistas en un sentido amplio y actual, el conjunto de disciplinas que permiten a las personas conocerse mejor, y entender el mundo. Esto requiere tener un cierto bagaje cultural, artístico, científico y filosófico. Se apela siempre a las frases hechas de respetar, dialogar, pero no se ofrece formación para llevar esto a cabo. ¿Cómo podemos entender y respetar otras culturas sin conocer su historia y su desarrollo?

¿Qué pasaría en las empresas si nadie tuviera formación en humanidades? Que la visión de los problemas sería parcial, sesgada, porque todo tiene múltiples ángulos, no hay una única visión o verdad sobre las cosas y esa visión amplia la tienen las personas con formación dilatada y humanista, que entiendan a las personas y sus emociones para ser capaces de empatizar, de conocer la historia para no repetir errores, el arte para tener sensibilidad, reconocer la belleza y ser capaz de distinguirla de la vulgaridad. Este conocimiento amplio es lo que nos hace tener humildad para sabernos pequeños, poca cosa, parte de un todo mucho más grande que escapa a nuestro control.

Esto a su vez, es esencial para trabajar y vivir en un mundo ya globalizado. La vuelta a la tribu, a la aldea local ya no es posible, es una ensoñación vendida a personas que añoran un tipo de vida que ya se fue. El mundo es complejo y entender eso es esencial para adaptarse y poder vivir en el mundo en el siglo XXI sin la convulsión que están creando en la sociedad los cambios vertiginosos en los que estamos inmersos y que no sabemos cómo procesar.

Aprender para comprender, comprender para no chocar. Bailar con la vida es saber acompasarnos a su ritmo sin imponer el nuestro. Veamos la aportación de las humanidades desde un punto de vista personal: con las sociedades occidentales cada vez más ricas y acomodadas, el mundo camina de forma más acelerada y consumista en un ambiente muy tecnológico. A veces, no sabemos quiénes somos ni qué sentido tiene nuestra vida. No lo sabemos porque no nos paramos ni un segundo a pensar a reflexionar. El “ruido mental” llega a ser tan grande que nos produce ansiedad, vacío y desasosiego. Eso es precisamente lo que lleva a muchas personas a buscar un espacio de pensamiento y reflexión donde satisfacer sus inquietudes intelectuales, tanto las vitales como las culturales.  Aprender nos produce felicidad, da sentido a nuestras vidas, nos da seguridad, sosiego, calma, luz, y nos deja espacio para enfoques profundos sobre cuestiones vitales. ¿Es posible vivir sin plantearse quienes somos, qué vida queremos vivir, cuáles son nuestras metas, nuestros miedos, nuestros anhelos?

Las viejas preguntas socráticas son inherentes al ser humano y siempre van a estar ahí pues surgen de nuestro cerebro consciente. Elijamos si queremos dejarles un espacio o morir sin preguntar. @mundiario


Cristina Alonso es directora del Instituto de Humanidades Francesco Petrarca de Madrid y Nazareth Castellanos es neurocientífica y divulgadora.

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