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Contagiar el optimismo

El optimismo no solo beneficia a nuestro cerebro, también influye en el sistema inmune y el cardiovascular. Recordar eventos positivos o alegres hace cambiar la dinámica del corazón
Contagiar el optimismo
Mujer. / Toa Heftiba. / Unsplash
Mujer. / Toa Heftiba. / Unsplash

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Nazareth Castellanos

Nazareth Castellanos

La autora, NAZARETH CASTELLANOS, es licenciada en Física teórica y doctora en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid. Master en Matemáticas aplicadas a la biología y Master en Neurociencias por la Facultad de Medicina de la UAM. Actualmente es investigadora asociada al IFISC - CSIC de Palma de Mallorca y dirige la investigación del laboratorio Nirakara - Lab y la cátedra de la Universidad Compluense de Madrid, mindfulness y ciencias cognitivas. Es directora del proyecto "Interacción cerebro - cuerpo en meditadores". @mundiario

No estar mal no significa estar bien. Muchas veces entendemos el bienestar como ausencia de ansiedad, estrés o tristeza, y buscamos terapias o programas que nos ayuden a reducir las emociones negativas con el fin de estar bien. Nos ayudan a estar mejor, pero eso no significa estar bien. El optimismo es el secreto, o eso nos indica la neurociencia y la psicología más vanguardista.

Hasta ahora las ciencias se han encargado mas de estudiar la tristeza y el miedo que la alegría y felicidad. Por cada artículo “positivo” se publican 100 “negativos”. Este sesgo ha estado alentado por la biología, que nos concibe como seres que responden al ataque, y cuya misión es únicamente sobrevivir. Solo ahora se empieza a estudiar la capacidad innata a ser feliz, a procurarnos alegría y el papel que tiene el optimismo sobre nuestro organismo.

En el año 2001 se realizó un experimento en Estados Unidos que ya es histórico. Se pretendía estudiar por qué unas monjas viven más años que otras o tienen mejor estado de salud. Las monjas que viven en comunidad comparten hábitos de vida como la dieta, rutinas, estado socio-económico, y el nivel intelectual y espiritual. Por tanto esos factores no podían ser responsables de la variabilidad en la longevidad. Para sorpresa de todos, la clave estaba en cómo relataban su vida. La cantidad de sentimientos positivos que había en el relato de su biografía era un predictor de la longevidad. El 90% del grupo “alegre” superó los 85 años de edad, y la mitad de ellas llegó a cumplir los 94 años. Sin embargo, solo el 34% de las personas que relataban su vida de forma austera o sin connotaciones positivas vivió mas de 85 años. Relatar nuestra vida con optimismo supone agradecimiento, admiración, respeto, humildad, seguridad y satisfacción. 

Si el optimismo transforma nuestro cerebro o si el cerebro nos hace ser más optimistas, es un tema de interesante debate que podría resolverse aceptando las dos opciones. Las personas que se perciben como más felices tienen mas neuronas y mayor comunicación entre ellas. Un estudio de la universidad de Illinois demostró que el optimismo genera una barrera protectora en el cerebro frente a la ansiedad, impidiéndole su propagación a áreas frontales que podrían suponer una alteración de la personalidad. Las areas del cerebro mas involucradas en el optimismo son la corteza cingulada y la amigdala, curiosamente las mismas áreas que se ven afectadas en la depresión.  La diferencia es que los estados negativos hacen “gritar” a estas zonas y los positivos las hacen silenciarse. Hasta ahora la ciencia ha tenido dificultades en medir el silencio, es más fácil medir el ruido, pero poco a poco esta capacidad invisible está empezando a conocerse.

Algo sorprendente que nos releva la neurociencia es que el optimismo está relacionado con la compasión. Una de las prácticas más conocidas para proporcionar bienestar es recordar algún acto (propio o ajeno) de altruismo, ahí surge lo que se conoce como silencio neuronal (ver artículo MUNDIARIO Silencio neuronal de Nazareth Castellanos). Las personas más optimistas disfrutan de mayor silencio neuronal y mayor grado de comunicación cerebral, siendo especialmente relevante el incremento en las zonas motoras. La etimología de la palabra emoción nos da una valiosa pista para entender estos resultados, emoción viene de e-motio, moverse. El optimismo implica emoción y la emoción implica movimiento, involucra al cuerpo. Las personas optimistas tienen una mayor inteligencia emocional, y ello suele implicar mayor felicidad. El optimismo no solo beneficia a nuestro cerebro, también influye en el sistema inmune y el cardiovascular. Recordar eventos positivos o alegres hace cambiar la dinámica del corazón, aumentando la variabilidad cardiaca con sus conocidos beneficios clínicos y psicológicos. Poco a poco vamos entendiendo por qué las personas más alegres viven más.

Pero, ¿cómo se enseña a ser optimista? Son numerosos los estudios que muestran los beneficios de una educación basada en inspirar motivación para cultivar el optimismo. El papel del docente no solo debe ceñirse a proporcionar conocimientos (al niño y al adulto) sino a enseñar el gusto por aprender, transmitir interés, enseñar a buscar, cultivar la admiración por las ciencias y artes, por la naturaleza y el respeto a sí mismos y los otros.  Como decía Maya Angelou “las personas olvidarán lo que dijiste, pero nunca cómo les hiciste sentir”. @mundiario