Buscar

MUNDIARIO

Cuando el autoritarismo desmitificó al defensa del Real Madrid, Sergio Ramos

Lo que hemos visto hoy en Valdebebas entre Ramos y Reguilón demuestra que el talento no está reñido con el autoritarismo más déspota e infantil.

Cuando el autoritarismo desmitificó al defensa del Real Madrid, Sergio Ramos
Sergio Ramos en un entrenamiento./ La Vanguardia
Sergio Ramos en un entrenamiento./ La Vanguardia

Firma

Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

El Marca intenta restarle importancia al abuso de autoridad que Ramos mostró hoy en el entrenamiento de Valdebebas. Las comparaciones con otros incidentes en Camp Barça no perdonan al defensa del Madrid. De nada vale, que si Neymar, que si Messi, que si Semedo, ...

Seguramente, las imágenes están sacadas de contexto, pero hay secuencias cuya gravedad se vuelve imborrable, pese al dramatismo impostado de la prensa deportiva, pese al calentón de un entrenamiento duro o pese a la depresión en la que se ha sumido un Madrid que Zidane dejó por la fiebre de egolatrías y rabietas de adolescentes con acné que mostraron algunas de sus estrellas.

Pero lo peor no ha sido lo de Ramos, que lo desmitifica, que quiebra su aura de triunfador incorruptible y de líder consumado, sino la sumisión de Reguilón, su cabeza gacha, su servidumbre ante el autoritarismo de un capitán que necesitaba resarcirse con esa bravuconada. Nada ejemplar para los instagrammers quinceañeros que siguen las aventuras y desventuras del Madrid. Si un docente le hace algo parecido a uno de sus alumnos, se plantan en la puerta del instituto los GEOs.

Ha estado feo, muy feo, chabacano, vulgar. Que Reguilón se haya sometido de esa manera lo hace doblemente grave, casi enfermizo, que, posiblemente, no es la primera vez, ni la segunda.

Deja claro que, en un vestuario, el liderazgo no parece manejarse por el respeto al talento y a la experiencia, sino por una veteranía inspirada en el miedo y en el precio de una ficha. Triste. Pero, del talento a veces solo se pueden esperar cosas malas. Muy malas. Que se lo digan a Rimbaud.