El pasado que vuelve: Ana Obregón y el origen de la fortuna de Jeffrey Epstein

Jeffrey Epstein y Ana Obregón. / RR. SS.
Una investigación del New York Times rescata la relación entre Ana Obregón y Epstein y la sitúa en el arranque de su imperio.

Durante décadas, la historia de Jeffrey Epstein se contó hacia atrás: desde su caída estrepitosa, sus crímenes y su muerte en una celda, hasta un pasado envuelto en misterio sobre el origen de su fortuna. Ahora, The New York Times ha decidido hacer el camino inverso. Volver a los primeros años, a los nombres olvidados y a las relaciones que ayudaron a construir el ascenso de un hombre que acabaría convertido en uno de los grandes depredadores sexuales del siglo XXI. Entre esos nombres, reaparece uno inesperado y mediático en España: Ana Obregón.

El prestigioso diario estadounidense ha publicado una investigación que no solo indaga en cómo Epstein pasó de profesor mediocre a multimillonario con acceso a las élites financieras, sino que señala con mayor claridad que nunca el papel que jugaron varias familias españolas adineradas en ese despegue. Y, en el centro de esa conexión, aparece la actriz y presentadora, quien se refería a Epstein como su “mejor amigo en Nueva York” a principios de los años ochenta.

Obregón nunca ocultó esa relación. La contó primero en sus memorias de 2012, Así soy yo, donde describía a Jeff como su “ángel de la guarda en Nueva York”, y después, con más crudeza y distancia, en una entrevista con Vanity Fair en 2021. Pero hasta ahora, ese vínculo se había leído como una anécdota biográfica, una amistad juvenil sin mayores consecuencias. El New York Times cambia el encuadre: ya no es solo una historia personal, sino una pieza más en el puzle financiero de Epstein.

De amigo fascinante a engranaje del poder

La investigación sitúa el encuentro entre Epstein y Obregón alrededor de 1982. Ella, joven actriz española instalada en Nueva York para estudiar interpretación. Él, un personaje todavía opaco, seductor, con dinero suficiente para moverse en Rolls-Royce, pero sin una explicación clara sobre su origen. La fascinación fue mutua, aunque —según ambas versiones— nunca romántica. Obregón lo admiraba; Epstein encontraba en ella una puerta de entrada a un determinado círculo social europeo.

Ese matiz es clave. Mientras mantenía una relación estable con Eva Andersson, a quien muchos describen como el gran amor de su vida, Epstein buscaba algo más que compañía: contactos, legitimidad y acceso a capital. El New York Times sostiene que, en ese contexto, los padres de Ana Obregón y otras familias españolas con grandes fortunas recurrieron a él tras el colapso de Drysdale Securities, una firma que había hecho desaparecer millones de dólares.

El “cazarrecompensas” financiero

Epstein se reinventó entonces como una suerte de rastreador de dinero perdido. Prometió encontrar activos evaporados en un entramado financiero internacional y, según la investigación, cumplió. Más de un año después, localizó los fondos en una sucursal bancaria en las Islas Caimán. Cómo lo hizo sigue siendo una incógnita incluso para sus colaboradores más cercanos. Pero el resultado fue inequívoco: ganó comisiones millonarias y, sobre todo, reputación.

Ese episodio marca, según el diario neoyorquino, un antes y un después. Sumado a otras operaciones opacas, permitió a Epstein cruzar el umbral simbólico de la riqueza: convertirse en millonario antes de los 32 años. Un ascenso meteórico que, visto con perspectiva, se apoyó tanto en su habilidad financiera como en su capacidad para tejer relaciones estratégicas.

La mirada de Ana Obregón, ayer y hoy

Para Ana Obregón, ese Jeff era “un genio”, un hombre brillante que tocaba el piano, madrugaba para desayunar con ella y la llevaba a clase en limusina. La imagen contrasta brutalmente con el monstruo que el mundo conocería décadas después. Su reacción al descubrir los delitos de Epstein —estupor, incredulidad y miedo— refleja también la de una generación que convivió con él sin ver, o sin querer ver, lo que ocurría en las sombras.

La investigación del New York Times no acusa a la actriz de nada. Pero sí la sitúa en un relato más amplio y perturbador: el de cómo el carisma, las amistades influyentes y el silencio social permitieron a Epstein construir su poder económico mucho antes de que se conocieran sus crímenes. @mundiario