Miguel Adrover vs. Rosalía: moral, moda y oportunismo en el escaparate
En una época donde el silencio de los artistas es cada vez más observado con lupa y el activismo se mide en stories de Instagram, el gesto de Miguel Adrover de rechazar un encargo de Rosalía por no pronunciarse sobre Gaza ha hecho saltar las alarmas. No solo por el contenido de la negativa, sino —sobre todo— por su oportunidad. El diseñador mallorquín, antaño figura revolucionaria de la moda neoyorquina, ha desempolvado su altavoz público justo en la antesala del estreno de The Designer is Dead, un documental que reivindica su figura. Y lo ha hecho de forma tan quirúrgica como polémica: publicando el email donde declina vestir a la artista catalana y denunciando, en un tono que mezcla decepción y exigencia, su falta de pronunciamiento político sobre el conflicto palestino-israelí.
Que Miguel Adrover no es un diseñador al uso, nadie lo discute. Que su trayectoria ha estado marcada por la crítica social, el anticonsumismo y una coherencia que ha desafiado los dogmas del sistema de la moda, tampoco. Sin embargo, su gesto con Rosalía plantea preguntas incómodas: ¿es este un acto puramente ético o hay un componente estratégico en la maniobra? ¿Dónde termina el compromiso y empieza la necesidad de visibilidad en una industria que vive del relato personal tanto como de las telas?
No es un secreto que Adrover ha renegado del circo mediático en repetidas ocasiones. Su desaparición progresiva del foco público —tras el fracaso financiero derivado de su colección Utopia, presentada días antes del 11-S— y su vida retirada en Mallorca le han conferido un aura de creador incorruptible. Sin embargo, su vuelta a la primera línea a través de una denuncia dirigida a una artista de proyección internacional como Rosalía, y en medio de la promoción de un documental que busca precisamente devolverle el lugar que merece, invita a pensar que el mensaje, por legítimo que sea, no está exento de cálculo.
Adrover acusa a Rosalía de complicidad por omisión, apelando a la responsabilidad moral que conlleva tener millones de seguidores. “El silencio es complicidad”, escribe. Pero sus detractores no han tardado en devolverle la moneda: ¿por qué exigir a ella lo que no se ha pedido a otros, como su ex pareja y también influyente artista C. Tangana, con quien Adrover sí ha colaborado en este nuevo proyecto audiovisual? ¿Por qué ahora, y no antes, esta demanda pública de compromiso político?
El dilema que encierra esta polémica no es nuevo: ¿hasta qué punto los artistas deben posicionarse ante los grandes dramas del mundo? Y si lo hacen, ¿es siempre por convicción o también por conveniencia? Las redes sociales han convertido cada gesto público en una declaración política y, al mismo tiempo, en un acto de marketing. Para Adrover, que en los años 2000 ya hacía moda con retales como acto de denuncia del capitalismo textil, el espacio para la ambigüedad parece reducido. Sin embargo, la sociedad actual —más líquida y más cínica— no perdona contradicciones. La coherencia ya no es un valor suficiente: hay que demostrarla constantemente, incluso cuando uno pretende ser coherente en su marginación.
Rosalía, por su parte, ha sido históricamente selectiva en su activismo. En 2019 no dudó en lanzar un claro "Fuck Vox" desde sus redes sociales, pero desde entonces ha optado por un perfil más artístico que político, algo que muchos de sus fans interpretan como una decisión legítima en un entorno hipersaturado de opiniones y polarizaciones. No pronunciarse puede ser un error, sí, pero también una estrategia de autodefensa ante un mundo en el que cada palabra puede volverse un búmeran.
Adrover tiene razón en una cosa: el arte que no incomoda, que no remueve, que no cuestiona, rara vez cambia algo. Pero también es cierto que el gesto ético pierde fuerza cuando parece instrumentalizado. Y ese es, quizás, el gran riesgo de esta polémica: que el mensaje se diluya en el ruido del debate sobre la autenticidad, la oportunidad y las motivaciones ocultas.
La moda, como cualquier forma de expresión, no es ajena al contexto político. Pero tampoco lo está a las dinámicas de la autopromoción. El desafío —y la honestidad— está en saber cuándo una denuncia busca abrir los ojos y cuándo simplemente busca abrir puertas. O titulares. @mundiario