Marius Borg comparece ante el tribunal: protege a Mette-Marit, admite delitos menores y señala a los medios
La segunda semana del proceso judicial contra Marius Borg Høiby ha marcado un punto de inflexión. Tras escuchar la relación de cargos —38 en total— y declararse inocente de los más graves, entre ellos varias acusaciones de violación, el acusado tomó por primera vez la palabra ante el tribunal. Lo hizo para trazar una línea clara entre su conducta y la de su madre, la princesa heredera Mette-Marit, y para situar a la prensa en el centro del relato de su derrumbe personal.
La comparecencia estaba cuidadosamente programada y sometida a estrictas restricciones. No se permitieron imágenes ni grabaciones de audio, una medida adoptada para proteger a las víctimas y preservar el desarrollo del juicio. Aun así, los periodistas acreditados pudieron transcribir sus palabras, que llegaron cargadas de emoción. Borg se mostró visiblemente afectado al sentarse frente a varias de las personas que le acusan —cuya identidad permanece en su mayoría bajo reserva— y no ocultó su incomodidad por la presencia de los medios en la sala.
“Hablar así, delante de tanta gente, me resulta insoportable”, afirmó con la voz entrecortada. Desde ese punto, articuló una defensa basada en dos ejes: la desvinculación absoluta de su madre de cualquier maniobra irregular y una denuncia frontal del acoso mediático sufrido desde la infancia. “Me siguen desde que tenía tres años. Me han acosado y atormentado”, insistió, describiendo una exposición pública que, según él, ha marcado su vida y ha condicionado sus decisiones.
Uno de los momentos más delicados de la sesión llegó cuando el fiscal le preguntó por la actuación de Mette-Marit en el momento de su detención. Borg negó de forma tajante que su madre hubiera intentado protegerle o borrar pruebas. Desmintió incluso las especulaciones sobre la retirada de la tarjeta SIM de su teléfono móvil y ofreció una escena doméstica para subrayar la normalidad del momento: “Mi madre estaba fregando los platos”. Con esa imagen buscó desmontar cualquier sospecha de encubrimiento desde el entorno real.
En su declaración también reconoció prácticas que forman parte del sumario. Admitió que guardaba fotografías y vídeos de contenido sexual en carpetas ocultas de su teléfono, aunque aseguró que lo hacía para uso personal y no con intención de difundirlos. Este punto resulta especialmente sensible, ya que algunas de esas imágenes habrían sido tomadas sin el consentimiento de las mujeres implicadas, que solo supieron de su existencia cuando la investigación policial ya estaba en marcha.
Donde no hubo ambigüedad fue en el reconocimiento del consumo de alcohol y drogas, así como del tráfico de estupefacientes, cargos que sí aceptó. Borg describió un estilo de vida marcado por el exceso y por una búsqueda constante de reconocimiento. “He tenido una necesidad extrema de validación”, afirmó, en una reflexión que vinculó a su posición como hijastro del heredero al trono y a la dificultad de construir una identidad propia bajo el foco permanente.
El contraste entre su versión y la de al menos una de las víctimas, que había declarado poco antes, quedó patente al abordar una noche de 2018 en Skaugum, la residencia oficial del príncipe Haakon y Mette-Marit. Aquel apartamento que Borg ocupaba entonces —y que, según la investigación, se convirtió en escenario de fiestas descontroladas— es uno de los espacios clave del caso. Los detalles más explícitos de los encuentros sexuales han sido vetados por el tribunal, pero la divergencia de relatos subraya la complejidad del proceso.
Tras más de una hora de interrogatorio, el acusado solicitó una pausa. El cansancio y la presión eran evidentes. Abandonó el estrado dejando una impresión ambivalente: por un lado, la de un hombre que asume parte de su responsabilidad y protege a su familia; por otro, la de alguien que traslada el peso de su caída a un entorno mediático al que acusa de haberlo empujado al límite. El juicio continúa, y con él, el escrutinio público sobre un caso que sacude a la monarquía noruega y pone en primer plano la frontera entre responsabilidad individual, poder y exposición pública. @mundiario