Margot Robbie, Jacob Elordi y el arte de convertir la promoción en espectáculo sentimental
La promoción cinematográfica ya no consiste únicamente en entrevistas formales y alfombras rojas. En la era de la viralidad, los estudios diseñan campañas que traspasan la pantalla y convierten cada gesto en material para alimentar titulares y tendencias. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con Cumbres borrascosas, la nueva versión del clásico de Emily Brontë dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi.
Desde las primeras declaraciones, la estrategia fue clara: subrayar la intensidad emocional entre los protagonistas. Comentarios sobre una conexión “obsesiva” durante el rodaje, anécdotas románticas como regalos simbólicos o confesiones sobre la dificultad de separarse tras las jornadas de grabación han ido construyendo un relato que difumina los límites entre ficción y realidad. Las miradas cómplices en ruedas de prensa y apariciones conjuntas cuidadosamente orquestadas han hecho el resto.
El resultado ha sido un fenómeno previsible: la audiencia ha abrazado la fantasía de un romance más allá de la pantalla. Pero mientras esa narrativa crecía, otro personaje emergía involuntariamente en la conversación pública: Tom Ackerley, marido de Robbie y productor del filme. En cuestión de días, pasó de discreto profesional del cine a protagonista de memes y comentarios que cuestionan su papel en esta historia promocional.
En redes sociales se repite una etiqueta con tintes despectivos: “marido florero”. Algunos usuarios lo describen como un hombre “emasculado” o “demasiado pasivo” por no mostrar signos públicos de incomodidad o celos ante la química exhibida por su esposa con su compañero de reparto. La lógica implícita es reveladora: si un hombre no compite ni reacciona con posesividad, algo falla.
Sin embargo, la realidad es bastante menos novelesca. Ackerley no solo es la pareja de Robbie desde 2016; es también su socio profesional. Ambos fundaron la productora LuckyChap, responsable de éxitos como Yo, Tonya, Barbie, Una mujer prometedora o Saltburn. Cumbres borrascosas vuelve a reunir a este mismo equipo creativo, lo que implica que la estrategia promocional no es un accidente, sino una decisión empresarial en la que él mismo participa.
La llamada “showmance” —romance sugerido o exagerado para promocionar un proyecto— no es nueva en Hollywood. En los últimos años se ha convertido en una herramienta habitual para captar la atención en un mercado saturado. Las giras promocionales se diseñan como espectáculos paralelos a la película: juegos virales, confesiones aparentemente espontáneas y momentos diseñados para circular en TikTok o Instagram. El romance insinuado vende más que cualquier análisis de guion.
Lo llamativo en este caso no es tanto la estrategia como la reacción. Especialistas en relaciones de pareja señalan que el malestar que despierta la actitud tranquila de Ackerley revela una concepción aún muy arraigada de la masculinidad. Culturalmente, se ha asociado al hombre con la posesión y el control, especialmente en el terreno sentimental. Un marido que no muestra celos, que apoya a su pareja y acepta un segundo plano mediático desafía ese molde tradicional.
Paradójicamente, esa serenidad parece irritar más que cualquier gesto de rivalidad. En el imaginario colectivo, el hombre celoso se interpreta como protector; el hombre confiado, como ingenuo. La burla funciona entonces como mecanismo de defensa ante una fantasía frustrada: si la audiencia desea que el romance cinematográfico sea real, el obstáculo —el esposo real— se convierte en blanco fácil.
Margot Robbie, por su parte, no es ajena a este tipo de rumores. A lo largo de su carrera ha sido vinculada sentimentalmente con varios compañeros de reparto en distintas producciones. La diferencia ahora es la magnitud amplificada por las redes sociales, donde cada gesto se analiza al detalle y cada silencio se interpreta.
Mientras tanto, las previsiones de taquilla sitúan a Cumbres borrascosas como uno de los grandes estrenos de la temporada. La campaña ha logrado su objetivo: convertir la película en conversación global. El precio, eso sí, ha sido exponer a una figura que nunca buscó protagonismo público a una narrativa simplista.
En última instancia, el episodio dice menos sobre la relación entre Robbie y Ackerley que sobre nuestra fascinación colectiva por los romances imaginados y nuestra dificultad para aceptar modelos de pareja basados en la confianza y la colaboración. En un ecosistema mediático donde la pasión vende y los celos generan clics, la normalidad puede resultar, sorprendentemente, subversiva. @mundiario