Luces y sombras del estilo real en Oviedo: Letizia repite fórmula, Leonor acierta pero aburre y Sofía busca su sitio
Los Premios Princesa de Asturias son, además de una cita de referencia en el panorama cultural europeo, un termómetro del estilo de la familia real española. Cada aparición en el Teatro Campoamor de Oviedo se analiza al detalle, y este 2025 no fue la excepción. En el lenguaje de la moda, cada elección comunica algo: prudencia, cercanía, poder o sencillamente inercia. Y en esta edición, lo que predominó fue lo último.
La reina Letizia volvió a recurrir a su refugio habitual: la sobriedad monocromática y las líneas rectas. Apostó de nuevo por el negro y por Sybilla, una de sus diseñadoras de cabecera, con un vestido reciclado y transformado mediante una capa de gasa. El resultado fue elegante, sí, pero también predecible y algo plano, más propio de un funeral de Estado que de una gala de celebración. En su búsqueda constante por transmitir discreción institucional, la reina corre el riesgo de caer en el exceso de contención: nada chirría, pero nada sorprende. Su estilo, otrora vanguardista, parece haberse congelado en una fórmula segura que evita cualquier atisbo de espontaneidad.
En contraste, la princesa Leonor acertó con su elección, aunque no podemos negar que fue aburrida y un reflejo de algo que utilizaría una princesa algo mayor, no una joven de solo 19 años. Su vestido de H&M, sencillo y sin artificios, demostró que se puede ser heredera al trono sin perder naturalidad ni incurrir en elitismos. El tejido jacquard en tono violeta oscuro —un guiño cromático a la corbata del rey Felipe VI— funcionó bien en cámara y reforzó su imagen de moderación y cercanía. Leonor se muestra cada vez más cómoda en su rol, consciente de que la sobriedad no está reñida con la personalidad. En un entorno donde la moda suele leerse en clave simbólica, su apuesta por una marca accesible envía un mensaje claro: menos ostentación y más empatía, aunque nos aburra un poco y esperemos verle con estilos similares a los que utilizan las princesas de su generación, como Elisabeth de Bélgica o Amalia de Holanda.
La infanta Sofía, en cambio, continúa en un terreno intermedio entre el riesgo y la imitación. Su vestido de Miphai, con falda asimétrica y gran abertura lateral, era sofisticado pero rozó la sobreactuación para una adolescente que aún busca definir su presencia pública. El chal de gasa, que pretendía enlazar su imagen con la de la reina, acabó resultando un gesto algo forzado. El conjunto —aunque impecable en ejecución— parecía más pensado para una alfombra roja que para un acto institucional, confirmando que Sofía todavía explora su equilibrio entre modernidad y protocolo.
En conjunto, la imagen familiar proyectó armonía, pero también cierta falta de riesgo creativo. Letizia, siempre impecable pero distante; Leonor, convincente en su sencillez; y Sofía, prometedora pero aún en fase de ensayo. La monarquía española ha hecho de la moda una herramienta diplomática, pero también un espejo de su propio momento político: prudencia, control y algo de monotonía.
Veinte años después de que Letizia se ausentara de la gala por el inminente nacimiento de Leonor, madre e hijas volvieron a compartir protagonismo en el Campoamor. Sin embargo, la imagen que dejan no es solo la de tres mujeres bien vestidas, sino la de una familia que —al menos en lo estético— prefiere caminar sobre seguro antes que marcar tendencia. Y quizás, en tiempos de cambio, eso sea tanto una virtud como una oportunidad perdida. @mundiario