Vilalba y Lalín, las dos caras del 26-M para Feijoo

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Alberto Núñez Feijóo.

Como ya hizo en 2015, es probable que Feijoo ponga en marcha una renovación a fondo de las estructuras de mando locales y provinciales del partido en un proceso que se completaría con un congreso regional. Porque algo habrá que hacer en cuanto baje la marea electoral.

Vilalba y Lalín, las dos caras del 26-M para Feijoo

Cuentan que el primer resultado por el que preguntaba Fraga en las noches electorales era el de Vilalba, su pueblo natal. Don Manuel sostenía que para tener aspiraciones en la política autonómica o nacional hay que empezar por ganar las elecciones en tu pueblo y, como quien dice hasta ayer, él y sus candidatos a la alcaldía vilalbesa solían arrasar en cada cita con las urnas. El recórd lo obtuvieron en los años ochenta, en plena era felipista, cuando en unas municipales se hicieron con casi el 82 por ciento de los votos. Eran victorias "bávaras" en el lenguaje fraguiano. Triunfos aplastantes, a los que no parecían afectar las olas políticas adversas, que hubo varias, y muy potentes, como la que ahora favorece claramente a los candidatos  que concurren bajo las siglas del PSOE.

Pues bien, por primera vez desde la Transición el PP pierde unas elecciones en la cuna de su fundador. Los populares tendrán que ceder el gobierno local a los socialistas que en esta ocasión logran la mayoría absoluta, al mejorar los alentadores resultados que ya habían logrado hace poco más de un mes, en las generales del 28-A. De nada le sirvió al partido creado por Fraga la maniobra por la que, hace dos años, Agustín Baamonde, que era diputado autonómico, regresó a la alcaldía que ya había ostentado durante veinticinco años consecutivos. La operación no funcionó, entre otras razones seguramente por el buen trabajo de los socialistas y de su cabeza de cartel, y más que probable alcaldesa, Elva Veleiro.

Una de las pocas alegrías que tuvo el PP de Feijoo la noche del 26-M fue recuperar la alcaldía de Lalín, un feudo muy emblemático para la derecha gallega. José Crespo se hace de nuevo con el bastón de mando que le había arrebatado hace cuatro años una coalición de izquierdas y nacionalista a varias bandas encabezada por Rafa Cuiña, hijo del desaparecido Xosé Cuiña, quien durante muchos años fue considerado –y se consideraba él mismo– el delfín de Fraga, su sucesor natural. A punto estuvieron los populares de quedarse a unas docenas de votos de la mayoría absoluta, que en parte le deben al sindiós en que acabó la legislatura el gobierno progresistas por los roces entre los grupos y las personas que lo integraban.

Vilalba y Lalín son, pues, como las dos caras de la moneda en que se sustancia el balance del Pepedegá en unas elecciones que no le fueron propicias, se mire por donde se mire, aunque pudo ser peor. En este envite lo tenía todo en contra, incluyendo el desánimo que empezó a cundir hace meses –ya antes del revolcón en las generales– entre una parte de sus dirigentes y de los hombres y mujeres que constituyen esa engrasada máquina de ganar elecciones que tan eficazmente vino funcionando durante décadas. Como ya hizo en 2015, es probable que Feijoo ponga en marcha una renovación a fondo de las estructuras de mando locales y provinciales del partido en un proceso que se completaría con un congreso regional. Porque algo habrá que hacer en cuanto baje la marea electoral. Se trata de resetear la organización, de reprogramarla, para que opere con las claves que requiere la nueva situación política y esté en condiciones de afrontar la madre de todas las batallas, las próximas elecciones autonómicas. Ahí los de Don Alberto se la juegan. A todo o nada. @mundiario

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