Del histórico Cantón Bar a un café de Zara pasando por el lujo de Loewe

Ilustración donde se evoca el histórico Cantón Bar, la tienda de lujo Loewe y Zacaffé, de Zara, en el mismo local del centro de A Coruña. / Mundiario
El cierre de la primera tienda de Juan Flórez y la apertura de un Zacaffé en el corazón de A Coruña reabren una vieja conversación sobre ciudad, tiempo y consumo.

Hay decisiones empresariales que, sin proponérselo, acaban contando una historia. Primero, Zara baja la persiana de la tienda de Juan Flórez. No de una cualquiera, sino de la primera. La que explica un origen, una forma de mirar el comercio, una época en la que vender ropa era todavía una relación casi personal con la ciudad. Y al día siguiente —sin transición, sin distancia— abre un Zacaffé en la calle Compostela. El detalle no es menor. Al contrario: lo cambia todo.

Porque ese gesto encierra una paradoja muy contemporánea. Mientras se clausura un espacio fundacional del comercio rápido, se inaugura un lugar pensado para lo contrario: quedarse. Sentarse. Perder tiempo, como observa Zara Bright en Mundistyle. En una ciudad como A Coruña, donde los cafés fueron durante décadas una institución civil, la operación tiene algo de retorno simbólico, aunque llegue envuelta en diseño global y marca registrada.

El bajo que ahora olerá a café no es un lugar cualquiera. Hasta el 16 de noviembre de 1996 allí funcionó el Cantón Bar, abierto el 13 de agosto de 1939 y activo durante casi sesenta años. Anunciado en su día como “el balcón de la ciudad”, fue mucho más que un local de hostelería: fue un punto de observación, de conversación y de influencia. Estaba —casi— en los Cantones, pero sobre todo estaba en el centro de la vida coruñesa.

El edificio ha sido siempre un escaparate del poder simbólico de la ciudad. Antes del café, albergó el Museo Romero Ortiz, considerado el primer museo coruñés, abierto en 1884 y cerrado en 1919. Tras el Cantón Bar llegó Loewe, que ocupó el espacio hasta 2012, y después Zara, que consolidó el giro definitivo hacia el consumo global. Cambian los usos, pero el lugar sigue siendo central. Eso dice mucho de la continuidad —y de las mutaciones— de la ciudad.

El Cantón Bar pertenecía a una estirpe hoy casi desaparecida: la del café clásico europeo. Mesas de mármol, camareros de oficio, clientela fija. Allí se iba a estar, no a consumir deprisa. Era un espacio burgués ilustrado, elegante sin ostentación, donde coincidían comerciantes del puerto, profesionales liberales, periodistas, artistas y políticos locales. En tiempos de posguerra y desarrollismo, funcionó como un pequeño parlamento informal, donde se medía el pulso de la ciudad con palabras cuidadosas.

Su cierre no fue un hecho aislado. En los años sesenta, setenta y noventa desaparecieron otros cafés emblemáticos: el Oriental, junto al Hotel Palas; el Alcázar, en el Cantón Grande; más tarde, ya entrado el siglo XXI, solo el Marita Ron devolvió tímidamente el café a los Cantones, antes de convertirse en Manolo Bakes, como recuerda Lara Fernández en El Ideal Gallego. Con ellos se fue una forma de habitar el centro: menos tránsito, más permanencia.

Por eso Zacaffé no es solo una cafetería. Tampoco es, estrictamente, una innovación. Es la recuperación —filtrada por el lenguaje de la marca— de una lógica que la ciudad conoció bien y perdió. Zara no está inventando el café: está reconociendo que el modelo de velocidad permanente ha agotado parte de su relato.

La experiencia no es nueva para la compañía. El concepto ya se ha probado en Dubái, París, Lisboa, Tokio o Seúl, y en España en la tienda de Hermosilla, en Madrid. Cada Zacaffé se adapta a la identidad local, desde la arquitectura hasta la vajilla. En A Coruña, todo invita a pensar en guiños a las galerías de La Marina o al modernismo discreto de la ciudad. Incluso en las tazas aparece grabado el nombre del lugar, como si la marca quisiera anclar el gesto en el territorio.

Pero lo verdaderamente relevante no es la estética. Es la lógica que introduce el café. En el Zacaffé se puede entrar sin comprar ropa. Se puede sentar uno sin prisa. Se puede, incluso, no hacer nada. En un mundo construido durante décadas sobre la urgencia —entrar, elegir, pagar, salir— ese permiso para detenerse es casi subversivo.

La lectura de los cambios de época

No hay aquí una operación nostálgica, ni una reparación del pasado. El Cantón Bar no vuelve. Su tiempo y su ciudad ya no existen. Pero algo de su espíritu —el valor de la conversación, del tiempo compartido, del estar— reaparece ahora en un envoltorio inesperado. Que sea Zara quien lo haga no es casualidad: pocas empresas han leído con tanta precisión los cambios de época.

Quizá, sin decirlo, la marca está admitiendo algo que las ciudades llevan tiempo reclamando: que el centro no puede ser solo un escaparate, que el comercio necesita lugares donde el consumo no sea la única razón para estar. El café introduce esa grieta. Y en esa grieta, A Coruña se reconoce. Porque antes de ser una tienda, ese rincón fue un museo, fue un bar, fue una conversación interminable –casi– mirando al mar. Y eso, de algún modo, sigue ahí. @mundiario