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Feijóo no piensa variar el rumbo

El objetivo del nuevo equipo del presidente de la Xunta es que las políticas de reconstrucción económica y social, que no variarán en lo sustancial, ganen en eficacia y agilidad.

Feijóo no piensa variar el rumbo
Toma de posesión de Francisco Conde como vicepresidente de la Xunta de Galicia. / Mundiario
Toma de posesión de Francisco Conde como vicepresidente de la Xunta de Galicia. / Mundiario

El cese de Xesús Almuiña y Carmen Pomar como conselleiros de Sanidade y Educación no significa que Feijóo no esté satisfecho con la gestión de su gobierno en dos de los ámbitos clave en la crisis del Covid. Lo aclaró él mismo, tratando de parar en seco las especulaciones a las que en un principio por inesperados se prestaban los recambios. Ahora sabemos que esa parte de la remodelación vino dada por el interés de Almuiña en salir de la primera línea política y por la necesidad de crear una nueva consellería, la de Empleo, sin aumentar el número de asientos del Consello. Educación vuelve, una vez más,  a Cultura y queda en manos de un político, Román Rodríguez, que por su condición de profesor universitario se mueve con mayor soltura en el ámbito educativo que en el cultural. Se hace cargo de la patata caliente del inicio de curso, cuyo manejo requiere estar dispuesto a sufrir quemaduras de primer grado.

Lo de Francisco Conde es harina de otro costal. Responde, según el presidente, a la necesidad de coordinar transversalmente las acciones encaminadas a reanimar la economía. De ahí el "ascenso" del economista monfortino a vicepresidente, algo con lo que se venía especulando hace meses y que se daba por seguro después de las elecciones. Nadie mínimamente informado puede siquiera intuir en ese movimiento el propósito de situar a Conde en la pole position de la carrera sucesoria. Aún no se ha dado la salida para tal competición y, además, el hasta ahora conselleiro nunca ha mostrado el más mínimo interés en cruzar la línea que separa al gestor tecnócrata del político. Es un peón de lujo, pero un peón al fin, que seguramente volverá a la actividad académica –su gran vocación– cuando su amigo Alberto haga mutis. Porque para entonces podrá dar por extinguido el compromiso personal por el que, no sin reticencias, se embarcó en la aventura política.

Aunque le gusta más bien poco cesar conselleiros y buscarles sustitutos, a Feijóo nunca le dio pereza remover la estructura orgánica de la administración autonómica. Tras el 12-J, por esa alergia suya a las crisis de gobierno, no se esperaba la renovación en profundidad de una Xunta por otra parte claramente referendada por las urnas; si acaso algunos "ajustes funcionales" del organigrama, como los que han producido, incluso sin recambios significativos en la alineación. El objetivo es que las políticas de reconstrucción económica y social, que no variarán en lo sustancial, ganen en eficacia y agilidad. Ahí es donde encaja a la perfección el perfil de la nueva conselleira, María Jesús Lorenzana, funcionaria de carrera, proveniente del segundo nivel de mando de San Caetano y perfecta conocedora de los engranajes burocráticos de la casa. Le toca actuar de brazo ejecutor a las órdenes de Conde.

Va muy descaminada la oposición si cree que la remodelación de Xunta supone el reconocimiento de errores o atisba en ella una cierta autocrítica, una tímida rectificación. No hay nada de eso. Feijóo no piensa variar el rumbo, ni va a ausentarse del puente de mando. Recompone mínimamente la tripulación y refuerza los motores manteniendo la hoja de ruta que a su entender es la que los gallegos consideran más conveniente. Tiene claro a dónde ir y cómo llegar. Sabe que debe navegar contra viento y marea. Porque lo del coronavirus se parece cada vez más a la tormenta perfecta. Conviene que atravesarla  cuanto antes, agarrando fuerte el timón, asumiendo los riesgos que sea necesario, y sobre todo entendienndo que en este tipo de situaciones límite lo único que no cabe es nadar y guardar la ropa. @mundiario