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Feijóo, al borde de un triunfo histórico

Es lo que indican las encuestas pero aún así podría penalizarle el inevitable desgaste de casi doce años de gobierno personalista y la elevada abstención, sobre todo de gente mayor, que anticipan los expertos como consecuencia de las especiales circunstancias en que se desarrollará el 12-J.
Feijóo, al borde de un triunfo histórico
Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario
Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario

A estas alturas de la película no hay una sola encuesta seria, incluyendo las de consumo interno, que contemple la posibilidad de que Feijóo no revalide la mayoría absoluta de la que goza desde 2009. Hay algunos sondeos que apuntan a un resultado histórico, de entre 42 y 43 escaños, incluso más. Un triunfo tan rotundo como meritorio en la medida en que  marcaría un hito en la "nueva" política española, la que surgió del 15-M y puso fin al bipartidismo imperfecto que arrancó en la Transición. Estaría haciendo historia. Otros, sin embargo, estiman que  puede bajar de los 41 que obtuvo en 2016. En ese caso, le penalizarían el inevitable desgaste de casi doce años de gobierno muy personalista y la elevada abstención, sobre todo de gente mayor, que anticipan los expertos como consecuencia de las especiales circunstancias en que se desarrollará este atípico proceso electoral.

Entre los rivales de Don Alberto cunde la resignación, aunque tratan de disimularla. Son cada día más pesimistas. Creen que en la carrera hacia 12 de julio parte con mayor ventaja aún de la que tenía ante la suspendida convocatoria de abril. Ya casi descartan la posibilidad de desalojarlo de San Caetano y se conforman con salvar cada uno sus propios muebles. Socialistas, nacionalistas y rupturistas admiten en privado que la crisis del coronavirus no sólo no desgastó la imagen del presidente de la Xunta, sino que por el contrario le reforzó en la medida en que la incidencia de la pandemia en Galicia fue mucho menor que en el conjunto de España. Y su labor gestora en ese ámbito cuenta con la aprobación de muchos de los sectores progresistas que no le votarán, pero que incluso valoran positivamente el perfil institucional de moderación y sensatez que supo labrarse en las relaciones con el Gobierno central.

Al Gonzalo Caballero le vale con consolidar al Pesedegá como primera fuerza de la izquierda, superando en votos y escaños a Galicia en Común, algo que se da por seguro. Ni dentro ni fue de su partido, nadie puede pedirle más. El Bloque de Ana Pontón en cambio aspira a apurar la remontada y pisar los talones a los socialistas. Lo hará recuperando una parte sustancial de los votantes que en 2012 se fueron a AGE y hace cuatro años a la En Marea del desaparecido Luis Villares. El rupturismo, que se ha dividido en dos, será el único al que con toda probabilidad le tocará hacer una seria autocrítica que explique lo malparado que saldrá de las urnas. Gómez-Reino y los suyos no lograrán rentabilizar la labor del gobierno de coalición PSOE-Podemos, a pesar del peso que en ese ejecutivo tiene la gallega Yolanda Díaz.

Tiene los pies en el suelo. Dicen los suyos que Feijóo ni se plantea la posibilidad de romper el techo de Fraga, el que logró en 1993, cuando el PP llegó a ocupar 43 de los 75 asientos en el hemiciclo de O Hórreo, aunque sabe que lo tiene al alcance de la mano. Se conforma con volver a ganar las elecciones limpiamente, con claridad y lograr los 38 que le permitirían a su partido seguir gobernando cuatro años más, sin sobresaltos y sin depender de terceros. Él está convencido de que una mayoría estable no sólo resulta cómoda para él (y, llegado el momento) para su delfín, sino que es lo mejor para que Galicia funcione con toda la normalidad posible en una época de tanta incertumbre como la que se abrió con la irrupción del Covid-19. @mundiario