Cuarenta años de autonomía gallega: más luces que sombras

Carretera. / Joakim Honkasalo. / Unsplash
Los fondos europeos dotaron a Galicia de comunicaciones avanzadas.

La conmemoración ha transcurrido discretamente. Sólo el PSdeG-PSOE ha tenido un mínimo recuerdo para una autonomía nacida en medio de la  mayor indiferencia.

Cuarenta años de autonomía gallega: más luces que sombras

Cuatro décadas de autonomía y un poco más de tiempo de democracia constitucional, han deparado un paisaje social, económico y político que nos asemeja a los países de nuestro entorno. No obstante algunas diferencias que existían entonces no se han disipado, sólo se han amortiguado mientras que en otros ámbitos permanecemos lejos de los territorios punteros. Es la paradoja de la democracia. Hemos avanzado hasta extremos impensables hace cuarenta años y hemos convergido relativamente en rentas, bienestar y en otros parámetros. Pero como los demás territorios, europeos y estatales, también lo han hecho, la distancia relativa sigue siendo importante.

La autonomía política nos ha dotado de autogobierno, ha permitido la creación y consolidación de un ámbito político inédito y sobre todo ha favorecido el desarrollo de políticas específicas en determinados sectores. Pero la distancia relativa en PIB no se ha alterado, mejor dicho, ha retrocedido ligeramente. Galicia ha perdido peso en el nivel estatal por el PIB menguante, el carácter periférico de su economía, la crisis demográfica o el envejecimiento relativo. Gracias a las transferencias europeas, Galicia se ha dotado de un capital físico extraordinario, en forma de autovías, aeropuertos, depuradoras y otras infraestructuras muy costosas. También gracias a esos fondos se ha producido una revolución silenciosa, la liquidación del mundo agrario tradicional sin conflicto. Hoy Galicia es un territorio predominantemente urbano y con una economía básicamente de servicios.

Lo que no ha resuelto la Autonomía, sin duda porque no era su objetivo, es la debilidad estructural de la economía, basada fundamentalmente en pequeñas y medianas empresas, siendo los ejemplos de Inditex y PSA irrepetibles. Tampoco ha resuelto la falta de oportunidades para los jóvenes mejor formados, invitados a la emigración. Ni ha apostado por el desarrollo urbano como el mejor ecosistema para la innovación empresarial. En su lugar se ha construido una Administración muy grande, unos 90.000 empleados públicos que representan el 10% del empleo total. Grande pero no eficiente. Cultivadora del clientelismo en forma de subvenciones de todo tipo, de efecto multiplicador escaso. Ni la investigación, ni la universidad, ni la industria competitiva han estado entre los objetivos principales.

Parlamento de Galicia. / Mundiario

Parlamento de Galicia. El Estatuto de Autonomía dotó a Galicia de instituciones políticas propias. / Mundiario

Populares, socialistas y nacionalistas

La influencia de Galicia en España nunca ha sido notable y la Autonomía no lo ha modificado. Fraga Iribarne tuvo el mérito de crear una organización política conservadora pero galleguista, capaz de integrar sensibilidades muy diferentes. Su éxito perdura hasta hoy. Sus rivales nacionalistas o socialistas no tuvieron esa visión integradora lo que explica su habitual fracaso electoral. El Bloque se ha anclado en una posición de izquierda nacionalista mientras que el socialismo ha optado por ser una marca delegada lo que le impide obtener réditos electorales cuando su propio partido gobierna el Estado.

Ni en políticas territoriales, ambientales, demográficas o sociales, por citar algunas, la Autonomía gallega ha sido capaz de convencer al Estado o a otras Comunidades. Más bien la tendencia ha sido la contraria, el refugio intramuros. Hacia el exterior la proyección todavía ha sido menor. Despreciando el ejemplo de otros territorios singulares, la incapacidad de proyectar una imagen singular, moderna, atractiva, ha obrado en contra del valor de marca de Galicia.

Pese a todo el balance no es negativo, proyectando más luces que sombras. Nadie aventuró en su momento el nivel de desarrollo alcanzado, ni la reducción de los peores parámetros que definían negativamente a la sociedad gallega. No fue la mirada hacia el pasado idealizado del Estatuto fallido de 1936 lo que permitió avanzar, sino la plena asunción del marco constitucional de 1978 y de las posibilidades que brindaba un Estatuto de Autonomía que fue ratificado solamente por un cuarto de la población. Fueron el pragmatismo de los sucesivos gobiernos autonómicos y de la propia sociedad gallega los que permitieron modernizar la sociedad y la economía en línea con las tendencias generales en España.

El camino recorrido supera cualquier ensoñación del pasado

Es inútil quejarse por lo que pudo ser y no fue. El camino recorrido supera cualquier ensoñación del pasado. El que queda por recorrer no es menor. Los países más avanzados de nuestro entorno comunitario nos marcan a diario los objetivos pendientes. Algunos dependen de las políticas de la Xunta de Galicia, otros de las políticas locales, otros más de la orientación de las empresas. Muchos, de la articulación de unos y otros hacia objetivos complejos y dinámicos. Esto último simplemente no existe, como acabamos de observar con los fondos Next Generation de la Unión Europea. No hay objetivos estratégicos  compartidos luego no tendremos resultados relevantes. Probablemente es hoy nuestra principal debilidad.

Nadie espera por Galicia ni por otros territorios. La competitividad es mayor que nunca entre países, entidades subestatales o locales. Los recursos son limitados, la cualificación de los contendientes muy alta y el tiempo limitado. Aun así, estamos en mejores condiciones frente a nuestros competidores que hace cuarenta años. Sólo que ahora no somos receptores netos de fondos europeos y por tanto debemos esforzarnos más, mucho más. @mundiario

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