Cuando el progreso señala en verde y el territorio camina en amarillo
Hay una vieja tentación en política que consiste en confundir el progreso con la excavadora. Si suena a hierro, si huele a hormigón y si viene acompañado de un power point lleno de flechas verdes y palabras como “estratégico”, “transformador” o “sostenible”, entonces debe de ser bueno. Aunque estemos en Galicia, donde las flechas, desde hace siglos, son más bien del gusto del amarillo y conducen por otros caminos. Aunque nadie lo quiera. Aunque el sitio se revuelva. Aunque el territorio diga claramente que no.
A veces el progreso no tiene nada que ver con lo que quiere la gente del lugar. Y no pasa nada por decirlo. El problema empieza cuando, aun así, alguien insiste en imponerlo como si el paisaje fuera un solar vacío y los habitantes, un inconveniente administrativo.
Beneficios prometidos y costes reales
Uno se pregunta —con ingenuidad casi infantil— qué beneficio real obtiene una comarca cuando la mayoría de quienes viven en ella ven más perjuicios que ventajas. No en abstracto, no en el Excel, sino en la vida cotidiana: en el agua, en el aire, en el valor de la tierra, en la tranquilidad de saber que lo que hoy es hogar no será mañana un experimento industrial.
Se habla de empleo, claro. Siempre se habla de empleo. Un puñado de puestos de trabajo, en el mejor de los casos, frente a la pérdida irreversible de la esencia de un territorio. Y ahí es donde la balanza empieza a chirriar. Porque hay trabajos que llegan y se van, y paisajes que, una vez tocados, no vuelven. Hay inversiones que duran una legislatura y consecuencias que duran generaciones.
El territorio como algo más que un solar
El discurso oficial suele ser condescendiente: “no se puede vivir del paisaje”, “hay que modernizarse”, “el futuro no espera”. Como si cuidar lo que se tiene fuera una forma de atraso y no, en muchos casos, la única estrategia sensata. Como si quienes se oponen lo hicieran por romanticismo y no por puro sentido común.
Y es que los gallegos —otra cosa no, pero inteligentes un rato— llevan siglos aprendiendo a desconfiar de las promesas que vienen de fuera envueltas en grandes palabras. Saben leer la letra pequeña. Saben distinguir entre desarrollo y sacrificio. Y saben, sobre todo, cuándo un proyecto no está pensado para ellos, aunque se les venda como una oportunidad histórica.
Escuchar antes de imponer
Cuando una mayoría clara de la población de un entorno dice que no, quizá el problema no sea la falta de pedagogía, sino la falta de escucha. Quizá no haya que explicar mejor el proyecto, sino aceptar que no todo lo técnicamente posible es socialmente deseable. Y que hay lugares donde el alma pesa más que la cuenta de resultados.
Empeñarse en seguir adelante pese al rechazo no es valentía política: es soberbia. Es confundir gobernar con insistir. Y es olvidar algo elemental: el progreso que arrasa con aquello que pretende mejorar deja de ser progreso para convertirse en otra cosa. Normalmente, en un error caro que se paga tarde y mal. @mundiario