El BNG, comparsa voluntaria del Gobierno

Néstor Rego. / BNG

Cuando el Gobierno central está predispuesto a las demandas territoriales, el nacionalismo gallego no propone nada relevante, ni siquiera en el plano simbólico.

Una de las fotos más sorprendentes de la semana ha juntado a Ana Pontón con la Ministra de Hacienda, flanqueadas ambas por el candidato socialista a las elecciones gallegas y por el único diputado nacionalista en Cortes. Escenificaban el pacto de apoyo a la investidura. La sonrisa generosa de la Ministra es más que comprensible, pues a diferencia de los pactos con los nacionalistas catalanes y vascos, el pacto gallego le ha salido gratis al Gobierno. Ni cifras, ni transferencias, solo literatura plagada de vaguedades. El documento, que puede consultarse en la web nacionalista, es transparente. Se repiten verbos sin contenido como impulsar, avanzar, agilizar, acelerar, elaborar, mantener, declarar o estudiar. Sí, hay mucho estudio previsto.

Los acuerdos ejecutivos son los siguientes: medidas compensatorias de la condonación de deuda aprobada para Cataluña, sin más detalle. Crear cinco juzgados en dos años. Descuentos en los peajes de las autopistas para determinados usuarios, algunas obras en las carreteras estatales, denominar la estación intermodal de Santiago como Daniel Castelao, elevar la participación del Estado en la financiación de la EDAR de Santiago y en el consorcio de la misma ciudad, 15 millones de euros para adaptar el gallego a la era digital, cuando el PNV logra cien millones para el mismo objetivo y reparar la memoria de Alexandre Bóveda.

Todo lo demás son declaraciones de intenciones sin respaldo presupuestario ni contenidos claros. En un momento en el que el Gobierno central está dispuesto a considerar las demandas territoriales, el nacionalismo gallego no sabe proponer nada relevante, ni siquiera en el plano simbólico. Solo el Ayuntamiento de Santiago donde gobierna y la lengua tienen cifras. El resto del país, no existe. Mientras que, por ejemplo vascos y catalanes están pidiendo y logrando todo lo que se ha publicado y además el traspaso de edificios simbólicos, el nacionalismo se ha olvidado hasta del Pazo de Meirás, hoy cerrado y olvidado.

Evidentemente, el BNG está poniendo buena cara a su falta de peso en Madrid. Su único voto no es necesario para la investidura por lo que debe aplaudir las migajas del banquete donde nacionalistas vascos y catalanes comen sin mesura. Es el problema de los pobres, pero no por ello están obligados a aplaudir a los ricos. Menos comprensible es la presencia en la foto y en la comisión negociadora de la investidura del candidato socialista, copartícipe de lo firmado con unos y otros, avalando con su presencia la evidente discriminación que sufre Galicia en el proceso.

La foto citada le ha dado al PP la mitad de la campaña electoral. Si a noventa días de las elecciones todo lo que la oposición unida más el Gobierno estatal puede ofrecer a Galicia es lo que se ha suscrito, no hace falta mucho más discurso electoral. La otra mitad de la campaña, obviamente será para los acuerdos suscritos con Puigdemont y su impacto en la política territorial y estatal, todavía no asimilado. Si como es previsible, Rueda convoca elecciones al día siguiente de aprobar los Presupuestos de la Xunta, estaríamos votando a mitad de febrero, sin alternativa de gobierno visible. Un escenario descorazonador.

El PSC en el rincón de pensar

El proceso de investidura ha deparado otra víctima colateral. Puigdemont prohibió la participación del PSC, ganador de las últimas elecciones catalanas, en el proceso de negociación. Los acuerdos suscritos tanto por ERC como por Junts, dejan sin espacio al socialismo catalán que solo puede reclamarse vicario del PSOE. Quizás no le perjudique demasiado, pero en ningún caso le beneficiará electoralmente.

La política territorial obliga a los partidos a ser necesarios en ese ámbito, cuando no lo son desaparecen aunque sigan manteniendo importantes apoyos en elecciones generales o locales. Al enviar al PSC al rincón, como los niños díscolos, la defensa de los intereses territoriales ha quedado en manos exclusivas del nacionalismo que no solo han logrado sus objetivos concretos, sino que además han impuesto el relato, el discurso, ratificado por el PSOE. Más no se puede pedir. Hay que leer el preámbulo del documento firmado con Puigdemont, absolutamente rechazable para el PSOE hasta hace solo pocas semanas y que ahora rubrica y defiende. Dirán que no tiene valor vinculante, pero sus efectos se irán notando diferidos en el tiempo, ya que desborda el marco autonómico y eleva la demanda nacionalista catalana a un plano estatal e incluso internacional.